Capitulo 30

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No quiero tocar nada. Todo aquí parece suspendido en el tiempo. Me siento en la única silla que parece haber sido usada con frecuencia, la que probablemente él ocupaba cuando estaba aquí. Me coloco de espaldas a la puerta, de frente al balcón, con la vista fija en la ciudad dormida. Pero no es la ciudad lo que realmente observo.

Son los rastros de él, en esa habitación que parece estar ungido en los recuerdos del pasado.

Algunas fotos, ropa que reconozco demasiado bien, detalles insignificantes que en este momento me parecen monumentales. Entre ellos, algo que sé que usé el día del accidente. El pecho se me aprieta con fuerza. No sé cuánto tiempo paso aquí. Minutos, horas, no me importa. La luna brilla a través de las cortinas abiertas, iluminando los fragmentos de un pasado que no me atrevo a tocar y es que ni siquiera había encendido la luz.

Pienso en lo que este lugar significó para mí. La prisión en la que estuve encerrada. La forma en que Alis me trató bien, cómo Bria cuidó de mí, cómo las chicas me aceptaron. Ahora las evito. Ahora no soy capaz de darles la cara.

Tal vez Eric me esté buscando.

Pero aquí, atrapada entre lo que fue y lo que nunca pudo ser, me aferro a la necesidad absurda de quedarme. De ser parte de este espacio como si siempre hubiera pertenecido a él.

Entonces, la puerta se abre.

El sonido es seguro, sin vacilación. No es alguien que duda ni alguien que teme lo que pueda encontrar. Es alguien que ya lo sabía.

Mi cuerpo se tensa de inmediato. Me encojo en la silla en un acto reflejo, aunque sé que no tiene sentido. Mi silueta se delata contra la luz de la luna. Sé quién es. Lo supe incluso antes de girarme con precaución.

Hassem.

Pero lo que me hiela la sangre no es verlo allí.

Es su mirada.

No hay sorpresa en sus ojos oscuros, ni desconcierto. Nada en él sugiere que mi presencia le extrañe. No me mira como si me hubiera encontrado por casualidad. Me mira como si me hubiera estado esperando.

Permanece en la entrada unos segundos, sosteniéndome la mirada. Luego, con calma cierra la puerta detrás de él.

El sonido me retumba en el pecho a sentencia.
No hay escapatoria.
El avanza un paso.
Es solo un movimiento, pero es suficiente para que la atmósfera entre nosotros se transforme, pesada, cargada de algo que no puedo nombrar.

Mis dedos se aferran con más fuerza a los brazos de la silla. Sé que debería decir algo, moverme, romper esta tensión. Pero su presencia me paraliza, siempre lo hace.

No hay hostilidad en su expresión, pero tampoco hay suavidad. Solo esa certeza inquietante de que todo está ocurriendo exactamente como él lo esperaba, como si este encuentro no fuera un accidente.

Como si nada de lo que pase a partir de ahora pudiera cambiar lo inevitable.

—Yo... —mi voz se rompe en el borde del silencio. Trago con dificultad—. Yo quería buscar aire...

No sé por qué doy explicaciones que nadie me ha pedido. Tal vez porque su presencia me hace sentir como si estuviera haciendo algo prohibido.

Hassem me observa en la penumbra con una calma inquietante, con la mirada oscura que parece diseccionar cada palabra antes de responder.

—Este es un buen lugar para escapar del bullicio —dice en árabe, su voz profunda, medida, como si estuviera aceptando mi excusa, pero también desarmándola en el mismo aliento.

Asiento con un leve movimiento de cabeza y aparto la mirada, queriendo encontrar un punto seguro donde fijarla. Mi vista se posa en uno de los cuadros colgados en la pared.

Árabe Encadenada A Ti [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora