Capitulo 38

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Las dos semanas más largas de mi vida terminaron con un simple sonido: el zumbido metálico del monitor que marcaba la estabilidad de Hassem.
Su recuperación fue un pulso constante entre la ciencia y la fe. Había sobrevivido a una herida que debió matarlo, a una cirugía que lo dejó entre costuras y cicatrices, y al intento de Malih por borrar su nombre del mapa. Pero Hassem era obstinado. Incluso al borde del colapso, no cedía.

Ya era hora y el doctor revisaba el suero con precisión y la enfermera preparaba el maletín médico que viajaría con él. Cada tubo, cada jeringa, cada ampolla meticulosamente guardado.

Eric irrumpió con el teléfono en la mano y el rostro marcado por la falta de sueño.
—Todo está listo —dijo sin rodeos—. Los pasaportes llegaron hace una hora. Los nombres, las fechas, las firmas... nada rastreable.

Apoyo sobre la mesa de acero. Dentro estaban nuestras nuevas identidades: Imán, Suhaib y la pequeña Rania.
Miré las fotografías. Era como mirar versiones paralelas de nosotros mismos.
El doctor levantó la mirada del monitor.
—El jet está preparado —anunció—. El equipo de vuelo tiene todo dispuesto para atender cualquier emergencia en el trayecto. Pero debo insistir, el señor no puede soportar turbulencias ni esfuerzo físico. Lo mantendremos con oxígeno y sedación leve.

—¿va a poder hablar?— el doctor asiente.— sí pero con somnolencia.
Eric, sin despegar la vista del reloj, respondió.

—La ruta está limpia. El satélite bloquea toda transmisión dentro de un radio de veinte millas. Ningún radar comercial detectará el despegue. A las 23:30 deben estar abordando.

Miré a Hassem. Su rostro tenía ese tono pálido de quien ha peleado contra la muerte y la ha mirado de frente. Pero sus ojos, aunque cansados, conservaban la misma intensidad con la que un día me desafió.

—¿Listo para tu propia fuga? —pregunté con voz baja.
Sus labios se curvaron un poco.
—Listo para empezar de nuevo —susurró—. Por ella.

La enfermera cubrió su pecho con una manta térmica mientras el doctor verificaba los monitores portátiles. Afuera, la lluvia volvía a caer, fina y obstinada, como si el cielo quisiera borrar nuestras huellas antes de tiempo.

Eric me tendió un abrigo oscuro.
—Póntelo. El auto está en la entrada de servicio —indicó—. No habrá cámaras activas. Yo los acompañaré hasta el hangar, luego me quedo a cerrar el rastro digital.
— Gracias de verdad.— le agradezco un segundo mirándolo a los ojos, ha hecho más por mí que muchas personas.

Tomé a Azahara en brazos. Dormía tranquila, envuelta en la manta que él mismo había traído la noche anterior.
El doctor y la enfermera empujaron la camilla. Cada movimiento era calculado; el sonido de las ruedas se perdía entre los pasillos desiertos del hospital. A esa hora, los corredores parecían suspendidos en otro tiempo.

Al llegar a la salida, el aire frío de la madrugada nos golpeó. Afuera, un vehículo negro aguardaba con el motor encendido. Sin placas, sin luces internas. Eric abrió la puerta lateral y ayudó al doctor a subir la camilla. Hassem gimió, pero sus ojos buscaron los míos.
—No te apartes —murmuró—. Si me quedo dormido, háblame.
—No pienso dejarte —respondí, ajustando la manta de Azahara sobre mi pecho.

El viaje hasta el aeropuerto fue un túnel sin retorno. Las calles vacías se reflejaban en el parabrisas, las luces de neón distorsionadas por la lluvia. Eric conducía sin apartar la vista del camino, los dedos jugando con un dispositivo que monitoreaba la señal encriptada.
Nadie habló. Solo el sonido del motor y el leve pitido del monitor portátil nos acompañaban .

Cuando el vehículo se detuvo, una puerta metálica se abrió ante nosotros. Detrás, el jet privado aguardaba en la pista, su fuselaje oscuro brillando bajo la tormenta. Dos hombres esperaban en silencio: el copiloto y el paramédico que asistirá al doctor durante el vuelo.

Árabe Encadenada A Ti [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora