Salimos de la habitación sin decir palabra. El sonido de nuestros pasos amortiguados sobre la alfombra del pasillo me parecía ensordecedor. Conocía ese camino de memoria. Había caminado por él muchas veces, pero cada vez tenía un efecto. Esta vez, sin embargo, era distinto por completo. La tensión entre nosotros no era sexual, era algo más denso... algo que me arañaba por dentro.
El pasillo, largo y tenuemente iluminado por luces empotradas en las paredes, conducía al lugar donde todo se volvía más intenso. La habitación oscura. Donde el deseo siempre estaba a punto de consumirnos, pero nunca se concretaba. Un santuario de control. De juego. De límites difusos.
Pero esta vez... yo no estaba segura.
Cuando nos detuvimos frente a las dos puertas negras, esas que parecían tragarse la luz, sentí cómo mi respiración se volvía más superficial. No era miedo. Era algo parecido al presentimiento.
Desde que habíamos salido de la habitación anterior, Hassem había cambiado. Su postura se volvió descuidada, como si el peso de su cuerpo ya no le perteneciera. Se movía como si estuviera ebrio, como si todo lo que había dicho minutos atrás hubiese sido parte de una actuación. Y eso me cabreaba.
Me giré hacia él, irritada por la confusión que me generaba, y lo toqué en el hombro.
—¿Te encuentras bien? —pregunté, y en cuanto giró el rostro, me arrepentí.
Sus ojos, aún oscuros, estaban inyectados de sangre. Como si hubiera estado conteniéndose demasiado tiempo.
—¿Y tú? —respondió él, con una calma que me descolocó, evadiendo mi pregunta.
Fruncí el ceño. La pregunta estaba fuera de lugar.
—Estoy bien... creo.
Mentira. No lo estaba. Algo en mí quería girar y correr, pero otra parte, una más profunda y oscura, se sentía atraída hacia esa puerta con una urgencia enfermiza.
Sin decir más, Hassem empujó las puertas. Y entonces la habitación se abrió ante nosotros.
Ya no era la misma. Algo en ella había cambiado. Algo oscuro. Irreversible.
La habitación era una obra de arte silente y peligrosa. La luz era tenue, etérea, como si alguien hubiese capturado el aliento de un espectro y lo hubiese encerrado en neones blancos. Esos haces de luz delineaban con una elegancia quirúrgica cada borde metálico de las paredes, donde el gris parecía absorber las sombras y devolverlas multiplicadas, como si el lugar tuviera memoria... y secretos.
Las luces no solo iluminaban: palpitaban. Respiraban. Como si compartieran un mismo ritmo con el que latía el deseo que impregnaba el aire.
A lo largo de la estancia, cajoneras empotradas de cristal brillaban con una perfección inquietante. En su interior, cada instrumento estaba dispuesto con una devoción casi ceremonial: correas de cuero negro, vendas de seda que parecían susurrar cuando el aire las tocaba, látigos de distintas longitudes con mangos tallados, esposas cromadas, mordazas que insinuaban silencio obligado, collares que no pedían permiso. No había desorden. No había duda. Cada objeto relucía como si acabara de ser elegido... para ella.
Y al centro, como el trono de una diosa oscura, un diván sin respaldo, de cuero negro profundo, parecía invitarme a rendirme. Era largo, de líneas sensuales, acolchado con precisión, rematado en botones que atrapaban la luz como si los hubieran lustrado con lujuria. Las empuñaduras a los costados no disimulaban su intención.
Era una habitación pensada no solo para el placer, sino para la rendición.
Hassem alzó el mentón apenas. Una seña mínima, impaciente, autoritaria. Entré.
La puerta se cerró a mi espalda con un clic que me atravesó los huesos. El aire estaba cargado, espeso, como si la habitación no hubiera sido ventilada desde la última vez que estuve allí... desde esa noche.
Mi cuerpo la recordaba más que mi mente. Las paredes, las luces tenues, el eco sordo del silencio... todo me envolvió como un abrazo de lija.
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Árabe Encadenada A Ti [2]
RomanceHassem juró que se alejaría de Alicia para mantenerla a salvo y así darle la oportunidad de una vida plena sin su sombra oscura. Pero el destino, en un capricho cruel, los reunió de nuevo en la vibrante y caótica ciudad de Las Vegas. Una noche de d...
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