Capitulo 40

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Había pasado una semana más.

Y, contra todo pronóstico, me sentía... tranquila.

No en paz, no del todo pero sí más firme. Más dueña de mí misma. Hassem y yo habíamos encontrado una especie de terreno neutro, una tregua silenciosa disfrazada de amistad. Conversaciones breves, miradas que no se sostenían demasiado, Nada explosivo. Nada peligroso. O eso quería creer. Así que empezaba a olvidar esa pequeña conversación que había tenido hace una semana con Oxia, el no estaba jugando conmigo firmemente se había tomado la responsabilidad.

Esa tarde, las chicas se quedaron con Azahara jugando en la casa. Risas suaves, juguetes desparramados, una tranquilidad que anhelaba. Yo necesitaba aire. Espacio. Recordar que seguía siendo un cuerpo y no solo una mente en alerta constante.

La playa privada de la mansión estaba desierta, como siempre. Nadie podía estar allí si no pertenecía a la casa. Arena clara, mar tranquilo, el sol cayendo con esa intensidad que no pide permiso.

Extendí una toalla sobre la arena y me recosté boca abajo, dejando que el calor me envolviera. Que el sol hiciera lo suyo: broncearme o quemarme, lo que llegara primero. Cerré los ojos. El sonido del mar me arrulló con una facilidad peligrosa.

Me dormí.

No sé cuánto tiempo pasó cuando sentí algo distinto.
Todavía medio dormida, respiré hondo... y entonces lo sentí.

Él.

Abrí los ojos poco a poco, sin moverme. Desde el ángulo bajo de mi visión, lo vi.

Hassem estaba allí.

De pie, a unos pasos de distancia, con el cuerpo erguido, demasiado real para ser una fantasía. Ya no estaba postrado en la cama. Caminaba trayectos cortos. Las vendas habían desaparecido. Donde habían entrado los disparos, la piel seguía enrojecida, una marca visible de lo que había sobrevivido, pero la herida estaba cerrada.

Demasiado cerrada para mi tranquilidad.

Llevaba una camiseta clara que no ocultaba del todo lo evidente: había mejorado mucho más de lo que debería. Mucho más rápido. Y no debería estar al sol.

Pero allí estaba.

El contraste me golpeó sin previo aviso. Su piel clara bajo la luz intensa. El cabello oscuro, azabache, ligeramente revuelto por la brisa marina. Su cuerpo todavía en recuperación, sí... pero fuerte.

Me quedé inmóvil, fingiendo seguir dormida, observándolo desde esa posición vulnerable que solo empeoraba las cosas. Sentí el pulso acelerarse. La calma de hace minutos se evaporó como si nunca hubiera existido.

Así que esto era tomar terreno, pensé con ironía. Sentirme segura... justo antes de que apareciera él.

El sol seguía cayendo sobre mi espalda. El mar seguía rompiendo suave contra la orilla. Y Hassem seguía allí, desobedeciendo todas las indicaciones médicas... y todas mis defensas.

Sabía que, en cuanto hablara, en cuanto se moviera un poco más, ese frágil equilibrio que creía haber construido iba a romperse.

Y una parte de mí —la más honesta— no estaba segura de querer evitarlo.

—¿Entonces te gusta este ángulo? – preguntó.

No había movido ni un dedo, ni un músculo.
Seguí respirando lento, acompasado, como si el sol me hubiera vencido del todo. Boca abajo, con los lentes oscuros protegiéndome... o eso creía.

Mi corazón dio un salto violento.

Me removí en la toalla, incómoda, traicionada por mi propio cuerpo. Lentamente, me incorporé un poco sobre los antebrazos y me quité los lentes, entrecerrando los ojos por la luz... y por él.

Árabe Encadenada A Ti [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora