Capitulo 44

102 10 2
                                        



Hubo un segundo —uno solo— en que el mundo dejó de moverse.
Fue Beatriz. Fue el sonido de su respiración después de que lo hiciera, ese jadeo entrecortado que no era llanto sino algo más profundo, más roto, el sonido que emite una persona cuando finalmente hace lo que nunca creyó capaz de hacer.
Yo la vi.
La vi de pie, los brazos todavía extendidos, el cuerpo temblando de una manera que no tenía nada que ver con el frío de Sicilia.

Tenía los ojos muy abiertos, fijos en Nicolás, que se desplomaba lento, con gracia. La sangre era oscura bajo la luz mortecina del atardecer que se colaba entre las nubes grises, una mancha que crecía sin prisa y con la terrible indiferencia de las cosas que son definitivas.

Eso era lo que me helaba más que el viento. Que no gritaba, no lloraba, no se movía. Solo miraba. Como si parte de ella también se hubiera ido con el disparo.
Y entonces el mundo volvió a girar, pero lo hizo al revés.

Los hombres de Malih reaccionaron antes de que yo pudiera parpadear.
Dos de ellos cayeron sobre Beatriz con una brutalidad tan eficiente que me revolvió el estómago. No fueron golpes de pelea. Fueron los movimientos de gente que hace esto con frecuencia, que sabe exactamente cómo inmovilizar un cuerpo, cómo torcer un brazo hasta el punto exacto donde la articulación cede antes de romperse. Beatriz intentó resistir —lo vi, lo juro que lo vi, un último destello de la mujer feroz que es— pero eran dos contra una, y ella ya no era la misma que había entrado en escena.

El sonido llegó antes de que yo entendiera qué era.

Sordo. Húmedo. Como una rama verde que se dobla demasiado.
Y después el grito.
No hay palabra en ningún idioma que prepare a nadie para escuchar a alguien gritar así. No de miedo. No de rabia. De dolor puro, el tipo de dolor que corta el pensamiento y deja solo el instinto, el cuerpo pidiéndole al cerebro que por favor, por favor, haga algo con esto.

La mano de Beatriz —su mano derecha, la que siempre agitaba cuando quería enfatizar algo, la que me había tocado el hombro cientos de veces— colgaba en un ángulo que no existía en la anatomía humana normal.
Se la habían fracturado.
Me moví sin pensar. O quizás pensé demasiado rápido para darme cuenta de que lo estaba haciendo.

Di dos pasos hacia ella y algo me golpeó en el costado con una fuerza que me arrancó el aire de los pulmones de golpe, completamente, como si alguien hubiera metido la mano dentro de mi pecho y apretado. Caí de rodillas sobre las rocas y el impacto me abrió la piel de las palmas, sentí el ardor inmediato, y estaba tratando de respirar —de respirar, solo eso, una sola maldita bocanada de aire— cuando una mano me tomó del cuello y me forzó contra el suelo.
El cielo de Sicilia era de un gris frío sobre mí.
Beatriz seguía gimiendo. Un sonido bajo, continuo, que no terminaba.
Y entonces escuché a Azahara.

El llanto de una niña tiene una frecuencia particular que le hace algo al sistema nervioso de cualquier adulto.

No importa si es tu hija o no. No importa si estás en el suelo sin poder respirar con alguien pisándote la espalda. El llanto de Azahara me atravesó como una corriente eléctrica y algo en mí —algo primitivo, algo que no tiene nombre— se tensó hasta el límite.

La podía ver desde el suelo. Malih la tenía en brazos, y ella lloraba con todo el cuerpo, esa manera en que lloran los niños pequeños cuando están aterrados de verdad, sin entender nada, solo sintiendo que algo muy malo está pasando y que los adultos que deberían protegerlos no pueden hacerlo.

—Tranquila, tranquila —escuché a Hassem muy cerca de ella.

—Se acabó —dijo, el no temblaba. Se había asegurado de eso.

Malih no respondió. Desvió los ojos hacia el mar, como si necesitara un segundo para recordar quién era, para armarse de nuevo la máscara que llevaba décadas perfeccionando.
—Sí. —Asintió despacio—. Supongo que sí. Lo sé. —Una pausa larga—. Lo planeé así, ¿sabes? Al principio. Vine aquí para matarte. Para terminar esto de una vez.
—Entonces hazlo —dijo dando un paso al frente y abriendo los brazos como exhibiéndose a sí mismo como una ofrenda—¿qué esperas?

Árabe Encadenada A Ti [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora