Capitulo 45 FINAL.

124 10 1
                                        

Nueva York huele diferente cuando estás de luto. No es algo que nadie te diga antes. Que la ciudad sigue igual, que el metro sigue retrasándose y la gente sigue caminando demasiado rápido y los cafés siguen abriendo a las seis de la mañana como si el mundo no hubiera dejado de girar hace semanas. Lo que cambia eres tú.

Lo que cambia es la manera en que todo eso te roza, como si entre tú y el mundo hubiera ahora una capa de algo transparente pero impenetrable, algo que deja pasar la luz pero no el calor.
Habían pasado cuatro semanas desde Sicilia.
Cuatro semanas desde el acantilado. Desde el viento. Desde el sonido de las sirenas sobre las rocas frías y las manos de mi hija en mi nuca y el olor a sangre mezclado con sal y con la impotencia absoluta de alguien que ha llegado al límite de lo que un cuerpo humano puede sostener en una sola tarde.

Cuatro semanas desde que me dijeron que él y ella no había sobrevivido.

No lo pensaba en voz alta. Esa era la regla que me había impuesto a mí misma sin haberla formulado del todo: no lo pienses en voz alta, no le pongas nombre delante de Azahara, no te desmorones donde ella pueda verte. Azahara tiene un año y me miraba con esos ojos suyos que lo registraban todo, y lo último que podía permitirme era que mi hija aprendiera a tener miedo del futuro porque yo no era capaz de sostener el presente.
Así que me sostenía.

Me sostenía en el metro atestado y en la cola del supermercado y en las reuniones de trabajo con la empresa Helix que aún seguía a flote ahora con sede aquí en Manhattan, donde asentía en los momentos correctos sin haber escuchado nada, y me sostenía sobre todo por las mañanas, que eran las peores, porque por las mañanas había un segundo —solo uno, solo un maldito segundo antes de que la conciencia terminara de encenderse— en que todo estaba bien. En que el mundo todavía tenía la forma que había tenido antes de Sicilia.

Y después el segundo terminaba.
Y tenía que volver a aprenderlo, todos los días.
El resto lo ponía el cuerpo solo.

Cuatro semanas desde el acantilado. Desde el viento. Desde el sonido de las sirenas sobre las rocas frías y las manos de mi hija en mi nuca y el olor a sangre mezclado con sal y con la impotencia absoluta de alguien que ha llegado al límite de lo que un cuerpo humano puede sostener en una sola tarde.

Cuatro semanas desde que trajeron a Danna de vuelta a New York.

Sus restos viajaron en una urna pequeña de madera oscura que no tenía nada que ver con ella, porque Danna era todo menos pequeña, todo menos contenible en algo de madera oscura. Pero así funcionaban estas cosas. Te daban una caja y te decían que ahí estaba la persona, y tú tenías que decidir si creerles o no.

Yo decidí creer que no. Que Danna era lo que quedaba en las personas que la habían conocido. En Oxia, que llevaba semanas pendiente de Beatriz porque no podía estar sola en su apartamento. En Beatriz, que todavía llevaba la mano enyesada y caminaba con muletas. En mí, que cada mañana me despertaba pensando en decirle algo y tardaba un segundo en recordar que ya no podía.

Ese segundo era el peor parte del día.

El funeral es pequeño. Eso le haría gustado a Danna, a Hassem todavía no lo han enviado pero para mí era insoportable quedarme allí solo a esperar que me entregaran a ese hombre de tamaño gigante en una pequeña caja.

No había querido muchas flores — Oxia lo sabía, lo sabía porque eran el tipo de amigas que saben esas cosas— así que había una sola corona blanca al pie de la urna y el resto era espacio y silencio y la luz gris de un lunes filtrándose por los ventanales del apartamento que Hassem me había comprado y donde Malih tuvo acto de presencia alguna vez, de hecho aquí vivíamos todas... el harem se había vuelto un hogar y el hogar era donde todas nos encontrábamos.

Árabe Encadenada A Ti [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora