Había pasado una hora atada, con las muñecas quemando y los músculos dormidos por la tensión, buscando alguna manera de soltarme. Pero no podía. No solo por las cuerdas.
Mi mente estaba atrapada, atascada en un bucle entre miedo, rabia y angustia.
El maldito sonido de la música retumbaba desde afuera como si estuviera burlándose de mí.
¿Para quién sonaba esa música? ¿Para él? ¿Para los que vinieron antes de mí? ¿O para recordarme que, si gritaba, nadie me oiría?
Hassem no había vuelto.
Y eso me aterraba más que su presencia.
Le había dicho lo de Eric.
Lo solté sin pensar. Con rabia, con desesperación, con el alma hecha jirones. Y ahora temía lo peor. Que fuera a buscarlo. Que lo encontrara.
Y que todo se saliera de control.
Pero lo que más dolía... lo que partía en dos cada parte de mí...
Era pensar en ella.
Mi bebé.
Mi pequeña.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes.
La imaginé dormida, haciendo ese ruidito suave cuando se acomoda en su mantita. El olor de su piel. Su boquita moviéndose mientras soñaba.
El pecho me ardía.
Me dolía no tenerla conmigo.
Me dolía que este mundo—el de Hassem, el mío, el que me tragó entera—también pudiera llevársela a ella.
No.
No.
Tenía que salir de aquí.
Al abrir los ojos, un pequeño destello metálico me robó el aliento.
Una llave.
Cerca de donde Hassem había tirado la navaja.
Brillaba apenas con la luz tenue que se colaba por la rendija de la puerta.
No sabía si era la llave de las esposas o de otra cosa, pero en ese momento me pareció más sagrada que una promesa.
Estiré el pie, torciéndome como podía contra las cuerdas que me mantenían prisionera.
El roce de la soga contra mis muñecas me arrancó un quejido seco.
Dolía.
Como si me desgarrara la carne cada vez que intentaba moverme.
Sentí un pinchazo brutal en la espalda, producto de la posición tan jodidamente forzada en la que llevaba demasiado tiempo.
Pero no paré.
Porque esa llave significaba vida.
Significaba volver con ella.
Me impulsé una vez más, arrastrándome, jadeando, empapada en sudor y frustración. La punta de mi zapato rozó apenas el borde.
—Vamos... vamos... —murmuré entre dientes.
La empujé.
Rodó unos centímetros.
Volví a intentarlo.
Y otra vez.
Hasta que finalmente, la empujé hacia mí.
Cayó al suelo, justo a la altura de mis manos.
Mis dedos temblorosos, rígidos por la presión, buscaron a ciegas el frío del metal.
Y cuando por fin la sentí en mi palma, una risa entrecortada escapó de mis labios.
Pero justo cuando iba a probar si encajaba en la cerradura de las esposas... Escuché como se abría la puerta frente a mi, el silencio fue peor que el ruido.
Y entonces, la puerta chirrió al abrirse, yo aún estaba atada, con la llave en la mano. Y el corazón a punto de estallar.
—¿Pensaste que no me daría cuenta? —dijo una voz profunda desde la oscuridad.
Y no era Hassem, se trataba de Bria.
Su nana, su ama de llaves, su sombra discreta. Una de sus manos derechas y ya me conocía ¿Pensar que no se daría cuenta de que yo era Alicia? Qué estúpido de mi parte. ¿La había enviado Hassem a desatarme... o venía por su cuenta?
Tragué duro. ¿Tan obvia me veo? Respiro hondo, intentando calmar el temblor en mis manos.
—Lo puedo explicar —dije, con la voz áspera y cansada.
Bria me miró de reojo mientras se acomodaba el cabello bajo su moño apretado.
Su tono fue tranquilo, casi indiferente, como si estuviéramos tomando el té.
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Árabe Encadenada A Ti [2]
RomanceHassem juró que se alejaría de Alicia para mantenerla a salvo y así darle la oportunidad de una vida plena sin su sombra oscura. Pero el destino, en un capricho cruel, los reunió de nuevo en la vibrante y caótica ciudad de Las Vegas. Una noche de d...
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