Capitulo 39

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La habitación donde habían instalado a Hassem parecía más un quirófano privado que un dormitorio. Equipos de monitoreo, una camilla hospitalaria ajustable, tanques de oxígeno, luces frías, un sistema de suero doble y hasta un desfibrilador portátil. Todo impecable.

El médico que lo había acompañado desde Nueva York terminó de revisar los drenajes pleurales, comprobó la estabilidad del pulso en el monitor y soltó un suspiro agotado.

—Este hombre... —murmuró negando con la cabeza—. No sé si tiene más vidas que un gato o más suerte que un demonio– respira agotado.— Me quedo.— determinó, no por el dinero... si no por que este hombre podría cometer cualquier locura. Así que por favor no se mueve de Sicilia hasta que pueda levantarse solo. Cuando eso pase entonces podré irme tranquilo, lo sedé para que descanse un poco, despertara en unas horas.

Nadie discutió.

Porque todos estábamos viendo lo mismo: Un milagro.
Yo no me di cuenta cuándo Beatriz me tomó del antebrazo, con la misma delicadeza con la que una hermana mayor te sostiene antes de caer.

—Alicia... —susurró.

Oxia apareció a su lado, con los ojos brillantes. Danna se acercó por detrás, tragando duro, como si intentara contener algo demasiado grande.

Ninguna de las tres se movió durante unos segundos. Solo me miraban. Como si intentaran grabar mi rostro para convencerse de que no era un fantasma, ni un recuerdo, ni una ilusión producto del miedo.

Entonces sucedió.

Como si alguien hubiera roto un embrujo, Beatriz me abrazó primero. Me envolvió entera, fuerte, con ese cariño que solo aparece después de haber llorado un duelo falso.

Oxia se sumó por un costado, pegando su frente contra mi hombro y suspirando soltando meses de angustia acumulada.

Y Danna la más dura, siempre la más controlada terminó rodeándonos a todas con sus brazos, respirando entrecortado, rompiéndose sin hacer ruido.

El llanto no fue dramático.
Fue suave.
Humano.
Real.

— Necesito que me disculpen, necesitaba protegerlas a ustedes, a Hassem... a Azahara—murmure con el tono de voz tembloroso.

Danna me tomó las mejillas con ambas manos, obligándome a verla directo.

—Y ahora apareces con una bebé —dijo, la voz dura pero los ojos brillando—. Con su hija. Alicia, por Dios... él casi se vuelve loco, todas lo vimos.

Azahara hizo un pequeño sonido, como un suspiro o un reclamo suave, y las tres se quedaron congeladas al mirarla.

Oxia se tapó la boca con ambas manos.
Beatriz sonrió entre lágrimas.
Y Danna... Danna dejó caer la frente contra la mía.

—Es perfecta —susurró—. Y tú... tú eres más fuerte de lo que nunca imaginamos.

No supe qué responderles.
Solo pude abrazarlas de vuelta, sintiendo por primera vez en años la presencia de algo parecido a un hogar.

Nos quedamos así un rato, las cuatro juntas, rodeadas del eco silencioso de la mansión y del sonido constante del monitor cardíaco de Hassem al fondo.

Un latido grave.
Constante.
Promesa de que seguía aquí.

Cuando por fin nos separamos, Beatriz me tomó de la mano.

—Vamos a cuidarte —dijo con decisión—. A ti y a la niña. Por algo él nos llamó. Por algo te trajo a Sicilia. No estás sola ya, Alicia.

Miré hacia la cama donde Hassem dormía, pálido pero vivo, con el pecho vendado, respirando con dificultad... aferrado a la vida con una terquedad que siempre había sido su marca. Sentí un nudo subir por mi garganta. Porque sabía que él no había arriesgado su vida solo para salvarme.

Árabe Encadenada A Ti [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora