Ese verde esmeralda que siempre brillaba en sus ojos se volvió opaco, como si una tormenta lo hubiera devorado por dentro. No era el Hassem que sonreía de lado para confundir, ni el que jugaba a dejarme sin aliento... era otro. Uno que no parpadeaba. Uno que pesaba cada palabra como si fuera un arma.
—Me quiero ir —dije, firme, con la maleta en la mano. El cuero de la empuñadura se marcaba en mis dedos de tanto apretarla—. Eric —lo llamé, sin apartar la vista de Hassem.
—Yo voy contigo —respondió él, seguro, adelantándose un paso.
Hassem sonrió... pero no era una sonrisa amable, sino de esas que advierten que estás a un segundo de cruzar una línea mortal.
—Sí, vete —dijo, despacio, como si me concediera un capricho insignificante—. Pero él... no va contigo.
—¿Qué te pasa? Tengo que volver a Estados Unidos.
—Lo que me pasa —sus ojos bajaron a mi boca por un segundo, como si midiera hasta mi respiración—, es que no vas a salir de Abu Dabi hasta que tú y yo tengamos una conversación... larga. —Sus labios se curvaron apenas, pero sus ojos seguían helados—. Y cuando digo larga, gatita, no me refiero solo al tiempo.
Su atención se deslizó hacia Eric con un aire casi aburrido.
—Y tú, princeso, ¿por qué no vas a ver dónde ponen las gallinas? O vuelve a tus carritos chocones... seguro que eres muy bueno en eso.
—Hassem, ¿puedes calmar tu...? —Eric no alcanzó a terminar.
El jeque arqueó una ceja, como si le hubiera contado un chiste malo.
—¿Que me calme? —dio un paso al frente, su voz grave—. Después de todas las mentiras que me he tragado... después del sufrimiento que tú no tienes la capacidad de imaginar... ¿crees que no podía protegerla, muñeco de pastel? Soy Hassem Khalid, jeque de Arabia Saudita. Tengo más poder que mil como tú juntos... y más recursos que los que podrías soñar en tu patética vida.
Me puse entre ellos, sintiendo la tensión latir en el aire.
—Vamos a calmarnos. Si vamos a hablar, lo haremos tú y yo, en su momento.
—No, cálmate tú, gatita —me señaló, su dedo casi rozándome—. Yo no fui quien apareció después de un año intentando engañar... ni quien decidió ocultar la paternidad de una hija como si fuera un juego de salón. —Su dedo acusador bajó, pero su tono se volvió más venenoso—. Y menos lo hice por diversión.
Me obligué a mantenerme firme, aunque cada palabra suya era como un golpe seco.
—Mark, llévatela. Ya sabes a dónde.
—¡No! ¡Hassem, te estás equivocando! —luché contra el agarre del hombre que me sujetaba—. ¡No hagas algo de lo que puedas arrepentirte!
Él rió, pero sin alegría. Esa risa que te eriza la piel porque sabes que detrás hay algo roto... y peligroso.
—¿Arrepentirme? —repitió, saboreando la palabra—. Gatita, yo solo me arrepiento de haberte creído.
El hombre me arrancó la maleta de las manos y me empujó hacia el auto. El portazo sonó como una condena. Intenté abrir la puerta, pero el seguro de niños me cerró cualquier escape.
A través del cristal, lo vi. Hassem seguía allí, erguido, mirando cómo me alejaba. No corrió, no gritó, no hizo un gesto para detener el auto. Solo me sostuvo la mirada... con ese verde oscuro que me prometía que esto no había terminado.
Y entonces giró lentamente hacia Eric. Su voz, baja pero cargada de veneno, me alcanzó incluso desde la distancia:
—Ahora, princeso, vamos a ver si tus carritos chocones también sirven para sobrevivir.
El motor rugió, y me alejé, dejando atrás a un Hassem que ardía de odio... y de algo más que no me atrevía a nombrar.
El auto se detuvo con un chirrido seco. El silencio que quedó después solo fue roto por el rugido distante del mar. El guardia abrió mi puerta, y el aire salado golpeó mi rostro como una bofetada.
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Árabe Encadenada A Ti [2]
RomanceHassem juró que se alejaría de Alicia para mantenerla a salvo y así darle la oportunidad de una vida plena sin su sombra oscura. Pero el destino, en un capricho cruel, los reunió de nuevo en la vibrante y caótica ciudad de Las Vegas. Una noche de d...
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