Capitulo 42

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El día que Azahara nació me sentí profundamente triste, y admitirlo todavía me pesa. Debería haber sido el día más feliz de mi vida. Estaba trayendo al mundo a la hija del amor de mi vida... pero sin el amor de mi vida a mi lado.
¿Cómo se describe a la persona que amas por encima de todo? A la que te ha salvado más veces de ti misma de lo que siquiera alcanzas a comprender.
Me sentía sola. Dividida. Indignada con el destino. Despojada de algo que me pertenecía.
Pero aun así tenía en mis brazos el pedacito más puro de nuestro amor.
Durante los meses que siguieron me entregué a ella como nunca me había entregado a nada ni a nadie. Azahara se convirtió en mi fuerza. Por ella cambié mi identidad, por ella acepté desaparecer, por ella fui capaz de construir una vida entera sobre las ruinas de la anterior. Todo para darle un futuro.
A veces no puedo evitar preguntarme cómo habría sido todo si ese vuelo nunca se hubiera estrellado.
Es un milagro que yo siga aquí.
Y que ella también lo esté.
Y por primera vez en mucho tiempo... me siento profundamente feliz.
Han pasado meses desde que todo "se arregló". Aunque la verdad es que todavía quedan muchos cabos sueltos, muchas heridas que aprender a cerrar.
Sin embargo, hoy —un año después del nacimiento de Azahara— me siento como quizás debí haberme sentido aquel día.
Admirada por el milagro de la vida y, sobre todo, inmensamente feliz.
Decidimos vivir aquí el tiempo que fuera necesario. El tiempo que hiciera falta mientras todo fuera seguro.
Este hogar frente al mar se ha convertido en nuestro refugio, un lugar donde el viento trae la tranquilidad.
Hoy la casa de Oxia está llena de vida, risas y movimiento. Le preparamos una pequeña fiesta a Azahara. Nada demasiado elaborado... o eso creímos al principio. Pero cuando las mujeres del harén llegaron con cajas, maletas y bolsas llenas de cintas, globos, guirnaldas y pequeños detalles dorados, la terraza terminó transformada en un rincón de fantasía. Los globos flotan suavemente sobre las mesas, los lazos brillan con la luz del sol, y cada rincón parece haber sido tocado por un hada invisible.
Azahara, con apenas un año, se desplaza tambaleante entre los regalos, sus diminutas manitas intentando atrapar los globos que se escapan hacia el techo. Balbucea con entusiasmo, diciendo "¡pa-pa!" y "¡guu!" mientras ríe y da palmadas. Cada gesto suyo, cada sonido torpe de su voz, ilumina el ambiente más que cualquier adorno.
Todo el harén de Hassem está aquí, y cada una de ellas contribuye a que este día sea perfecto. Ellas son diez en total: Oxia, Danna y Beatriz, mis aliadas, mis amigas, mis manos derechas y el soporte constante de Hassem; Blair, Victoria y Aranza, quienes formaron parte de la historia de Hassem antes de que yo apareciera; Gema, Verónica y Sadish, que completan esta familia tan peculiar y sólida.
Cada una de ellas tiene un don, una habilidad especial, una esencia que aporta algo único al mundo que Hassem ha construido, y él también las ayudó a salir de situaciones por las que quizás ninguna estaría aquí, excepto por Aranza — ella era quien iba a ser la primera y única esposa de Hassem, debido al plan que tenía al inicio. Juntas forman un círculo de fuerza, lealtad y cuidado que rodea a Azahara y a mí. Son su familia. Nuestra familia.
Oxia organiza las mesas tan cuidadosamente como siempre , asegurándose de que cada detalle esté perfecto. Danna supervisa los últimos retoques, ajustando las servilletas y las flores mientras sonríe divertida. Beatriz no para de corregir al chef italiano, insistiendo en que el pastel tenga la combinación exacta de chocolate y vainilla.
Blair, Victoria y Aranza, con una elegancia serena, observan cómo Azahara se mueve por el jardín, interviniendo solo cuando la pequeña tropieza o intenta alcanzar un globo demasiado alto. Gema y Verónica conversan en voz baja mientras Sadish, desde la baranda, tiene la mirada tranquila mirando el paraíso.
Diez mujeres. Diez piezas esenciales de la vida de Hassem. Su harén no es lo que cualquiera imagina; no es un capricho ni un secreto vergonzoso. Es la familia que eligió. La familia que construyó con cuidado, disciplina y amor, y que hoy celebra con nosotros la primera vuelta al sol de Azahara.
Porque Azahara no es solo su hija. Es su única hija legítima. La heredera de su nombre y de su mundo.
Hassem renunció hace meses. Se apartó del título de Emir, dejando el poder en manos de Amir, el hijo de Malih — todavía demasiado joven, con Bratt como regente hasta que llegue el momento.

No le importó, porque para él lo más valioso no era el reino... sino nosotras. Se quedó únicamente con los cargos ejecutivos de la empresa familiar y con la libertad de construir imperios a su manera, sin la presión de las ceremonias ni del protocolo.
Ahora, mientras Azahara se sienta tambaleante en sus brazos, riendo y balbuceando, Hassem la eleva hacia el cielo azul sobre la costa italiana. La brisa mueve suavemente los rizos oscuros de nuestra hija, y su risa suena como música pura en el aire.
—¡Pa-pa! —balbucea Azahara, intentando tocar su rostro con las manitas.
Hassem se ríe, y yo sonrío desde la terraza. Mi corazón se llena de una paz que no había sentido en años.

Hace apenas unos meses fundamos Helix Dominion Technologies, una empresa de alta tecnología especializada en inteligencia artificial aplicada a seguridad estratégica, redes satelitales privadas y sistemas de ciberseguridad global. Una inversión inicial de seiscientos millones de dólares con un solo objetivo: multiplicarla, convertirla en una potencia tecnológica en menos de cinco años. Hassem nunca se conforma con poco, y conociéndolo, lo logrará.
Me acerco a él despacio, dejando que el sonido de las risas de las demás quede atrás por un instante. Hassem me mira de reojo y sonríe — esa sonrisa suya que aprendí a leer antes de aprender a quererlo, la que dice más de lo que sus palabras jamás dirían.
—¿Feliz? —me pregunta en voz baja.
—Más de lo que merezco —respondo.
Él niega con la cabeza lentamente, como si la sola idea le molestara.
—Mereces todo esto y más, Alicia.
Azahara nos mira a los dos con esos ojos enormes que heredó de él, oscuros como la noche y brillantes como las estrellas, y vuelve a balbucear algo incomprensible que a nosotros nos parece el discurso más elocuente del mundo.
Es ese momento — ese preciso instante de paz — el que la vida elige para romperse.

El primer disparo no lo escucho.
Lo siento.
Una vibración sorda que atraviesa el aire antes de que mi cerebro procese lo que significa. Después, la anarquía .
Beatriz es la primera en reaccionar. Se lanza hacia Azahara con una velocidad que solo alguien entrenado para proteger puede tener, cubre a la niña con su cuerpo y rueda detrás de la mesa más cercana. Oxia ya tiene el arma en la mano — no sé de dónde la sacó, nunca sé de dónde las sacan — y grita algo en un idioma que no reconozco.
Hassem me empuja hacia adentro de la casa con una fuerza que me roba el aire.
—No te muevas —dice, y su voz tiene ese tono que no admite réplica.
Pero yo ya estoy mirando hacia el jardín, y lo que veo me paraliza.
Hombres. Demasiados. Armados, cubiertos, moviéndose con la disciplina de quien ha ensayado esto muchas veces. Entran por los tres accesos simultáneamente — la verja lateral, la puerta trasera, el muro que da al acantilado — como si conocieran cada centímetro de esta propiedad.
Y en medio de todos ellos, avanzando con esa agilidad que siempre me heló la sangre, está Nicolás.
El estómago se me cae al suelo.
No lo había visto en mucho tiempo. Había llegado a creer, en mis momentos más ingenuos, que quizás había desaparecido para siempre. Que el mundo lo había tragado o que la justicia, por una vez, había hecho su trabajo.
Pero ahí está. Con la misma sonrisa torcida de siempre. Con la misma mirada que me enseñó lo que era el miedo antes de que supiera nombrarlo.
—Qué bonita fiesta —dice, mirando la terraza decorada con una expresión diversión y desprecio—. Lástima que tenga que terminar así.
Danna aparece a mi lado de la nada, me agarra del brazo y me arrastra hacia el interior otra vez.
—Escúchame —susurra con urgencia, su voz completamente fría, completamente profesional—. Azahara está con Beatriz. Beatriz la tiene. Tú te quedas adentro, ¿entiendes?
—¿Dónde está Hassem?
—Hassem sabe lo que hace. Tú te quedas adentro.— me asegura sus manos estaban frías alrededor de mis brazos y así fue que pude sentir como estaba temblando. ¿En qué momento este día soleado se volvió una pesadilla?
—¿quizás estoy soñando? — me apresuro a decirle.
— Este no es un sueño Alicia pero por el amor de dios, quédate aquí.— ella besa mi frente y me da una caricia en el hombro antes de volver a la línea y dejarme sola allí tirada y aterrada.

Lo que ocurre después lo reconstruyo en fragmentos. La memoria, cuando el terror la atraviesa, no guarda secuencias. Guarda imágenes. Sonidos. Sensaciones que se clavan sin pedir permiso.
Recuerdo el sonido de cristales rompiéndose en el piso de arriba.
Recuerdo la voz de Oxia dando órdenes que las demás obedecen sin cuestionar.
Recuerdo a Blair y Aranza moviéndose en tándem hacia el ala este, con una coordinación que me recuerda que estas mujeres no son solo el harén de Hassem — son su ejército.
Y recuerdo el momento en que entiendo que Azahara no está donde debería estar.
Beatriz la tenía. Beatriz la tenía entre los brazos, cubierta, a salvo detrás de la mesa. Pero cuando el caos se reordena y los cuerpos se redistribuyen y yo busco con los ojos el lugar donde las vi por última vez, ya no están.
—¡Beatriz!¡AZAHARAAAAA! —grito, y mi voz sale rota, irreconocible.

Árabe Encadenada A Ti [2]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora