Adele

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POV Nelly

La luz del sol se filtraba por la ventana, cálida y suave como su voz cuando me habla medio dormida. Era domingo, y el mundo parecía ir más lento. Me encantaban los domingos con Adele. No hacíamos nada extraordinario. A veces ni siquiera salíamos de casa. Pero en esos días tranquilos, cuando el cielo estaba claro y el café sabía más dulce, yo sentía que lo tenía todo.

Ella estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y un libro entre las manos. Una camiseta gris que le quedaba grande —la mía, creo— y el cabello recogido a medias en un moño desordenado. Se veía preciosa. Tan casual, tan suya, tan mía.

Yo la miraba desde la puerta de la cocina, apoyada en el marco, como una tonta enamorada. Que, bueno, lo era.

—¿Qué miras? —preguntó sin apartar los ojos del libro.

—A ti —respondí con una sonrisa que no pude esconder.

Ella alzó la mirada, arqueando una ceja.

—¿Y qué ves?

—La mujer más linda que he visto en mi vida —dije sin pensarlo mucho.

Adele soltó una risa bajita, de esas que se sienten como un abracito en el pecho. Me encantaba hacerla reír así, con cosas simples. Me gustaba que no tuviera que esforzarme para que me creyera.

—Ven acá, romántica —dijo, cerrando el libro y extendiendo una mano hacia mí.

Fui hasta ella y me acurruqué a su lado, metiéndome como si tuviera un lugar reservado justo ahí, bajo su brazo. Y lo tenía, lo supe desde la primera vez que me abrazó.

—Estaba pensando en prepararte un té —murmuré, apoyando mi cabeza en su hombro.

—¿Mm? ¿Por qué?

—Porque me da la gana. Porque te quiero. Porque es domingo y te ves demasiado bonita para no darte algo cálido en las manos.

Ella giró un poco la cabeza y me dio un beso en la sien.

—Dios, Nelly. ¿Cómo haces para ser tan dulce sin que te dé diabetes?

—Shhh —le susurré—. Déjate querer, vieja gruñona.

Ella rió otra vez y me apretó un poco más contra su costado.

—¿Sabes qué me encantaría más que el té?

—¿Qué?

—Que te quedes aquí, así, sin moverte. Toda la tarde.

Me derretí. Literal. Sentí mi cuerpo flotar un poquito.

—Me gusta más cuando tú me lo pides así. Como si lo necesitaras —dije, acariciándole la mano con la yema de mis dedos.

—Es que lo necesito, Nelly —susurró, más bajito esta vez—. No sé si te das cuenta, pero tu amor me salva todos los días.

Cerré los ojos. Tragué saliva. Porque esas cosas no las decía todo el tiempo. Adele era amorosa, sí, pero cuando se abría así, sin filtros, yo sentía que mi pecho ya no podía contener todo lo que me hacía sentir.

—Ven —le dije, levantándome un poquito—. No me voy a ir. Solo quiero prepararte el té. Quiero cuidarte, Adele. ¿Me dejas?

Ella asintió. Sus ojos tenían ese brillito suave, vulnerable, que solo aparecía cuando bajaba por completo la guardia. Me miraba como si confiara en mí más que en nadie. Y esa confianza me hacía querer ser mejor cada día.

Fui a la cocina, tarareando algo bajito mientras el agua hervía. Preparé el té con miel, limón y un poquito de jengibre, como le gustaba. Lo serví con cuidado y volví a la sala, sintiéndome como si llevara un pequeño pedacito de amor en esa taza.

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