Pov Reneé
A veces me pregunto qué habría pasado si no me hubiera ido aquella mañana.
Si, en lugar de vestirme en silencio y pedirle que olvidara todo, me hubiera quedado.
Si hubiera tenido el valor de mirarla a los ojos y decirle lo que realmente sentía.
Porque la verdad es que sí sentí algo.
No fue solo la soledad, ni el alcohol, ni el cansancio. Fue ella. Siempre fue ella.
Cierro los ojos y el destino me juega su truco más cruel: me muestra lo que podría haber sido.
En esa otra vida, Nelly y yo despertamos juntas, entre risas y promesas. Su cabello enredado en mis dedos, su voz murmurando mi nombre como si fuera oración.
Desayunamos entre besos torpes y tazas de café mal hecho. Salimos a la calle tomadas de la mano, sin miedo. En esa vida paralela, no huyo de lo que siento.
Pero cuando abro los ojos, solo hay silencio.
El lado vacío de la cama me recuerda lo que elegí: la distancia.
Dicen que uno siempre tiene motivos para marcharse. Yo tenía miedo. Miedo de destruir lo único puro que me quedaba, miedo de no ser suficiente, miedo de amar a alguien que merecía algo más que mis ruinas.
Y en mi cobardía, la perdí.
A veces me sorprendo imaginando su vida sin mí. ¿Seguirá escuchando esas canciones tristes? ¿Habrá alguien que la abrace como yo lo soñé tantas veces?
No sé si quiero saberlo.
Solo sé que, si el destino fuera justo, aquella mañana no me habría levantado de esa cama.
Habría tomado su mano, la habría besado otra vez, y le habría dicho:
"Quédate. No me sueltes todavía."
Pero el destino no fue justo.
Y yo tampoco.
----Un año después-----
La vida siguió, o eso intenté creer.
Hasta que una tarde, en una feria de libros, la vi.
Nelly estaba allí, hojeando un libro, con el cabello un poco más corto y una serenidad que no recordaba.
Mi pecho se encogió. Dudé, pero el impulso fue más fuerte.
—Nelly...
Levantó la mirada. Por un segundo, el tiempo se detuvo. Luego sonrió, suave, con ese gesto que siempre desarmaba mis defensas.
—Hola, Reneé.
—Hola... —respondí, sintiendo que mi voz se quebraba.
Nos quedamos unos segundos sin saber qué decir.
Ella fue la primera en romper el silencio.
—Te ves diferente
—¿Para bien o para mal?
—Tranquila
Asentí, sin saber si eso era bueno.
—¿Tienes tiempo? Tal vez podríamos tomar un café.
—Claro
Fuimos a una cafetería pequeña, de esas que olían a pan recién hecho.
El primer sorbo fue incómodo, como si el silencio pesara demasiado. Pero luego empezamos a hablar: de trabajo, de cosas simples. Pequeños fragmentos de nuestras vidas separadas.
Hasta que Nelly, con la vista fija en su taza, dijo:
—No pensé que volvería a verte.
—Yo tampoco —admití—. Pero he pensado en ti más veces de las que debería.
Ella levantó la mirada.
—Yo también te pensé, pero aprendí a dejar de hacerlo con tristeza.
—Yo aún no lo logro —susurré.
Nelly respiró hondo. —Durante mucho tiempo te odié, ¿sabes? No por lo que hicimos, sino por cómo te fuiste.
Sentí el golpe en el pecho. —Lo sé. Yo también me odié por eso.
—Siempre supe que tenías miedo —continuó—. Pero me dolió que ni siquiera me dejaras decidir si valía la pena intentarlo.
—Tenía miedo de lastimarte —dije, y la voz me tembló—. De que te dieras cuenta de que yo no sabía amar bien.
—No me hubieras lastimado más de lo que lo hizo tu silencio.
No supe qué responder. Solo la miré, y en sus ojos vi el reflejo de lo que fuimos.
—Si pudiera volver atrás, no me iría —confesé.
—Y si pudiera volver atrás —replicó con ternura—, no te dejaría ir.
Nos reímos bajito, sin tristeza, solo con esa complicidad antigua que todavía respiraba entre nosotras.
—¿Eres feliz, Nelly? —pregunté.
Ella pensó un momento antes de responder. —Estoy aprendiendo a serlo. Y tú también deberías hacerlo.
—Lo intento. Pero a veces siento que me falta algo... o alguien.
—Quizá porque todavía miras hacia atrás —dijo ella, mirándome con dulzura—. Pero está bien, Reneé. No te guardo nada.
Hubo un silencio que no fue incómodo. Era el tipo de silencio que dice "ya entendimos todo".
—Gracias —dije al fin—. Por perdonarme, aunque no lo pidiera bien.
—Gracias a ti por venir —respondió ella—. Necesitaba escucharte decirlo.
Cuando nos levantamos para irnos, Nelly me abrazó. No fue un abrazo de amor, ni de despedida amarga. Fue un cierre.
—Cuídate, Reneé —susurró.
—Tú también, Nelly.
La vi alejarse entre la gente, su figura desdibujándose entre los puestos de libros.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí culpa. Solo gratitud.
Quizá el destino sí fue justo, después de todo.
Porque aunque no terminamos juntas, terminamos en paz.
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Dedicado a @_Ferspage_
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Espero que llene tus expectativas ❤️
