Barbara palvin

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El aire en el camerino número cuatro era denso, impregnado de una mezcla de laca para el cabello, perfumes costosos y una electricidad que no venía de las luces del espejo. Debido a una confusión en la agenda de la campaña de L'Héritage, las dos finalistas para el contrato principal habían sido confinadas al mismo espacio.

A la izquierda, Barbara Palvin proyectaba una elegancia atemporal, con su piel de porcelana y esa mirada que parecía conocer todos los secretos de la industria.

 A la derecha, Nelly era el caos controlado: botas de cuero desgastadas bajo una bata de seda, un delineado gráfico que desafiaba las leyes de la simetría y una actitud que gritaba que las reglas estaban hechas para romperse.

—Estás demasiado tensa, Nelly —comentó Barbara, rompiendo el silencio sin dejar de retocarse el labial rojo con una precisión clínica—. Se nota en cómo sostienes la brocha. L'Héritage busca elegancia, no una crisis nerviosa.

Nelly soltó una risa seca, dejando caer el pincel sobre la mesa con un golpe sordo que resonó en la habitación. Se giró en su silla, enfrentando directamente la mirada gélida de la modelo.

—Lo que tú llamas tensión, yo lo llamo pulso, Barb. Y lo que tú llamas elegancia, yo lo llamo aburrimiento decorativo. El mundo ya se sabe de memoria tu cara de catálogo. Quieren algo que les queme un poco la vista, algo real.

Barbara dejó el labial lentamente, su atención desviándose por primera vez del espejo hacia la chica que tenía al lado. Se inclinó hacia ella, invadiendo el espacio personal que Nelly protegía con tanto recelo, envolviéndola en su aroma a vainilla y sándalo.

—¿Y crees que tú eres ese incendio? —susurró Barbara, con una chispa de diversión peligrosa en los ojos—. Eres puro ruido. Te escondes detrás de esa ropa rebelde porque te aterra que, si te quitas el disfraz, no quede nada que valga la pena fotografiar.

Nelly no retrocedió ni un milímetro. Al contrario, acortó la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron. Sus ojos bajaron un segundo a los labios rojos de Barbara antes de volver a chocar con los suyos.

—Pruébame entonces —desafió Nelly, con la voz cargada de una adrenalina que ya no tenía nada que ver con el contrato—. Sal ahí fuera y convénceme de que eres más que una percha de lujo. Si eres tan increíble como dices, deberías ser capaz de hacerme dudar de mi propio talento.

Barbara sonrió, una sonrisa oscura y real. Estiró la mano y, con la yema del pulgar, difuminó apenas un milímetro del delineado perfecto de Nelly, un gesto tan íntimo que hizo que el corazón de la otra diera un vuelco.

—Hagamos una apuesta —dijo Barbara, bajando la voz mientras se ponía de pie con una gracia felina—. Si el contrato es mío, me invitas a cenar. Quiero que me expliques, cara a cara, por qué crees que mi mundo es tan aburrido.

Nelly se levantó también, sintiendo el magnetismo que emanaba de la otra mujer. El aire entre ellas estaba a punto de estallar.

—¿Y si gano yo?

—Entonces yo te invito a ti —respondió Barbara, dándose la vuelta justo cuando el asistente llamaba a la puerta, su figura dominando la habitación—. Para celebrar que, por fin, encontré a alguien que sabe cómo jugar conmigo. Prepárate, Nelly. No me gusta perder, pero reconozco que el premio... empieza a resultarme más interesante que la campaña.

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La atmósfera en el restaurante, horas después, era el polo opuesto al caos del camerino. Un lugar de techos altos, luz cálida y un silencio elegante. Barbara ya estaba sentada, luciendo un vestido negro de alta costura, observando la entrada con la calma de quien ya conoce el resultado.

Cuando Nelly apareció, no lucía como alguien que acababa de perder. Caminaba con la misma seguridad rebelde, aunque había cambiado las botas por botines de tacón y llevaba una chaqueta de terciopelo oscuro. Se sentó frente a Barbara, sosteniéndole la mirada con una sonrisa ladeada.

—Felicidades, ganadora—dijo Nelly, apoyando los codos en la mesa blanca, rompiendo la etiqueta—. Debo admitir que las fotos finales fueron... mmmmm decentes.

—¿Solo decentes? El director creativo dijo que mi mirada tenía una force nouvelle. Yo prefiero llamarlo el efecto de una buena competencia. Me hiciste esforzarme, Nelly.

—Me gusta pensar que te saqué de tu zona de confort —replicó Nelly, recorriendo el rostro de Barbara con una curiosidad desnuda—. No pareces la chica del catálogo esta noche. Te ves... real.

Barbara acortó la distancia sobre la mesa.

—Perdiste la campaña, Nelly, pero aquí estás. No pareces muy afectada.

—El contrato era solo papel, Barbara. Lo que yo quería era ver si tenías el valor de cumplir la apuesta. Y aquí estás tú también, cumpliendo.

Barbara extendió su mano, rozando apenas los nudillos de Nelly con las yemas de sus dedos. El contacto fue breve, eléctrico.

—No dejo deudas pendientes. Además, admito que ganar no habría sido tan satisfactorio si no tuviera a alguien como tú enfrente para restregárselo... o para celebrarlo de una forma más privada.

Nelly atrapó los dedos de Barbara por un segundo antes de que ella los retirara.

—Entonces pide el vino, ganadora —sentenció Nelly con una chispa de fuego en los ojos—. Porque aunque hayas ganado el contrato, esta noche la dirección de la escena la llevo yo.

Barbara sonrió, esta vez con una autenticidad que rara vez mostraba a las cámaras.

—Eso está por verse.

Pero no pidió el vino más caro. Pidió el favorito de Nelly, ese que habían compartido en secreto un par de veces durante las largas esperas del casting. Esa noche, la dirección de la cena no la llevó nadie; se fundieron. Las críticas profesionales se convirtieron en recuerdos compartidos, y la rivalidad inicial se transformó en el combustible de una atracción innegable.

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El único sonido era la respiración acompasada de Barbara, que dormía profundamente, ajena al mundo. Nelly estaba sentada en el borde de la cama, observándola. llevaba una camiseta de algodón vieja de Barbara, un contraste total con el vestido de diseñador de su cena de segundo aniversario, celebrada horas antes. 

Sus ojos recorrieron el rostro de Barbara, trazando la línea de su mandíbula, la suavidad de sus pestañas, la curva de sus labios entreabiertos. No había cámaras, no había maquillaje, no había necesidad de ser perfecta. En ese momento, ella era solo Barbara. La chica que robaba las sábanas, la que odiaba madrugar pero lo hacía por ella, la que había cambiado la fría elegancia por un calor que Nelly nunca pensó encontrar.

—Todavía eres la percha más cara del mundo —susurró Nelly apenas audible, con una sonrisa llena de una ternura que nunca habría admitido dos años atrás—. Pero, joder, cómo me alegra que hayas ganado esa apuesta.

Nelly se inclinó lentamente, sin querer despertarla, y depositó un beso casi invisible en su hombro desnudo. Luego, se acomodó a su lado, dejando que el aroma a vainilla y seguridad de Barbara la envolviera, cerrando los ojos con la certeza absoluta de que ella se había quedado con la verdadera victoria.

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Espero lo hayan disfrutado, un besito ❤️

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