Kim Jennie

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Pov Nelly:

No es justo.

No es justo que mi novia me mire así, como si yo hubiera hecho algo terrible, cuando lo único que hice fue existir cerca de alguien más. Sonrió el bailarín, sí. Me dijo que bailé lindo. ¿Y qué? ¿Eso me convierte en una traidora? ¿En una cualquiera?

Lo que sí me rompe... es que ella ya no me sonríe.

Llevamos días así. Distantes. Fríos. Como si yo fuera demasiado, y ella no supiera cómo lidiar conmigo. Me duele. Mucho. Porque yo la elijo todos los días. Pero no sé si ella me sigue eligiendo a mí.

—¿Te pasa algo o qué? —le solté, cruzada de brazos, temblando un poco pero fingiendo fuerza.

—No.

Mentira.

Le temblaban los dedos al sacarse los anillos.

—¡No! —repetí, dolida—. Llevas toda la semana así, como si no pudieras verme sin arrepentirte.

—No tengo nada que decir —dijo, fría.

Me sentí tan chiquita.

Pero no me iba a ir sin luchar.

—¿Es por el bailarín? ¿Estás celosa?

Y ahí fue cuando me clavó los ojos, esa mirada. Oscura. Furiosa. Ardiente.

—¿Tú crees que me molesta que te vean?
—¡Sí! —
le grité—. Porque tú eres la única que no me ve últimamente.

Su silencio me aplastó. Era peor que gritar.

Pero cuando se acercó, su energía cambió. Ya no era fría. Era fuego contenido. Un volcán a punto de estallar. Me arrinconó sin tocarme. Y me temblaron las piernas.

—¿Quieres que te diga lo que me haces sentir? —susurró.

Y yo asentí. Porque no podía hablar. Porque si hablaba, lloraba.

Entonces me besó. Me besó como si me odiara y me necesitara a la vez. Como si quisiera borrar cada mirada ajena que me había tocado la piel.

Pov Jennie:

Me estoy conteniendo.

Dios, me contengo cada vez que la veo reír con alguien más. Cada vez que alguien la toca sin saber que esa sonrisa no es gratis. Que no es suya.

Es mía.

Nelly es mía.

Pero no soy buena con las palabras. Nunca lo fui. Ella es todo lo que brilla, y yo soy todo lo que calla. Ella lo da todo. Yo tengo miedo. Y cuando tengo miedo... me alejo.

Hoy la vi sonreírle a él. Al del staff. Él la hizo reír. Le hizo sonrojarse.

Mi sangre hervía.

Y no porque no confíe en ella.

Sino porque la necesito tanto que duele.

Y sin embargo, cuando la beso, no es un "perdón".

Es una advertencia.

"No me hagas perderte. Porque me vuelvo loca."

La siento rendirse en mi boca, y la cargo sin esfuerzo, sus piernas apretándose a mis caderas. Nos dejamos caer en el sofá, mi cuerpo encima del suyo. Nelly gime suave, y yo muero un poco más.

—Mía —le susurro, con voz rasposa—. ¿Lo entiendes? Mía.

Ella asiente, con las mejillas rojas, el aliento corto, las manos temblorosas.

—Tuya. Siempre tuya.

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La tengo rendida bajo mí, su cuerpo temblando, su respiración entrecortada, entregada sin reservas.

Mis manos la recorren sin piedad, marcando su piel, apretando sus muslos con fuerza mientras mis dedos se deslizan provocadores entre sus piernas, encontrando su calor, humedeciéndola aún más.

—Mira cómo te dejo, toda mojada y temblando —le digo, con voz áspera, disfrutando de cada reacción que le provoco.

Ella me suplica con la mirada, con gemidos ahogados que se escapan cuando le aprieto más fuerte.

—No vas a tocarte sin permiso, ¿entendido? —le ordeno, viendo cómo se muerde el labio para aguantar el deseo.

La hago arquear la espalda mientras la penetro con lentitud, dominando cada movimiento, cada gemido, cada suspiro.

—Quiero que sientas que nadie más que yo puede darte esto —susurro contra su cuello, mordiendo suavemente la piel—. Que solo yo tengo derecho a hacerte gritar.

Sus uñas se clavan en mi espalda, rogándome que no pare, que la posea por completo.

Cuando acelero, rompiendo el ritmo con embestidas firmes y profundas, sus gemidos se vuelven roncos y desesperados.

—Eres mía —le repito, dejando mi marca en cada beso y caricia—. Y esta noche, te voy a hacer olvidar que alguna vez existió alguien más.

Ella se retuerce bajo mí, completamente sometida, y yo disfruto cada segundo de su rendición.

Al terminar, la abrazo fuerte, con la voz aún ronca:

—Recuerda bien, Nelly: tú eres solo mía. Para siempre.

Pov Nelly:

Me dejo caer sobre su pecho sintiendo su calor inundarme por dentro. Su corazón late fuerte, justo debajo de mi oído, y ese sonido es mi ancla en medio del caos que fuimos hace unos minutos.

Sus brazos me envuelven con una fuerza protectora, y por primera vez en días, siento que puedo soltar todo el peso que llevaba dentro.

—Te amo —le susurro, con la voz llena de emoción—. Más de lo que puedo decir.

Y ella me aprieta más fuerte contra su cuerpo, como si quisiera que esas palabras quedaran grabadas en su piel.

—Yo también te amo, Nelly. Más que a nada en este mundo. Eres mi todo.

Su pecho se eleva y cae bajo mi cabeza, y en ese latir siento un hogar que no quiero abandonar jamás.

Cierro los ojos y me dejo llevar

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Un besito ❤️

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