POV Nelly
Siempre me ha gustado la sensación de la harina entre los dedos. Es suave, ligera... me calma. Hornear me da una excusa para moverme cuando mi cabeza se siente demasiado llena. Aunque hoy, si soy sincera, no tengo ni una pizca de ruido ahí dentro. Estoy tranquila. Cómoda. Tal vez porque llevo puesta una camiseta enorme de Dua que huele a ella, o tal vez porque todavía tengo en la piel el eco de la noche anterior.
Estoy de pie en la cocina, intentando que la mantequilla no se derrita demasiado mientras mezclo, cuando siento que se acerca. No hace falta que diga nada. La siento. La forma en que su calor se pega a mi espalda antes incluso de tocarme.
—¿Estás segura de que dijiste una taza y no tres? —murmura con esa voz suya, medio burla, medio sueño.
—Estoy segura —le digo, sin mirarla—. No confías en mis habilidades de medición, eso es todo.
Siento sus dedos rozarme la mejilla, limpiando un poco de harina. Me derrito por dentro. No lo dejo ver, o al menos eso intento.
—Confío en ti —susurra—. Solo me gusta verte concentrada. Te ves linda frunciendo el ceño.
Me río por lo bajo, sin detener las manos. ¿Cómo hace para decir esas cosas como si no tuvieran un efecto devastador?
Después me abraza por la espalda, y apoya la barbilla en mi hombro. Me estremezco un poco. No por el frío, sino porque su cercanía siempre me sacude, incluso en los gestos más simples.
—¿No estás cansada? —me pregunta al oído.
—No quiero que se te quemen las galletas —respondo. Es mentira. Lo hago porque quería hacer algo para ella. Algo tonto y sencillo. Algo nuestro.
—Ajá. Me culpas a mí cuando fuiste tú quien no me dejó dormir.
Me sonrojo. No le contesto. Solo sonrío y sigo con la masa. Y cuando terminamos, metemos la bandeja al horno y nos sentamos en el piso, sobre una manta, con dos tazas de leche y las galletas humeando entre nosotras. Me acurruco contra su costado, como si todavía necesitara más de su calor.
—¿Puedo pegarme más o ya estás harta de mí? —le digo, medio broma, medio verdad.
—No hay forma de que me harte de ti —responde.
Y yo... yo me derrito de nuevo.
La miro mientras muerde una galleta que preparé yo. Y no sé por qué, pero me siento la persona más afortunada del universo.
POV Dua
Desde el momento en que me despierto y noto que la cama está vacía, ya sé que está en la cocina. Y no me sorprende verla ahí, concentrada, con las mangas arremangadas y el cabello algo alborotado. Lleva mi camiseta, esa que ella siempre me roba, y se le ve tan bien que ni ganas me dan de pedirla de vuelta.
Me acerco y le limpio un poco de harina de la cara, pero es solo una excusa para tocarla. Siempre busco formas de estar cerca.
La abrazo por detrás, apoyando la barbilla en su hombro, y me quedo ahí un rato. No necesito hacer nada más. Solo tenerla así ya es suficiente.
Le hago un par de bromas, como siempre, y ella me responde con esa mezcla de sarcasmo y ternura que me tiene enganchada desde el primer día. Me encanta que se haga la dura, cuando en realidad está preparando galletas para que yo me despierte con olor a casa.
La escucho hablar sobre que no importa si salen feas, que quiere que sean nuestras galletas feas. Y yo solo pienso que no hay nada en este mundo más bonito que eso: hacer cosas pequeñas con alguien que te quiere tanto.
Cuando terminamos, nos sentamos en el suelo, espalda con pecho, piernas cruzadas, compartiendo leche y galletas tibias. Nelly se me pega como si no pudiera estar lo suficientemente cerca, y yo... yo la sostengo. Le paso una galleta, la beso en la frente, y dejo que el momento se grabe en mi memoria como una foto suave.
—Si tuviera que elegir una mañana para repetir toda la vida —le digo sin pensarlo—, sería esta.
Y lo digo en serio.
Porque el amor también se construye en días como estos, entre harina, mimos y una mujer que sabe exactamente cómo hacerme sentir en casa.
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POV Nelly
Las galletas ya están frías, la cocina huele a mantequilla y cariño, y yo estoy hecha un ovillo sobre la manta, mordiéndome las ganas de buscarla con los brazos. Pero no aguanto mucho.
Dua está en la cocina, lavando los bowls, las cucharas, la bandeja que usamos... y yo solo la miro desde el suelo como una plantita triste, esperando sol. Me dijo que no me moviera, que ella se encargaba. Pero no me gusta estar lejos de ella ni siquiera unos metros.
Cuando termina, se seca las manos y gira hacia mí justo cuando la llamo en voz bajita:
—Duaaaa... ven aquí. Ya terminé de existir sin ti.
Ella se ríe, de esa forma suave que le hace brillar los ojos. Se agacha a mi lado y me acomoda un mechón detrás de la oreja. Me mira con esa ternura que me desarma.
—Ay, mi niña... ¿te tengo mal acostumbrada, no?
—Muchísimo —susurro, estirando los brazos para que me abrace—. Y no quiero cambiarlo.
Se tumba a mi lado, me recoge contra su cuerpo como si yo fuera parte de ella. Me aplasta con amor. Y yo me dejo hacer. Me hundo en su calor, en su perfume, en su todo.
—Gracias por lavar todo tú —le digo, con la mejilla pegada a su clavícula.
—Gracias por hacerme galletas con forma de estrellas deformes —bromea, y me besa la coronilla—. Eres mi chef favorita, cariño.
Me sonrío sin abrir los ojos. Me siento tan segura con ella, tan chiquita y tan querida. Quiero decirle muchas cosas, pero mi voz se queda bajita.
—¿Sabes qué? —susurra, como si me leyera la mente—. Amo estos ratos contigo. Así, entre migas, sin ruido. Cuando me dejas cuidarte, mimarte, pegarme a ti como si no existiera nada más.
Me abrazo más fuerte a su cintura.
—Porque no existe nada más —le digo, y lo creo.
Ella apoya su frente contra la mía. Su voz se vuelve un soplo:
—Te amo, mi niña. Mi cariño. Eres mi lugar favorito.
Y yo, enterrada en sus brazos, me juro que nunca voy a soltar este pedacito de cielo.
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Dedicado a @KimKerm
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❤️
