Florence Pugh

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POV Nelly

Hornear siempre me calma. Es como si mezclar los ingredientes fuera mi manera de juntar pedacitos de mí cuando algo está a punto de romperse.

Hoy hice mi favorito: pastel de avena, banana y chocolate. El olor llenó el departamento como un recuerdo feliz. Lo saqué del horno con cuidado, sintiendo ese calor suave en el rostro, y por un segundo... imaginé a Florence entrando por la puerta. Abrazándome por la espalda. Diciéndome que todo olía a hogar. A nosotros.

Me vestí sin mucha prisa. Algo bonito, no exagerado. Labios apenas pintados, perfume en las clavículas. No porque ella me lo pidiera, sino porque quería que al verme pensara: "Qué suerte tengo de volver a casa contigo."

Me dijo que tenía una reunión importante. Con el director, con los actores.
"Pero apenas acabe, llego, ¿sí?"
Y yo le creí. Porque soy de las que creen. De las que piensan que si das amor, tarde o temprano, te lo devuelven.

Las horas fueron pasando como si el reloj quisiera burlarse de mí.
Un vino.
La música de fondo que ya ni escuchaba.
El celular vibrando con mensajes de cumpleaños que se sentían vacíos sin el suyo.

Once y cuarenta y cinco.
Once y cincuenta y ocho.

No venía. No llegaba.
Y duele. Duele mucho cuando una se da cuenta de que está sola, justo el día en que debería sentirse más acompañada.

Encendí la velita sobre el pastel. La única luz cálida en una cocina que parecía más fría de lo normal. Pensé un deseo. Uno tonto. Uno que me dolía incluso formular:

"Que llegue ahora, por favor. Aunque sea con una excusa estúpida."
"Por favor, la necesito."

Y soplé.

Y entonces, la notificación.

Era una historia de la mejor amiga de Florence. Esa que siempre me miró como si yo estorbara, como si no encajara en su mundo. Una historia en "mejores amigos". Como si fuera un secreto compartido con crueldad.

Bar. Música. Risas.
Y ella.

Florence.

Riendo. Bailando.
Besando a otra.

Yo no lloré. No de inmediato. Solo me quedé ahí, congelada, con las manos en el regazo, como si incluso mi cuerpo supiera que no había nada que hacer.
No grité. No pregunté.
No podía.

Guardé el pastel. Cerré el refrigerador como quien entierra algo.

Me quité el labial. Me miré al espejo y por primera vez, no supe quién era la mujer que me devolvía la mirada.

Yo solo quería que estuviera aquí.
Ese era mi único deseo.
Pero ni eso me concedieron esta noche.

–Siguiente día, 2:04 p.m.

El silencio del departamento ya no me incomoda. Hoy se siente como un escudo. Como una manera de no escuchar lo que en el fondo ya sé.

Lavo los platos sin prisa. El agua caliente me arde un poco en los dedos, pero no la bajo. Hay algo en el dolor chiquito que me distrae del grande.

El pastel sigue en la nevera. Lo envolví anoche como si fuera a guardarlo para después. Como si todavía esperara algo.

Pero no espero nada. No más.

Y justo cuando dejo la toalla en el mesón, suena el timbre.

Florence.

Sé que es ella sin mirar por la mirilla. La forma en que toca, suave pero insistente, como alguien que no quiere molestar... pero necesita entrar.

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