Jenna Ortega

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POV Jenna

Me duele admitirlo, pero fui yo quien empezó todo. Aunque no fue con mala intención. Estaba cansada, abrumada, estresada, y lo último que necesitaba era una pelea. Pero, como siempre, ahí estaba Nelly. Con su tono suave pero insistente, sus reclamos disfrazados de ternura. Y yo... exploté.

Recuerdo el momento exacto. Había terminado una llamada larguísima y ella me habló desde la cocina:

—¿Vas a ignorarme todo el día?

Suspiré. No tenía energía.

—No te estoy ignorando, Nelly. Estoy cansada.

—Siempre estás cansada. Pero no para los demás.

Eso me dolió. Me sentí injustamente atacada. ¿Ella no veía lo mucho que me esforzaba? ¿Lo agotador que era fingir estar bien en todas partes menos en casa?

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que siempre tienes energía para tus fans, tus entrevistas, tus "proyectos". Pero para mí, no. Para mí solo quedan tus suspiros y tus excusas.

Y ahí perdí el control.

—Tal vez deberías aprender a estar sola un rato, Nelly.

Su rostro cambió. Como si le hubiera quitado el aire. No dijo nada, solo subió las escaleras y cerró la puerta. Sin gritos. Sin lágrimas. Pero esa clase de silencio duele más que cualquier reclamo.

Ahora estoy aquí, en una cama que no se siente mía, mirando el techo, recordando su cara. ¿Y si la lastimé más de lo que pensé? ¿Y si... esta vez no vuelve?

Pero una parte de mí lo sabe: Nelly no puede dormir sin mí. No porque dependa de mí... sino porque nos necesitamos igual. Porque somos dos partes de algo que solo respira cuando estamos juntas.

Y aún así, no me muevo.

Espero.

POV Nelly

No puedo dormir.

Intenté abrazar mi almohada como si fuera ella, pero no es lo mismo. No huele a Jenna. No se mueve ni me abraza de vuelta. No me llama "boba" en voz bajita cuando me acurruco demasiado encima suyo. No me susurra "ya, mi amor, duerme" cuando no puedo parar de dar vueltas.

Esta cama está enorme sin ella. Fría. Fea. Aunque tenga mis peluches, mi música bajita, incluso su camiseta puesta... nada funciona.

Y sí, lo sé. Me pasé. Fui celosa. Dije cosas feas. Pero es que... yo solo quería que me mirara. Que notara que me dolía sentirme como un segundo plano. No la odio por tener una vida ocupada, la amo incluso por eso. Pero a veces solo quiero una caricia, una palabra bonita, saber que sigo siendo su lugar seguro.

Y ahora... estoy aquí. Con un nudo en la garganta y las lágrimas amenazando. Pero no voy a llorar. No quiero que piense que soy una dramática más. Aunque lo soy. Un poco.

Me miro al espejo del pasillo mientras camino en silencio con mis pantuflas. Tengo cara de cachorro abandonado. Literal.

Estoy frente a la puerta del cuarto de invitados. Me tiemblan las manos. ¿Y si no quiere verme? ¿Y si me dice que me regrese?

Pero... no puedo dormir sin ella. No me importa nada más.

Abro la puerta despacito. Camino hasta la cama. Me deslizo bajo las sábanas, suave, como si el mundo fuera frágil. La abrazo por detrás, muy muy pegadita, como siempre hago cuando me siento triste. Apoyo mi nariz en su cuello y cierro los ojos.

Suspiro. Apenas un murmullo.

—No puedo dormir sin ti...

Ella no dice nada por unos segundos. Pero luego siento su mano sobre la mía. Me la toma con esos dedos cálidos y seguros.

—Sabía que vendrías —susurra, y su voz me calma al instante.

Me acurruco más.

—No me gusta cuando estás lejos... ni un poquito.

Se gira despacio para mirarme. Sus ojos brillan en la penumbra, pero no con enojo. Con ternura. Con esa mezcla suya de paciencia y amor.

—Yo tampoco puedo dormir sin ti —me dice, acariciándome el pelo—. Aunque seas una mimosita intensa.

Sonrío. Un poco. Solo un poquito. Me escondo en su cuello como un gato buscando calor.

—Prometo no pelear más... por esta semana.

—Con eso me conformo —ríe bajito, y me abraza como si no quisiera soltarme nunca más.

Y entonces sí, por fin, cerramos los ojos.

Y dormimos. Juntas. Como debe ser.

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Cortito y Lindo 

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