Sarah Cameron

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Pov Nelly: 

Nunca debí aceptar ese plan. Nunca debí subirme a esa lancha. Pero la verdad es que, cuando se trata de Sarah no tengo voluntad para huir de ella tampoco es como que quiera huir ya que ella lo es  todo para mi

—¡Esto es una maldita locura! —le grité por encima del motor.

El viento me azotaba el rostro y el mar no era agua, era una boca negra y hambrienta que se abría bajo nosotras. No podíamos permitir que nos atraparan. En la mochila, bajo nuestros pies, estaba el mapa. La prueba de todo lo que su familia se había esforzado por enterrar durante décadas. Sarah no solo quería el tesoro; quería justicia, quería exponer la corrupción de su padre, y por eso nos estaban cazando como a animales.

—¡Lo sé! —respondió ella sin soltar el timón, con los nudillos blancos—. ¡Pero si llegamos a la otra orilla antes del amanecer, tendremos ventaja!

Siempre era lo mismo. Podríamos haber huido, habernos escondido, haber buscado la paz. Pero para Sarah, la verdad valía más que su propia vida, y yo estaba demasiado enamorada para dejarla enfrentar el abismo sola.

De pronto, el horizonte se manchó.

—¡Nos siguen! —el pánico me arañó la garganta.

Dos estelas de espuma blanca cortaban la oscuridad detrás de nosotras. Luces cegadoras, rápidas, depredadoras. Los hombres de su padre no iban a permitir que llegáramos a tierra firme con esa evidencia. No nos querían vivas. Mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza que dolía, como si quisiera romperme el pecho para escapar antes que yo.

—¡Acelera, Sarah! ¡Acelera!

—¡Está al máximo, Nelly! ¡No da más!

Y entonces, el sonido que lo cambió todo. Un estallido seco, metálico. Un disparo. El aire se partió. Me encogí en el suelo sucio de la lancha, el olor a gasolina y salitre inundándome los sentidos.

—¿Nos están disparando? ¡Nos van a matar! —mi voz se quebró, perdiendo toda la fuerza.

—¡Abajo! ¡Quédate abajo! —gritó ella, pero su voz también temblaba.

Otro impacto. Esta vez, la bala astilló la madera a centímetros de mi mano. El pánico se transformó en una rabia desesperada. Me arrastré por el suelo inestable hasta alcanzar sus piernas, aferrándome a ella como si pudiera transmitirle mi instinto de supervivencia por el tacto.

—Sarah, mírame... ¡mírame! —le supliqué, tirando de su brazo—. ¡Nada de esto vale tu vida! ¡Déjalo ir!

Ella bajó la vista un segundo. Sus ojos eran dos pozos de determinación suicida, pero en el fondo, muy al fondo, vi el brillo del terror puro.

—Sí lo vale —susurró, con una voz que el viento casi me robó—. Porque si me rindo ahora... todo lo que hemos perdido, todo el dolor... no habrá servido para nada.

—¡Tú significas algo! —le grité, con el alma en la boca—. ¡Tú eres lo único que importa!

Dudó. El mundo se detuvo en ese instante de conexión, de duda... y fue entonces cuando el infierno se desató. Un impacto brutal sacudió la embarcación. No fue una bala; fue una ola, o un choque, no lo supe. El motor soltó un alarido de agonía y murió. El silencio repentino fue mil veces más aterrador que el estruendo.

Fui lanzada al vacío.

El agua helada me golpeó como cemento. El frío me robó el oxígeno de golpe, hundiéndome en un abismo de burbujas y oscuridad. No sabía dónde estaba la superficie. Mis pulmones ardían. ¿Dónde está ella? ¿Dónde está Sarah?

Emergí jadeando, escupiendo agua amarga, el pelo pegado a la cara.

—¡SARAH! —Nada. Solo el rumor de las olas y el eco lejano de los motores perseguidores.

—¡SARAH, POR FAVOR! —el grito me desgarró las cuerdas vocales.

La desesperación me dio una fuerza que no tenía. Me sumergí de nuevo, forzando los ojos bajo el agua salada. Sombras, nada, oscuridad... y entonces, un destello. Su ropa. Su brazo suspendido en la nada.

Nade con el corazón a punto de estallar, mis dedos se cerraron sobre su piel fría y tiré de ella hacia la vida. Cuando nuestras cabezas rompieron la superficie, ella era un peso muerto en mis brazos.

—¡Respira, maldita sea, respira! —le golpeé la cara con suavidad, temblando tanto que apenas podía sostenerla—. ¡Sarah! ¡No te atrevas a hacerme esto!

No reaccionaba. Su rostro estaba pálido, hermoso y aterradoramente quieto bajo la luz de la luna.

—No puedo hacerlo sin ti... —susurré contra su frente, las lágrimas mezclándose con el mar—. No me dejes sola en esto.

Un segundo de silencio eterno. Dos.

Y entonces, un espasmo. Sarah tosió violentamente, expulsando el agua, aferrándose a mi cuello con una fuerza desesperada, como si yo fuera su único ancla en el mundo. Me eché a llorar, una risa histérica y rota escapando de mis labios mientras la apretaba contra mí.

—Eres una idiota... —sollozé entre sus cabellos mojados—. Me has matado del susto.

—Sigues aquí... 

—Siempre 

Las luces de nuestros perseguidores cortaban el horizonte, acercándose peligrosamente. La lancha estaba a la deriva, gimiendo contra el oleaje, pero el miedo empezaba a disiparse, reemplazado por una frialdad táctica que nunca creí tener.

—Sarah —dije, apartándole el pelo mojado de la frente—. Tienes que ponerte de pie. No podemos quedarnos aquí como blancos fáciles.

Ella asintió, apoyándose en mí. Sus ojos, aunque cansados, recuperaron ese brillo de acero. Miró hacia la proa, hacia el compartimento donde habíamos escondido la mochila con las pruebas. Luego miró hacia el motor averiado.

—Ese barco que nos persigue... —susurró ella, señalando a la lancha más cercana que bajaba la velocidad al llegar a la zona del impacto—. Creen que nos han hundido. Están bajando la guardia.

Tenía razón. Las luces de sus focos se movían erráticas sobre el agua, buscando un cuerpo, un rastro, algo que confirmara que ya no éramos una amenaza.

—Si no podemos huir —dije, sintiendo cómo mi pulso se estabilizaba—, entonces tenemos que terminar esto nosotras.

Sarah soltó una pequeña risa, una mezcla de dolor y admiración. Se deslizó con cuidado hacia el panel de control. Con manos expertas, conectó dos cables que habían quedado sueltos tras el impacto. El motor no rugió, pero tosió, devolviéndonos una mínima potencia.

—No los estamos huyendo, Nelly —dijo, sus dedos rozando los míos—. Vamos a darle la vuelta a la tortilla. Vamos a llevar esta prueba a la policía del puerto, directo a las narices de quien nos envió a estos tipos.

Giré la lancha bruscamente. El motor protestó, pero respondió. Nos alejamos en dirección contraria, aprovechando la sombra de los acantilados que conocíamos mejor que nadie. El eco de los disparos se perdió detrás de nosotras, sustituido por el sonido constante y rítmico de nuestra huida hacia la salvación.

Mientras ella mantenía el rumbo y yo vigilaba la estela de espuma que dejábamos atrás, comprendí que ya no me importaban las balas ni el peligro. Si el precio de estar a su lado era navegar siempre contra la corriente, que así  sea.

Porque ahora teníamos la verdad, teníamos nuestra libertad, y sobre todo, nos teníamos la una a la otra. 

Y esa, para nuestra historia, era la única victoria que contaba.

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Dedicado a @KimKerm

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Espero y te guste ❣️

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