"Evening Rowell"
21 de octubre del 2016.
—Acérquense chicos —dijo el profesor Diego con el silbato rojo colgando de su pecho musculoso y sin sudor.
—Estoy a punto de sufrir un paro cardio-respiratorio —jadeó Riley con su camisa azul marino deportiva mojada de sudor.
El nuevo profesor de gimnasia era un poco extremista y desalmado. Habíamos corrido 50 vueltas al gimnasio sin parar, comenzaron siendo sólo 30 pero después de que Adriane se desmayara nos castigó con 20 más y aún faltaba media hora para que el maestro pudiera largarse por la puerta y dejarnos morir en santa paz.
—Haremos cuatro equipos, dos descansan mientras los otros juegan, es la final, su calificación está en riesgo —nos informó el entrenador una vez congregados a su alrededor.
Todos refutaron, algunos como Riley yacían en el suelo, cansados, acostumbrados a la señorita Angie que nos dejaba jugar en su clase a la víbora de la mar o quemados en casos verdaderamente agresivos. Era una dulzura de mujer, hasta su cabello rizado y pelirrojo parecía una dulce bola de azúcar morena.
—Sin excusas, soldados —maldito militar reprimido—. Bien, Sam, Louis, Eve, Oswaldo, son capitanes. Elijan, rápido.
Los ya nombrados éramos los unicos que permanecían en pie sin una aparente muerte cerebral, yo sentía el corazón en la garganta pero debía aguantar porque una calificación era una calificación.
Los cuatro nos miramos unos a otros, al ser la única chica Sam extendió el brazo en mi dirección.
—Primero las damas —cedió con una sonrisa que hizo sus rasgos parecidos en extremo a los de su rubito padre.
Qué caballeroso el niño, claro, eso sólo cuando le convenía.
—Vamos Riley —dije jalándola del suelo—. Debemos ganar —dije pujando intentado alzar su esbelto y moreno cuerpo del suelo de duela.
Mi amiga soltó un largo quejido y se paró con esfuerzo apoyando su peso en mi mano, se colocó a mi lado con los hombros hacia adelante y su camisa azul llena de una capa de agua salada hemanada por su propio cuerpo perdiendo todo el glamour y elegancia que tanto la caracterizaban.
—Alex —pidió Louis.
Al final de la elección cada equipo tenía a cinco integrantes. El mío estaba formado por la casi epiléptica Riley Flynn, Uris Romo que tenía un flacucho cuerpo moreno con ligeros músculos que él presumía como si fuera Sansón o Popeye pero a duras penas se marcaban bajo su playera escolar, Cindy Moon, una blanquísima pelirroja de sonrojadas pecas que estaba ahora tan roja como la superficie de Marte, Monique Evergreen, que mascaba una bola de chicle de cereza sin importarle lo que ocurría a su alrededor, y yo. Después de un juego al azar con una moneda en el aire fuimos seleccionados nosotros como primeros jugadores enfrentados contra el fuerte y resistente equipo de Louis. Sam y Oswaldo junto con su equipo salieron a las gradas a esperar al equipo perdedor, pudiendo descansar un poco, Ray casi sufre un paro cardiovascular después de saber que nosotros jugaríamos primero.
—Amiga, esto va más allá de los límites —exhaló.
—El límite no existe —le dije animándola.
—No es tiempo para clases de filosofía, Eve —de pronto se enderezó y abrió sus ojos marrones con sorpresa—. Demonios la tarea de filosofía.
Me acerqué al círculo de salto de la cancha que medía más o menos 28 de largo por 15 de ancho. Si lo analizabas, basketball no era tan malo como americano, podría aguantar otro poco jugando ¿qué podía salir mal?
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Evenings
General FictionUna autora de suspenso y aventura se une con una editora de novelas de misterio para desafiarse a sí mismas y transportar a los lectores a una ajetreada Manhattan, el fascinante mundo del teatro, los excesos, los adinerados colegios y... las más tri...
