IX Phoebe

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Phoebe

Trato de mantener la cordura, para no alarmar más a los chicos, pero es que esos sonidos y quejidos zumban en mis oídos como si fueran unas campanas enormes, pareciera que quieren meterse en mi mente y sacar a gritos el temor que me invade.

El lugar al que acabamos de entrar está muy frío, el suelo es de piedra y está húmedo, lo sé porque he puesto un pie en un charco que se formaba en un pequeño hoyo frente a mi.

Las paredes están hechas de ladrillos, parece que han pasado por ellos miles de terremotos porque hay varios muros en el suelo y grandes pedazos de roca esparcidos por todo el lugar.

La única luz que nos ilumina es la que emana del collar, ya que la linterna de Max se ha quedado sin pilas en un instante, él las acababa de cambiar, eran nuevas, hay como una energía que nos ha debilitado. Supongo que es la misma que ha dejado sin pilas la linterna. Detrás hay una lucesita flotando la vi desde que entramos. ¿Nos habrá seguido?. ¿Serán aquellas luciérnagas? Pero solo hay una esta vez.

—¡Diablos!. ¿Ahora que haremos? —dice Max angustiado—. La puerta no abre.

—Tendremos que buscar la manera de salir de aquí —suelto, con un tono de desesperación.

Escucho un susurro en mi oído izquierdo.

—Ponte el collar cariño—.

Reconocería esa voz en cualquier lugar aunque pasaran mil años.

—¿Mamá? —digo buscando a mi alrededor, pero lo único que logro ver es la supuesta luciérnaga que ha entrado con nosotros—. ¿Han oído eso chicos?.

Ambos niegan con la cabeza y de algún modo creo que debo hacer lo que me dice esa voz.

Los dos me observan como si hubiera enloquecido. Pero en esta situación en la que nos encontramos no son capaces de negarse a mi siguiente petición.

—Necesito que coloquen las manos en mis brazos como antes —les digo poniendome el collar con temor de que aquella silueta oscura vuelva a estar cerca.

Todo se apaga en un instante, la luz roja del collar parpadea un par de veces y se encienden varias antorchas a los costados de lo que creí que era una habitación, pero no es más que un pasadizo enorme, tiene unas escaleras que dan hasta un punto muy abajo y demasiado oscuro. Sobre unas rocas enormes hay algunos esfinges tenebrosos, con cuerpo de león y dos cabezas como de dragón.

Doy un salto cuando veo que hay una mujer de pie frente a mi, me intenta tocar pero sus manos me traspasan.

—Cálmate cariño, soy yo —me dice y los ojos de Max y Scarleth se abren de inmediato, entre asombro y temor.

Sus manos están pálidas y su rostro aún irradia ese brillo tenue que tenía la primera vez que la vi gracias al collar.

—Mamá. ¿Cómo has llegado hasta aquí? —le digo algo asustada y un tanto feliz de que este conmigo.

—Nunca has estado sola cariño —me dice mirando una de las antorchas que se mantienen colgadas en una de las paredes rocosas y llenas de limo.

Saca la antorcha del soporte de metal donde está colgada y camina un poco, se detiene luego de unos  pasos, voltea a verme, entre el llanto y los ruidos que aún siguen con la misma intensidad, me hace un gesto para que la siga.

—Chicos debemos seguirla, podemos confiar en ella —les digo dando un suspiro.

—¿Te has vuelto loca? —espeta Max exaltado—. La señora Jones murió, estuvimos en su funeral. Recuerdas.

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