XVII Phoebe

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Phoebe

Un frío intenso recorre mi cuerpo, la sangre que corre por mis venas comienza a notarlo cada vez más. Me recuerda aquella vez que jugaba en un lago congelado cerca de casa. Al pararme sobre el hielo no me percaté de que habían unas leves rajaduras en la superficie sólida. Mamá permanecía cerca en la orilla junto a un gran árbol de color caoba oscuro, me saludaba mientras patinaba, no tan bien en ese entonces. Cuando di un giro perdí el equilibrio y golpee con fuerza el hielo, quebrandose en varias secciones y una de mis piernas cayó en el agua. Fueron los cinco minutos más largos de toda mi vida.

Esa misma sensación es la que me invade y me hace cerrar los ojos involuntariamente. Al salir del portal el efecto helado desaparece por completo, tan rápido como llego. En su lugar una brisa caliente golpea mi rostro, me obliga a entrecerrar los ojos por el resplandor del sol sobre una colina rojisa que se alza frente a mi. Poco a poco siento como la temperatura comienza a elevarse. Esto no me agrada y me giro de inmediato buscando a los demás.

—¡Hola! ¡Donde están todos! —grito juntando ambas manos creando una especie de cilíndro como altavoz.

Luego que pasan alrededor de unos seis minutos en los que miro a todos lados en busca de alguna señal que me indique donde habran quedado los demás. Por fin veo una silueta aproximarse justo por la colina arenosa con el resplandor del sol impidiendome descifrar de quien se trata.

Al acercarse mas puedo ver que se trata de un hombre mayor con una espesa barba. Lleva una camisa gris, unos muy maltrechos pantalones de color chocolate y unas botas negras. Una especie de canasta cuelga de un pedazo de cuerda atada a su mano derecha. Dentro puedo ver que lleva algunas frutas como las que vi antes en el bosque de Hotir.

Su rostro me muestra lo avanzado de su edad y por su pelo canoso, con solo algunos pocos mechones negros, podría tener más de setenta años. Raramente no siento temor alguno cuando el hombre se me acerca con la mano izquierda en alto sujetando algo brillante. Una piedra verde, con una luz enceguesedora; aunque la luz de sol ya sea fuerte a esta hora de la mañana su brillo podría ser notado a una gran distancia.

Al estar a solo unos pocos pasos de mi se detiene y mueve su mano izquierda de arriba hacia abajo en un movimiento lento, como si estudiara todo mi ser.observo su rostro y me doy cuenta de algo que me deja paralizada. Está ciego.

—Disculpe. ¿Podría ayudarme? —digo tropezando con las palabras.

—Por supuesto niña —dice sonriendo y moviendo lentamente su mano en mi dirección llenando todo mi cuerpo de su cegador resplandor verdoso.

—Busco a unos amigos —pienso en la manera más razonable de eplicarle lo que ha sucedido y de donde vengo, pero es más que evidente que las personas de este lugar saben más de lo que creo—. Vengo de la cascada en Hotir.

Atravecé —continuó explicando lo sucedido, pero me detengo y me corrijo al instante—. Atravezamos un portal. Ahora no sé a donde ir y no tengo idea de donde están mamá, Max, Exus y Aneucys. —agacho la cabeza para evitar que aquel anciano pueda ver como los ojos se me inundan poco a poco de lágrimas por la impotencia que siento. Por no saber que hacer.

—No llores niña —musita y agita un poco la canasta—. Sigueme.

Luego de caminar por más de una hora llegamos a una especie de aldea cuyos límites estan firmemente marcados por paredes de piedras preciosas, las cuales se alzan un par de metros sobre nosotros. No son tan altos como los muros que habían camino a la cascada con sus símbolos extraños. En cambio estas murallas son una versión más colorida. El anciano me comentó que son impenetrables, de un material que recien hallaron en el planeta y que ya usan como escudo para detener en gran medida la fuerza de oscuros que merodean a diario.

Sobre el gran portón de la aldea, más bien la fortaleza, cuelga un artefacto con la forma de una caja de fusibles pequeña, la misma se gira en nuestra dirección con lentitud y con un pequeño , casi inaudible, sonido mecánico. Una voz grave retumba en dos parlantes, adheridos a unas columnas, que flanquean la entrada.

—¡Están cerca de un área protegida. En nombre de la Comarca Faberk indentifiquense!.

Parece que en este lugar no se andan con juegos en tema de seguridad y no es de extrañarse, pues con la amenaza que infunden los Norshoks en las distintas regiones del planeta, es casi imposible no estar alerta. Solo espero poder hallar a los demás pronto, pues no sé como debería actuar si me encuentro de frente con alguno de los oscuros. Aún tengo en mi memoria la imagen de aquellos tipos saliendo de la casa de Aneucys. Lucían tan humanos. Normales. Pero los que nos topamos en Okra eran distintos. Pude ver el fuego oscuro ondear en sus ojos huecos, sus cuerpos dejaban el lado humano atrás y se convertían en bestias terroríficas que solo tenían un objetivo, destruirnos.

—Soy Marcos II, nieto de Marcos I, hijo de Theur Lossan, y hermano de Keith Lossan —dice el anciano con un increíble tono majestuoso. El corazón se me acelera de inmediato—. Vengo con la elegida —esto último me hizo levantar la vista y mirar a la cámara sobre nosotros.

¿La elegida?. Cómo es que este hombre se ha dado cuenta de lo que soy, o de lo que al menos me han dicho que soy. Parpadeo rápidamente y repito en voz baja las últimas palabras de Marcos. Hermano de Keith. Ahora comprendo. Es un Visión, justo como lo era Keith. Su hermano. Las piernas me fallan un instante pero me sujeto con firmeza de una de las pilastras; Marcos parece ignorar mi pequeño movimiento tambaleante, o eso creo yo.

Siento el calor de la arenilla naranja bajo mis pies y el abrasador sol que amenaza con cocernos vivos, sin sombra alguna para refugiarse. En Hotir el clima era más frío, más agradable. Esta es sin duda un área de Aaden que ha sido agobiada y arrasada constantemente por el peso de la guerra. Dejando unicamente un ambiente árido y desértico, sin árboles y mucho menos alguna señal de riachuelos. Lo único que queda como muestra de que alguna vez hubo vida en este sitio son grandes troncos con ramas secas que proyectan sombras semejantes a enormes garras bajo la luz del sol.

Escucho los engranes de la puerta vibrando y rodando uno sobre otro, dejando ver cada vez más el interior de la aldea.

Estructuras perfectamente ubicadas se entrelazan y danzan en torno a una gran plaza. A mi derecha una muchedumbre recorre las calles, personas normales a simple vista, envueltas en su afan por obtener víveres y prendas de muchisimos colores que cuelgan debajo de varias toldas de colores tenues. Es un mercado. A mi izquierda veo algo que me deja anonadada. Una fuente plantada en medio de la plaza vierte a borbotones agua de un tono azul muy vivo. Dentro del agua, pequeñas piedresillas resplandecen llamando la atención de varios de los presentes en la plaza, en gran medida niños. Cada uno posee una piedra colgando de su muñeca como un brazalete. A su corta edad ya son portadores de poderes inimaginables. Algunos corren alrededor de nosotros, otros introducen sus manos dentro de la fuente colorida.

Sentada en la fuente también hay una chica, mayor a los otros niños. Sumerge una mano en la fuente y al sacarla puedo ver el brazalete adherido a su muñeca de un tono negro metálico. Vuelve a meter la mano y un vapor emerge de la fuente perdiendose en el aire.

—Es una volcano —dice Marcos sonriendo, sabe perfectamente como esto me llena de preguntas—. Es de la familia Zian; su casa está allá en las colinas junto con las otras familias de guerreros —dice señalando más aya de varios edificios. Sobre unas colinas, al final y aún protegida por los muros, se encuentra una serie de casas de madera.

Lo miro y asiento unicamente. Espero a que prosiga.

—Son las casas de las familias guerreras. Los combatientes que día a día entrenan en este lugar a la espera de destruir con sus tácticas al ejército oscuro que reagrupa sus tropas al norte de la comarca.

Este lugar es un laberinto. Una fortaleza llena de personas con poderes que aún son un secreto para mi. Mis piernas me flaquean y antes de caer al suelo unas manos fuertes me toman por los brazos y me mantienen un instante con la cabeza hacia atras. Solo puedo apreciar un rostro muy blanco, casi fantasmal y sonriente.

—¿Es costumbre en su planeta tirarse despalda a las demás personas, señorita Phoebe? —pregunta con tono elegante—. Mi nombre es Ray.

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