Libertad.

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Ya casi podía saborear el dulce sabor de la libertad. ¡Hoy era mi último día de castigo! Por fin, podría volver a usar mi móvil, salir por ahí y ya sabéis... Básicamente, eso que llaman vivir.

- Vamos, cariño. - Mi padre, ya no estaba tan molesto conmigo, incluso diría que estos días parecía contento.

Como he estado haciendo durante las dos últimas semanas, acompañé a mi padre a la comisaría.
Ya había podido comprobar, que el detective Reed, solía llegar un poco más tarde que él.
Todos los días, pasaba un par de horas en el ordenador, después cuando Gavin llegaba, nos tomábamos un café juntos. Estaba acostumbrándome a su extraño sentido del humor, ya no me parecía tan gilipollas como me solía parecer. Estaba aprendiendo a disfrutar de su compañía.
Cuando llegó, le avisé a mi padre de que me iba a desayunar, pero en realidad quería hablar con Gavin. Escaparme para "tomar café" ya era una costumbre.

- Buenos días, detective Reed. - Me acerqué a la cafetera y me serví un café.

- Hola, Hannah. - Me sonrió amablemente y se sirvió su taza de café.

- Hoy es mi último día castigada, lo cual significa, que no vamos a vernos más. ¿A quién vas a molestar ahora? - Bromeé divertida.

El detective me miró con un atisbo de tristeza en su mirada, pero enseguida se enderezó fingiendo que le daba igual.

- Realmente voy a echarte de menos. Eres la única persona que me agrada de toda la maldita oficina. - Bebió nervioso de su café.

- Yo también le echaré de menos, detective. - No podía negarlo, me gustaba Gavin. Aunque en el fondo sabía que por mucha broma que me gastase, era imposible que entre nosotros dos pasase algo. A parte de que era mayor que yo, mi padre le mataría si intentase algo conmigo. Pero no podía evitar cogerle cariño.

- Espero volver a verte algún día. - Confesé avergonzada.

- Ya sabes donde estoy... Ven aquí, dame un abrazo. - Su tono era más relajado de lo normal.

Me acerqué a él y dejé que me estrechase entre sus brazos. Ojalá aquel abrazo hubiese durado más.
Me separé lentamente de él, deseando que volviese a abrazarme, pero en vez de eso, cogió su café, lo tiró a la papelera y caminó hasta llegar a su mesa.

Hice lo mismo y volví con mi padre.
Encendí de nuevo el ordenador y seguí navegando por la red. Aproveché para ver una película, era tan bonita que acabé llorando. Me moría de la vergüenza. Me sequé rápidamente las lágrimas y agaché la cabeza, rezando para que nadie se diese cuenta del escándalo que había montado.

-¿Qué te pasa, hija? - Mi padre me preguntó preocupado.

- Nada, papá. Es que acabo de ver una película y me ha gustado mucho. - Me reí por que me di cuenta de lo ridículo que estaba siendo aquello.

Iba a apagar el ordenador cuando me llegó un mensaje al correo electrónico.

-¿Estás bien? Si necesitas hablar, sabes que puedes contar conmigo. Nos vemos en los baños.

Era de Gavin.

- Estoy bien ja, ja. He visto una película que me ha gustado mucho. Todo está bien, gracias por preocuparte.

Levanté la vista para comprobar que él miraba a la pantalla de su ordenador sonriendo. Gavin alzó la vista y nuestras miradas se cruzaron durante unos segundos, los dos sonreímos.

- ¿Por qué no te vas ya a casa? Así sacas a pasear a Sumo.

- ¿Eso significa que ya no estoy castigada? - Pregunté emocionada.

Mi padre frunció el ceño y apretó la mandíbula, fingiendo estar enfadado, pero su expresión cambió y me sonrió con ternura.

- Sí, puedes irte ya, pero no hagas que me arrepienta. Tú móvil está en el cajón de mi mesilla.

- No lo haré, seré la mejor hija del mundo. ¡Te quiero, papi! - Me levanté de la silla y le abracé para después besarle en la mejilla.

Mi padre rio divertido y me devolvió el abrazo.
Recogí mis cosas y fui prácticamente corriendo a la salida.
Llegué a casa y saqué a pasear a Sumo, cuando me di cuenta de que me había dejado el ordenador encendido.
Gavin y yo habíamos estado chateando, lo cual significaba, que mi padre podía descubrir aquella peculiar amistad que el detective y yo manteníamos.

Detective Reed. Donde viven las historias. Descúbrelo ahora