«Y todos los caminos que tenemos que caminar son sinuosos. Y todas las luces que nos guían nos están cegando. Hay muchas cosas que me gustaria decirte y no sé cómo»
«En tu miedo, sólo buscas la paz. En su miedo, buscas sólo amor»
«Nada me...
A medida que Steve iba conociendo cada faceta de María Stark se impresionaba a él mismo el hecho de que cada una de ellas le gustara.
Cuando estaba enojada; lo peligrosa que se veía.
Cuando estaba feliz, nerviosa y animada; lo tierna y linda, y su inigualable sonrisa que resalta más que el sol por las mañanas.
Cuando estaba enojada; lo peligrosa y decidida, lo temerosa y segura de sí misma.
Es curioso cómo a veces se puede llegar a ser tan inocentemente cruel.
Estaba entrando en terreno peligroso y lo sabía. Una de las razones para ir a Washington es para tratar de olvidarla cueste lo que cueste, que tal vez no verla todos los días ayudaría a dejar de pensar en ella. Todo lo hacia por el bien de la chica. Era consciente que no habría un futuro para los dos si no superara sus propios demonios; su pasado.
Y es que Peggy aparecía constantemente y lo hacia más difícil. Se encontraba en un callejón sin salida. No quería lastimar a la dulce y temeraria chica de encantadores ojos verdes un poco oscuros y sonrisa que le trajo luz nuevamente a su vida.
En éstos momentos mientras caminaban lado a lado por el muelle en un silencio cómodo Steve le daba una que otra mirada a la chica de vez en cuando ya que ella estaba distraída mirando el agua y cielo, traía la chaqueta de el Capitán colocada ya que hacía frío.
Steve pensó en cuanto la extrañaría pero, tenía que hacerlo.
María se detuvo al igual que el rubio poniendo las manos en la baranda del muelle.
—Entonces, ¿Que es lo que quieres hablar conmigo?—lo miró y él sólo se fijaba en el atardecer.
Segundos después.—Iré a Washington—soltó sin rodeos mirándola.
Ella alzó las cejas y apretó los labios, luego chasqueó su lengua fijando la mirada en el bello atardecer.
—Buena decisión, te necesitan en otras partes, en entendible—dijo regresando su vista a él para luego posarla en el agua viendo cómo pequeñas olas se desplazaban a lo lejos.
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—¿Cuándo?.
—Dos semanas—murmuró sin apartar la vista de ella.
—Ok—susurró débilmente. Aunque el que él se fuera dolería, tal vez sería lo correcto.
—María ¿Puedes mirarme?—pidió en un murmuro y acercándose un poco más a ella.
María levantó la vista y la posó en los orbes de Steve.
—Lo lamento, es que Nat y Clint también se irán, y pues, los extrañaré—excusó encogiéndose de hombros.
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