Capítulo 4 - Hermanos

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Stella... 

 —Nunca me agradó —aclaró él. Le dediqué una sonrisa de lado, incapaz de disimular la sorpresa; no esperaba ese comentario.

—A papá tampoco —agregué, recordando a Tony y el desagrado evidente que siempre había sentido por Loki. El hombre hizo un pequeño gesto, apenas perceptible, parecido a una sonrisa... o eso creí.
—Gracias, Fury —dije antes de que se diera la vuelta para irse. Gracias por hablar conmigo; ni yo sabía cuánto lo necesitaba.

Fue extraño. De todas las personas que había en el lugar, jamás habría imaginado terminar teniendo una charla con Nick Fury.

Me quedé varios minutos sentada en el suelo, con las rodillas recogidas y la vista perdida, repasando cada palabra de la conversación. No debí decir eso, me reclamé. Había sido muy dura. Debería aprender a cerrar la boca.

Al ponerme de pie, mis piernas temblaron un poco. Caminé hacia la ventana y apoyé la mano en el vidrio frío mientras observaba a todos afuera. Con qué descaro Strange estaba ahí, volví a repetirme, sintiendo cómo la molestia me ardía bajo la piel. Pero no podía seguir así; Fury tenía razón. No podía vivir en ese constante estado de ira, como si el aire mismo me raspara los pulmones. Respiré hondo, dejando que la luz del día me bañara el rostro, y me aparté de la ventana. A pesar de todo, era un día soleado. Podría ir a la ciudad, ver el caos después de que millones de personas regresaran, intentar ayudar en lo que pudiera. Tal vez serviría para despejarme y olvidarme un poco de lo que estaba ocurriendo afuera. Sí... eso haría.

Me disponía a salir de mi habitación cuando abrí la puerta... y la cerré enseguida, casi de un portazo. Me quedé quieta, con la mano aún en el picaporte, escuchando. No es cierto, murmuré para mí misma. Todos los que estaban afuera ahora estaban entrando a la casa. Las voces se mezclaban en un murmullo creciente; reconocía algunas, otras no. ¡Rayos! No estaba lista, no me sentía preparada para enfrentarlos. Solo me quedaba quedarme ahí y esperar.

Antes de despegarme de la puerta, por un segundo, escuché la voz de Peter. El corazón se me estrujó tan fuerte que me dolió. Deseaba abrazarlo... tanto. Pero ¿qué diría él? ¿Estaría molesto? ¿Qué pensaría al ver mi rostro así, tan cansado, tan roto? No, definitivamente me quedaría en mi habitación. Un par de días más antes de hablar con ellos. Solo uno o dos... supongo.

Para que el tiempo pasara más rápido, comencé a acomodar algunas cosas. No había demasiado que ordenar, pero al menos mantenía mi mente ocupada. Empecé por guardar la ropa usada en la batalla. Tal vez debería tirarla, pensé un segundo, pero desistí.

Me estiré despacio para alcanzar una caja que estaba sobre el clóset; ahí guardaría todo e intentaría olvidarme de él, de cómo obtuve ese traje y de cómo alguna vez tuve poderes tan grandiosos. Al tomar la caja, una corriente recorrió todo mi brazo, contrayendo el músculo y haciendo que la soltara. Cayó al suelo con un golpe seco.
—¡Mierda! —exclamé, frotándome el brazo mientras el dolor punzante se extendía hasta el hombro. Supongo que los demás también están así, pensé con amargura. Las heridas de la batalla aún no sanaban del todo.

Me agaché para recoger la caja, pero entonces escuché pasos subiendo las escaleras. Me quedé paralizada, con los dedos suspendidos en el aire. ¿Quién sería?

Me puse de pie con rapidez y me apoyé detrás de la puerta, pegando la oreja contra ella. Los pasos se acercaban... directos hacia mi habitación. Me separé de inmediato, con el pulso acelerándose, y esperé. ¿Quién podrá ser?

Pasaron unos segundos. Nada. Silencio.
Tal vez es Morgan yendo a su habitación.
No. Morgan es pequeñita. Sus pisadas no sonarían así... entonces ¿quién?

PROTEGIDA Parte TresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora