¡Sumérgete en el fascinante mundo de Fhender y déjate llevar por una aventura inolvidable!
En esta apasionante novela, conocerás a Milton, un joven huérfano que se embarcará en un viaje lleno de misterios y descubrimientos asombrosos. A medida que d...
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A'ala. Sur de Noinor. Gotas de sudor recorren las entramadas muecas que abren paso a la proyección de valientes almas, dispuestas a perderse en el todo. Aclimatan la dicha, gritos, miradas, banderas, el aire. La sed. El tiempo es escaso; los tumbados en el suelo, regocijando su propio daño, reciben las bendiciones de un camino que promete el perdón. Los aleja del dolor, del sufrimiento. Los alaridos resultan resonar de punta a punta, atravesando el campo ensangrentado; el avance parece inevitable.
—¡A tomar el fuerte! —decía una voz masculina y adulta—. Preparen las sogas —indicando a su grupo a cargo, mientras arremetía contra un soldado plateado—. ¡Es nuestro!
—Señor —la voz firme de Aphela imponía su presencia—. En cualquier momento los Blitchs comenzarán a llevar noticias a Noinor.
—Eso no nos importa en este momento querida —respondía un tanto soberbio y sin mirarla a los ojos—. No llegaría el refuerzo ni en seis días —daba muerte con su espada a un soldado que intentaba huir cuerpo tierra.
—Es que... Cuanto más tiempo retrasemos la obtención de información por parte de Taniel; más tiempo tendremos para ayudar a quienes se queden a reconstruir las defensas.
—¡Fuego! —unas cuantas voces repetían la misma palabra e instantáneamente volaban por los aires materiales pesados, de todo tipo; impactando directamente contra el fuerte y quienes lo defendían.
—Señor... ¿Puedo pedir que retiren el ataque de las catapultas? Ya hay agujeros en toda la muralla...
—¡Basta ya! —reaccionaba violentamente callando a la mujer—. Estamos en el momento culmine; seguí el plan.
Luego de escuchar estas palabras, marchó maldiciendo hasta encontrar a Zies que parecía estar disfrutando del enfrentamiento con los soldados. Su habilidad era única; danzaba de un lugar a otro mareando a sus oponentes, y cuando encontraba la falla en estos, atacaba violentamente. Aphela se acercaba a su compañera entre espadas, sangre y gritos. Su armadura estaba sin un rasguño pero con rastros de un combate que parecía finalizar.
—Hermana —llamaba a Zies haciéndose con el brazo de un enemigo—. Mirá —señalando las torres del fuerte—. Ya no hay resistencia —mientras hablaba las catapultas seguían arremetiendo contra las estructuras. Las flechas que antes volaban hacia el campo de batalla, habían desaparecido. Las puertas del fuerte habían sido derrumbadas por la fuerza de unos cuantos arietes; y ahora atravesaban la muralla, eufóricos con sus armas en el aire, Orwen junto a centenares de soldados.
—Eso si es bueno... —mientras bebía de su cantimplora—. Fue buena idea comenzar el ataque por la noche —hacía una pausa controlando su exaltación—. Con estas temperaturas hubiéramos muerto deshidratados —notando que Aphela no le prestaba atención—. ¿Qué ocurre?
La mirada de ambas muchachas estaba puesta en los soldados, que siguiendo las órdenes de Alrand, comenzaban a trepar la muralla. Los pocos enemigos que quedaban en el campo de batalla, se dejaban caer sobre sus rodillas esperando a que quien esté al mando, tome una decisión: aceptar prisioneros o eliminarlos.