Epílogo

75 13 27
                                    


—Ahija ¿Puedo pasar? —la presencia de y voz de Taniel, incomodaban a la mujer que haciendo su mejor esfuerzo disimulaba su malestar.

—Sí —dijo algo nerviosa—. ¿A qué debo esta visita? —haciendo un gesto de bienvenida.

Su casa estaba repleta de vida. Rondaban por ella distintos tipos de animales, flores, plantas y telas de colores. Contaba con tres pisos, y multitud de habitaciones. El aroma a incienso, tan típico de la mujer, se pegaba a todo mueble o ser viviente que visitase su morada. Taniel recorría la casa observando cuadros y demás adornos, que Ahija colgaba sobre sus paredes.

—¿Un trago de ron? —preguntaba ella dirigiéndose hacia unas escaleras.

—Como si me hubieses leído la mente —contestaba irónicamente—. O visto mi futuro —mirándola con rigidez. Luego, al ver que la mujer comenzaba a subir los escalones volvía a hablar en un tono más ameno—. Y cuando vuelvas contame dónde anda el pequeño que no lo escucho por acá...


—¿Cómo se encuentra? ¿Qué fue lo que pasó? —decía agitado Bori.


—¿Qué hacés acá te preguntás? —decía Taniel mostrándose compasivo—. Este es tu lugar, donde pertenecés... Aquí —hacía una pausa y tocaba a Pseu—. Aquí naciste. Este es tu hogar.

—Pero... yo soy —atónito.

—Huérfano, sí —volteaba para verlo—. O quizá, eso te dijeron.



—Respira... pero está inconsciente —respondía Oriana intentando que su voz no se quiebre—. Y está muy débil —llevando sus manos a su cara.

—Detuvo un derrumbe provocado por Taniel —hablaba con firmeza Aneg—. Dio la vida por muchos. Pase lo que pase, será recordado por lo que es...

—...¿Un estúpido? —interrumpía Germanus bruscamente.

—¡Germanus! —decía Oriana intentando callarlo.

—No tenía que hacer eso —volvía a hablar el hombre—. No tenía que sacrificarse, no les debía nada —repetía bajando su tono mientras tomaba asiento cerca la cama—. No les debía nada.

—Será recordado como un Mythier —concluyó la frase Aneg y salió de la habitación cerrando la puerta.



La calle estaba vacía, el único ruido que se escuchaba era el de la lluvia. Estando cerca de llegar, observó una casa que atrapó su atención. Por la neblina, no le era posible hacer una buena descripción; pero al parecer era una edificación alta. Milton no dejaba de caminar, aunque si disminuía la velocidad al ver que una mujer se acercaba al balcón, que resultaba tener el piso más alto. Ella miraba adelante y atrás, encorvada, como si desconfiase de algo; acercándose cada vez más a la reja del palco. No lo veía, mantenía su mirada suspendida en el aire. Fue entonces que el joven decidió acercarse; tenía la sensación de que aquella mujer necesitaba ayuda. Parecía asustada, como escapando de algo, o alguien. Pero para cuando Milton salió de la vereda para hablar con ella, la mujer saltó del balcón. Milton corrió al medio de la calle para buscarla y dar aviso a alguna ambulancia, pero para su sorpresa, ella ya no estaba allí.




—¿Cómo es posible que no haya sido aplastado por el muro? —preguntaba nuevamente Bori.



—Rigal —con su tono quitaba la sonrisa de la cara de su maestro—. Mis visiones volvieron. Necesito que me ayudes a controlarlas —no hacía falta conocerlo para saber que estaba asustado.

—¿Qué fue lo que viste?

—No lo sé... Pero estabas ahí —decía perturbado, sin mirar a nada en concreto. Intentando recordar—. ¿Podés ayudarme?

Fhender: La rebelión de los Vahianer ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora