¡Sumérgete en el fascinante mundo de Fhender y déjate llevar por una aventura inolvidable!
En esta apasionante novela, conocerás a Milton, un joven huérfano que se embarcará en un viaje lleno de misterios y descubrimientos asombrosos. A medida que d...
En las juntas que los comandantes Vahianer habían hecho días anteriores, con el objetivo de diseñar tácticas y ordenarse de la mejor manera posible; habían estudiado que posibilidades tenían, si Taniel tomaba participación en el campo de batalla. No sabían con certeza en que momento, pero eventualmente sucedería, y debían estar preparados para ello. Habían acordado, que su mejor posibilidad era atacarlo con flechas en el mismo instante en que se presente. No eran tan inocentes como para creer que alguna de esas flechas acabaría con su vida; pero si depositaban su fe, en que de esa manera lograrían ahuyentarlo. Por lo menos, algún tiempo. Así fue, que al enterarse de la presencia del rey, Teilan ordenó atacar incesantemente. Resultaba difícil para los arqueros encontrar una posición en la que estuviesen a salvo de las rocas; pero el comandante bien sabía, que era el momento justo para una ofensiva. Por eso fue, que redistribuyendo a sus soldados, decía las siguientes palabras:
—¡Todo lo que tengan al mismo objetivo, Taniel! ¡Nunca pierdan de vista el cielo, las catapultas no dejan de lanzar! ¡Si es necesario, disparen y cambien de posición!
Esta vez Teilan optó por dar la orden con sus acciones, y no con sus palabras. Aquel hombre, agarró su arco haciéndose lugar hasta conseguir la vista que necesitaba. Miró a sus arqueros y disparó la primera flecha. Esta cayó cercana a los pies del rey. Fhender, aprovechando que la lluvia de flechas le daría tiempo, corrió hasta encontrarse con Aneg. Germanus lo siguió, observando con cierto rechazo a la mayoría de los soldados allí presentes, que en ocasiones anteriores habían vociferado contra el Mythier. Los ojos de Oriana brillaron al notar que sus dos amigos se encontraban bien; aunque sabía, que la guerra recién estaba comenzando.
—Comandante —decía el joven al encontrarse cerca de Aneg—. ¿De qué manera puedo ayudar?
—Justo a tiempo tu llegada —devolviendo una sonrisa—. Necesitamos que esas catapultas dejen de molestarnos; nuestros arqueros son vitales en nuestra formación... ¿Podrás encargarte?
—Lo intentaré —respondía pensativo—. Además, creo que así conseguiré la atención de Taniel —echaba una mirada Oriana que se encontraba algunas filas atrás y volteaba.
—Fhender —decía Aneg esperando a que el joven volteara—. Ten cuidado.
Germanus daba unos golpecitos en el hombro del Mythier, y así nuevamente se separaban. Ahora la comandante hacía señas para que se acercara el guerrero y con cierto apuro decía:
—Necesito que te reúnas con el equipo rápido adentro. Me informaron que algunas tropas de Taniel rodearon el castillo ¿Podrás hacerlo?
Germanus sabía que esa pregunta era una orden encubierta de tacto, y aunque él se había quejado por no poder estar en el campo de batalla, aceptaba lo que Aneg pedía.
El rey permanecía anonadado por lo que acababa de ver. En su cabeza, el joven no era más que un niño asustado; pero ahora, ante sus ojos, parecía un Mythier entrenado. Taniel no podía entender, como después de todo lo que le había hecho, Fhender se encontrara de pie y más aún, ofreciendo resistencia. No solo sentía deshonra, sino también enojo. Luego de la primera flecha que cayó entre sus piernas, observó que en la altura, venían unas cuantas más a su búsqueda. Elevando sus labios y manteniendo la mirada caída, decidió desaparecer. El destello asustó a algunos de sus soldados, y en fracción de segundos, Taniel se encontraba sobre el muro de escombros. Miró a su ejército y gritó:
—¡Acaben con todos!
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Inmediatamente las palabras del rey se perdieron entre las voces de sus soldados y los pasos de los gapers. En ese momento, en el que veía sus tropas partir rumbo al enfrentamiento; vislumbró a Fhender, montado a su mascota, dirigirse hacia las máquinas de guerra.
Cuando comenzaba a hacerse presente el ruido de aceros en el campo, el joven ya se encontraba cerca de su objetivo. Para su suerte, solo quedaban dos catapultas en funcionamiento, que se encontraban rodeadas por una especie de barricada. Nula resultó tal defensa ante el joven, ya que con un salto de su bestia, lograron sobrepasarla. Al caer, el rugido del animal espantó a unos cuantos artilleros que salieron corriendo abandonando sus puestos de batalla. Los pocos que quedaban, terminaron siguiendo el camino de los primeros al ver a Fhender; quien con solo unos movimientos de mano, derribaba una catapulta. Habiéndose bajado ya de su mascota, comenzaba a acercarse a la máquina restante, cuando su atención fue absorbida por una pequeña doble hacha que volaba hacia él. Con absoluta destreza, sacó a lucir su báculo, redirigiendo aquel proyectil lejos de su cuerpo. La velocidad, y lo correcto del movimiento, traía a su mente infinitos recuerdos de entrenamientos; pero el más reciente, se trataba de un ejercicio que realizaba con Rus: escondido entre los árboles, arrojaba nueces al joven con gran velocidad. A menudo Fhender se quejaba, expresando que aquel proyectil, era demasiado pequeño como para embestirlo con su báculo; sumado a eso, la cáscara de la nuez, era dura, por lo que al golpearlo y escuchar las risas de Rus, aumentaba su irritación y enojo. Ahora que eso formaba parte del pasado, reprimía la pequeña sonrisa que se le había generado y observaba al único oponente que se interponía entre él y la catapulta.
—Supongo —hablaba Jeik de manera soberbia—. Que tengo enfrente al nuevo Mythier... —sacando un hacha y rascándose el mentón con la misma—. No me dan miedo los magos —inmediatamente luego de terminar la frase arrojó su arma.
Nuevamente, el joven demostró su habilidad con el báculo; pero no fue capaz de ver que una segunda hacha volaba a su derecha. El gemido de su animal y la sonrisa del enemigo, hicieron voltear a Fhender. Rápidamente observó que en la hombrera metálica de su compañera, se encontraba un hacha incrustada. Sin detenerse a analizar el daño ocasionado, volvió su mirada a Jeik. Pocas veces había sentido tanto odio en su cuerpo. Su contrincante ahora sacaba una espada, pero lo que no sabía, era que el combate terminaría en ese mismo instante. Antes de que Jeik de el primer paso, la tierra lo succionó. Sus gritos volvieron segundos después, cuando Fhender elevó sus brazos haciendo que la tierra lo expulse. Flexionando sus rodillas, y con un golpe de cadera, disparó al enemigo sobre la catapulta, destrozando unas cuantas maderas. El joven permaneció en la misma posición hasta notar, que quien se encontraba debajo de unas cuantas tablas, ya no se moviera.
—Debiste usar las marcas —agitado, pensaba en voz alta.
Corriendo, intentó tranquilizar al animal acariciándole la cabeza y de un tirón sacó el hacha.
—Ya va a pasar —le decía luego de escuchar su gemido de dolor—. Ya estás bien —decía observando que la herida no era suficientemente profunda—. La armadura hizo bien su trabajo... —sus palabras dejaron de salir en el momento en que sus oídos le advirtieron que no estaban solos.
Giró lentamente, y como se imaginaba, ahora Taniel se encontraba allí.
NicoAGarcía
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