Capítulo 16: La espera (parte IV)

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En los siguientes días, Bori practicó su destreza tanto con arco como con espada

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En los siguientes días, Bori practicó su destreza tanto con arco como con espada. Normalmente no usaba esta última, pero en caso de necesidad nunca estaba de más. Desarrolló una buena relación con Teilan y otros muchos arqueros con los que compartiría sector. Un buen tiempo después, quien estaba a cargo asignó a Bori el sector más importante, el frente donde se encontraba la entrada. Desde la altura de la muralla, haría que cada una de sus flechas cuente.
Además de su entrenamiento, tenía tareas como afilar flechas y reparar arcos. Habían dejado cajones a lo largo de la muralla repletos de flechas y espadas, para que nada más que valor sea necesario allí en arriba. Por lo que había hablado con Teilan, no habría flechas de fuego pero sí arpones. Estos se encontraban en las torres de la muralla y su función era atacar directamente a las máquinas de guerra hasta destruirlas. Manejar un arpón no era trabajo de un arquero, sino más bien de un mecánico o artesano; por eso es que Bori estaba de acuerdo en no tener que manejarlas.

Germanus junto al "equipo rápido" practicaban las técnicas y planes que en teoría debían dar una ventaja a su favor. Al ser un grupo reducido de alrededor de cien soldados, no tenían un líder; aunque Germanus solía notar que el voto de algunos condicionaba a otros. Aun así, algunas de sus ideas pudieron ser tratadas en reuniones y finalmente aceptadas.
Este grupo a su vez se subdividía hasta quedar en pequeñas unidades, con una tarea específica y compartiendo una tarea u objetivo general: el control interno.

Oriana junto a algunos otros guerreros experimentados, preparaban y entrenaban a aquellos novatos que nunca antes habían tenido un enfrentamiento. Para su suerte, no eran tantos los inexpertos; pero aun así era necesario dedicarles tiempo.
Los guerreros de campo no estarían dispersos. Su única posición era el frente donde se encontraba la entrada. Este grupo era el más numeroso y el apodado pulmón defensivo, ya que sin ellos la guerra estaba perdida.
Por la cantidad de voces, resultaba el grupo más complicado de dirigir; por ende, el grupo al que las ordenes debían llegar sin réplica alguna.
Los guerreros de campo estaban divididos en tres estilos de combate: los lanceros, que con sus escudos y sus lanzas mantendrían la línea defensiva, los montados, que con sus espadas arrastrarían al enemigo haciéndolo retroceder y por último los soldados a pie, representando la ofensiva final. Baklo lideraba a los lanceros, Alrand a los montados y Aneg a los últimos. Dada la orden, los tres grupos se encontrarían combatiendo codo a codo en el campo de batalla.

Bori, Germanus y Oriana compartían poco tiempo juntos, ya que sus entrenamientos y deberes iban por lados separados; pero aunque cada sector mantenía su individualidad, eventualmente lucharían a la par. Las tácticas de cada grupo de combate hacían sinergia con otro, por eso, mantener el orden y la compostura de cada uno, era esencial para ganar la guerra.

Así como sus compañeros, Fhender también se preparaba. Entrenaba duro día y noche, leía libros que Rus le recomendaba y meditaba. También practicaba mantener el equilibrio montando a su animal, ya que según el maestro, eso le daría ventajas en un futuro. Además, el animal estaba entrando en su etapa adulta y su cuerpo estaba desarrollado casi por completo. Rus decidía con certeza de que clase de bestia se trataba, pero aseguraba no haber visto una igual en su vida.
Todas las noches, después de su entrenamiento, pensaba en sus amigos y deseaba que estén bien. Solía tener pesadillas y despertarse creyendo que había traicionado a los Vahianer; atribuía estos pesares, a los escritos que leía pertenecientes a Rigal.
Aunque deseaba estar con Bori, Germanus y Oriana, agradecía haber seguido su corazonada y encontrarse aprendiendo de Rus. No solo había mejorado y desarrollado nuevas habilidades en combate; sino también había entendido que posición debía tomar en la guerra.

—...No serviría de nada que corrieses por el campo de batalla derribando algunos enemigos —decía Rus mientras Fhender hacia flexiones de brazos.

—¿Y entonces que haré? —preguntaba con voz forzada mientras hacía las últimas flexiones.

—Veras —rascando su espalda—. Los Mythiers en la antigüedad se agrupaban para seccionar su poder y así cumplir objetivos —observando al joven que ahora que había terminado se recostaba sobre el suelo a escuchar al maestro—. Unos defendían a sus aliados, otros atacaban... Ahora —poniendo énfasis en sus palabras—. Solo quedan dos Mythiers.

—¿Y entonces? —agitado.

—Lo que quiero que entiendas —como si no lo hubiese escuchado—. Es que tu mente, al igual que la de Taniel estará pensando en defender y atacar a la vez. Eso generará un cansancio —dando golpecitos en su mentón—. Por eso, él no debelará su ubicación hasta que lo considere necesario... Creo que deberías hacer lo mismo.

—¿Atacar desde las sombras? —preguntaba confundido el joven.

—Una vez él rastreé tu ubicación —volviendo a esquivar su pregunta—. Intentará atacarte —extendiéndole la mano al joven para que se levante—. Esperemos que nuestro entrenamiento de los frutos necesarios.


El joven solía encontrar algunos parentescos entre Rigal y Rus. Compartían frases, modos de pensar y un extraño aprecio hacia él. Con el tiempo, al igual que con su primer maestro, Rus pasó a ser algo más que puras enseñanzas; Fhender intentó unas cuantas veces llegar a diálogos profundos pero siempre fracasaba en el intento. Aquel hombre se negaba a hablar de Rigal, o lo que había pasado en aquella guerra donde Taniel lo había destruido todo.
A veces Fhender creía haberse convertido en la única esperanza de Rus; aunque este no lo demostrase.
Sin importarle de que manera, la relación entre ellos había sido creada y aunque todavía el joven no podía llamarlo amigo, le había prometido volver a verlo luego de la guerra.

—¿Llevás todo? —preguntaba el maestro saliendo de la casa.

Fhender hacia algunas maniobras para subirse a su mascota mientras reía. No podía creer lo rápido que habían pasado los días, y aunque le hubiese gustado quedarse allí, aceptaba lo que sucedía.

—Pienso volver por el resto —sonriendo y guardando su bastón en su espalda.

—Espero volver a verte —se acercaba hablándole al animal—. Y que estas armaduras te protejan —las cuatro patas se encontraban cubiertas con pecheras, al igual que los costados de su lomo.

—¿Qué harás ahora Rus? —preguntaba viéndolo a los ojos.

—Te daré algo de tiempo entreteniéndome con el ejercito que está transitando por mi bosque —dando unos golpecitos en el hombro de Fhender decía—. Espero que tengas suerte... La espera terminó.


NicoAGarcía

NicoAGarcía

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Fhender: La rebelión de los Vahianer ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora