¡Sumérgete en el fascinante mundo de Fhender y déjate llevar por una aventura inolvidable!
En esta apasionante novela, conocerás a Milton, un joven huérfano que se embarcará en un viaje lleno de misterios y descubrimientos asombrosos. A medida que d...
—¡Yo no me dirijo a ninguna parte! —decía Germanus sin poder contenerse, tomando lugar en la conversación. Una mirada extraña mesclada con una pizca de humor le era devuelta por parte de los presentes, ante la inevitable contradicción en la que estaba cayendo.
—¿No pretenderás que nos tiremos al agua verdad? —hablaba Bori haciendo uso de la situación que se había generado.
—Disculpe —surgía voz que no había sonado aún—. ¿Puede decirnos por qué nos ha ayudado?
En ese breve instante, Bori, Oriana y quien se encontraba todavía ofendido por haber sido burlado; notaron algo especial en las palabras de Fhender. Como si hubiese sido capaz, solo con esas palabras, de arreglar la situación. Además la sorpresa también tomaba lugar, ya que el joven pocas veces intervenía en discusiones y entredichos.
—Muy bien... —hablaba mientras su vista era atraída por los gritos instructivos de la mujer de abajo—. Es mi hija —les contaba con cierto orgullo—. Algún día será capitán —su sonrisa se iba desdibujando lentamente al observar, que al resto no le interesaba de lo que estaba hablando—. ¡Bien! Síganme —descendiendo, sin mirarlos nuevamente.
La guerrera y el joven lo siguieron, pero bajando por los mismos escalones que habían subido anteriormente; y tras algunos suspiros de Germanus, junto a Bori, se encontraron todos en la parte baja. El lugar en donde se encontraba el timón, se hallaba delimitado por un fino vallado de madera gruesa; en donde suponía Fhender, que el capitán daría las ordenes. Casi podía imaginárselo, sosteniendo la dirección del barco y gritándole a sus tripulantes. Exactamente debajo, se encontraban dos puertas perfectamente lustradas. Probablemente las habían pintada hacía muy poco tiempo; además, contaba con unos vidrios inscriptos, que recibían la luz del sol y asombraban a cualquiera que los viese. Antes de entrar, y habiendo desarrollado lo mejor que podía el instinto del cual Rigal le hablaba, el joven paseó sus ojos por los rostros de la tripulación observante. Sus miradas no eran de enemistad o nerviosismo; al contrario, parecían sorprendidos por el comportamiento de su capitán. En ese momento el joven entendió, que a esas puertas, no todos tenían acceso. El movimiento de izquierda a derecha que hacía el barco constantemente, comenzaba a marear a Fhender; por eso antes de que pudiese entrar, se vio obligado a apoyar su mano, sobre el marco de la puerta.
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—Hijo ¿Estás bien? —preguntaba mientras agarraba su pelo largo y enrulado. De alguna forma extraña, lograba anudar su cabello y continuaba hablando—. Tu Skud no podrá entrar.
—Sí... —algo pálido—. Estoy bien... —mirando a su mascota—. Está bien, sabe cuidarse solo... Por cierto, no es un Skud.
—¿No? —rascándose las cejas, que con la luz directa del sol, se podía ver grasosas. Como si hiciese unos cuantos meses que quien hablaba no se bañase—. No sé mucho de bestias —componiendo una sonrisa y mostrando largas arrugas en su frente—. Bien... Vamos, nos esperan.