¡Sumérgete en el fascinante mundo de Fhender y déjate llevar por una aventura inolvidable!
En esta apasionante novela, conocerás a Milton, un joven huérfano que se embarcará en un viaje lleno de misterios y descubrimientos asombrosos. A medida que d...
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Al grito de "retiren los cañones", "alisten las velas", "a toda marcha", el joven entendía, que dejaba atrás, la pesadilla de Hor. Aunque creía imposible, poder olvidar, el terror que le había generado la mirada inquisitiva de Gena. Hacía ya tanto tiempo, que le costaba recordar cuando había sido la última vez que lo había visto. La mirada de aquella bestia era fría y Fhender podía jurar que de sus ojos se desprendía el odio más puro. Algunos Ghetar habían recibido directamente sobre su cuerpo la dura proyección del misil de plomo, al salir de los cañones. Pero ninguno de estos, había logrado dar con Gena. Algunas explosiones, habían hecho saltar en trizas el hielo y la escarcha del suelo; generando una nube grisácea que se difuminaba con el cuerpo de aquel Ghetar. Se había alejado de allí; el mar los separaba. Una sensación entremezclada de tranquilidad e incertidumbre lo poseía; pero se animaba al notar que sus amigos pasaban por lo mismo. Unos pesados y largos picos de hierro eran descendidos por las extremidades del barco, cuando era necesario. De esta manera, destruían el hielo para evitar que este, obstruya su paso. Barcos como esos, salían fortunas. Fortunas que solo un noble de Rasgh o el mismo rey podían tener. Por lo que, quedaba en claro, que fuesen quienes fueren los que habían acudido en su ayuda; el barco había sido robado. Algunos hombres recorrían con su mirada el cuerpo de Oriana, sin la mínima intención de disimular su satisfacción. Ante lo incómodo de la situación, se acercaba a Bori.
—Parece que la estás pasando bien —recibía a la guerrera con una pícara sonrisa; demostrando que entendía la incomodidad de su compañera.
—Sí este barco no hubiese sido nuestro salvador —apoyándose sobre la barra de madera que delimitaba la extensión del navío—. Ya correría sangre.
—¡Camaradas! —aparecía Germanus con un pañuelo bordó atado en su cabeza, ropa de lino algo descocida y una muchacha que lo acompañaba—. Ella es Lisa —haciendo un ademan con su mano izquierda—. La mujer de la que me enamoré — al escuchar estas palabras, quien lo acompañaba resoplaba y se sacaba su brazo de encima—. ¡Bien! ¡Pasamos un buen momento juntos! — le gritaba mientras la veía irse.
—Sí que te aman Germanus —bromeaba Bori junto a Oriana.
—Quizá no sabe usarlo tan bien como cree—las risas daban la bienvenida a Fhender, que se acercaba sin entender lo que sucedía.
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