¡Sumérgete en el fascinante mundo de Fhender y déjate llevar por una aventura inolvidable!
En esta apasionante novela, conocerás a Milton, un joven huérfano que se embarcará en un viaje lleno de misterios y descubrimientos asombrosos. A medida que d...
Gotas del vino más fino rondan por los labios del conquistador. Su mirada fija sobre una foto. Recuerdos que invaden; sonidos que abruman. Golpes de espada y gritos desoladores. El cristal pesa. En su boca, el vino se torna amargo y es capaz de sentirlo espeso al atravesar su garganta; pero eso no lo detiene. La habitación parece oscurecerse con su presencia, teñirse de tristeza. La luminosidad natural comienza a abandonarlo; y a pesar de notar aquello, ningún músculo de su cuerpo entra en movimiento. Estanterías, libros, cuadros y hermosos paisajes acompañaban la habitación. Además de las cortinas de la más fina seda y una bella e imponente lámpara de techo con cinco apliques bañados en oro, que contenían las velas para la iluminación. La cama gran cama en la que se encontraba sentado, decorada con unos cuantos almohadones y pétalos de rosa. Todo estaba en orden, todo estaba donde él siempre lo había visto. En sus recuerdos, los brillos impactaban en los ojos de cualquier mortal y casi podía sentir el aroma dulcemente exótico que ondeaba de un lado a otro; solamente, en sus recuerdos. El cuarto, hacía ya muchos años había sido deshabitado. Ahora, las telarañas, el polvo y la humedad habían sucumbido con todo. Posiblemente las ratas habrían hecho sus nidos y quien sabe que otros bichos e insectos podrían haber tomado, lo que anteriormente había sido el baño más reconfortante del castillo. Los pasos que escuchaba, creía que pertenecían a alguna ilusión recreada por sus memorias; pero tomó conciencia de que estaba equivocado al sentir un sutil llamado a la puerta. Su mirada fue desviada, como si pensara cuál sería su siguiente movimiento. Al escuchar nuevamente el sonido de los dedos sobre la madera, se paró; y sintiendo la alfombra de pieles acariciar los cantos de sus pies, se acercó hasta la puerta. Paseó su mano por el picaporte observándolo, dio un suspiro y abrió bruscamente la puerta. Tal así, que el joven soldado que esperaba del otro lado no pudo evitar asustarse. Llevaba sobre su mano izquierda el casco negro que completaba su armadura; y casi sin darse cuenta, se encontraba haciendo una reverencia para poder hablar.
—Señor rey —hablaba mientras retrocedía ya que, Taniel había cerrado la puerta de inmediato y caminado algunos pasos hacia el soldado—. Mi señor rey —su tono temblaba como el de cualquier guerrero con bajo rango—. Me mandaron a avisarle, que llegaron dos mensajes... Mi señor —al ver el odio que se creaba en los ojos del rey continuaba hablando sin mirarlo directamente—. Me dijeron que es importante. Jamás lo molestaríamos por una nimiedad.
Taniel permaneció algunos segundos más mirándolo, percibiendo el temor del soldado. Luego apoyó su mano en el hombro del mismo y dijo:
—Soldados así —con tono despectivo—. Que tiemblan al hablar... no sobreviven a la primer batalla —sonriendo mientras veía como afectaban sus palabras al joven—. No me sigas —decía mientras se alejaba.
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Sus pasos eran firmes y precisos; mirada al frente y sin rastro de emoción alguna. De un momento a otro, ya nada quedaba de aquel Taniel que había estado en la habitación. Los soldados, al igual que quienes se encargaban de la limpieza, se ocultaban al verlo pasar, evitaban su mirada y se corrían bruscamente de su camino. No tardó mucho tiempo en llegar a la puerta del gran salón, donde Kinta junto a otros dos hombres lo esperaban. Sin ningún gesto ni palabras, abrió las dos grandes puertas y continuó caminando. Uno de los dos tipos era Jeik, quien venía representado a Martidius desde hacía ya unos cuantos años. Este último era el Rasat oficial de A'ala; que después de mucho tiempo se encontraba cara a cara con el rey. Martidius, era hijo de una de las familias esclavistas más ricas y principal aportante de ejercito al rey. Estaba rozando la edad de los cincuenta y vestía tapados confeccionados con las pieles más exóticas de todos los reinos. Sus dedos se encontraban plagados de anillos y joyas al igual que en sus orejas llevaba colgantes de oro que encandilaban al verlo pasar. La necesidad de un abrigo tan pesado, encontraba fundamento en las altas temperaturas de A'ala, comparadas con las de Noinor. En su reino, en tiempos de paz, las personas vestían sombreros de distintos materiales, que los protegían del sol y algunas prendas de hilos extremadamente finos para ocultar sus genitales. Pero sin importar el clima, Martidius nunca había sido visto, sin su cantidad exuberante de anillos, joyas y colgantes. Los tres siguieron al rey hasta que este se sentó en su trono, y dejando una distancia prudente, unos pocos metros antes de los escalones que contenían la silla de Taniel, hicieron una reverencia.