Capítulo 17 (parte XII)

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Tenía un trayecto largo por recorrer hasta encontrarse con el epicentro de la guerra, y aprovecharía esa ventaja para recuperar fuerzas e idear un plan.
Los ciudadanos que se incorporarían a la lucha, dentro de las filas Vahianer, corrían algunos metros por delante del joven. La mayoría no contaban con armaduras completas, ni espadas profesionales; aun así, andaban con convicción y al parecer, seguros de su decisión.
En los ojos de Fhender, comenzaban a hacerse presente los resultados de aquella batalla, que todavía no terminaba: gapers atravesados por lanzas, hombres y mujeres abatidas por el filo de espadas; parcelas repletas de flechas, y la sangre, como una constante a cada lugar que veía.
Hasta ese momento no había tenido tiempo para pensar, en que sus amigos podían ser parte de alguna de las montañas de cuerpos, que se agrupaban en distintas zonas del campo de batalla. También recordó, que hacía bastante tiempo, había despedido a su animal, y que el mismo destino podía seguirle a ella.
Controlando el miedo que intentaba a trepar por su cuerpo, y estando lo suficientemente cerca de las ya derrumbadas torres, saltó. Seguido de un destello azul, Fhender abandonaba su forma humana, para echarse a volar. Aumentando su velocidad y con un poder de visión superior, se propuso llevar su plan adelante.
«Es tiempo de terminar esta guerra».

—Señor —decía un arquero mientras destensaba su arco—. ¿Más soldados de Taniel? —señalando al grupo que se encontraba acercándose a las filas reales.

—No lo creo... —respondía Teilan dubitativo—. Más bien parecen... —arrimándose al borde de la muralla y forzando su vista—. ¿Personas del Nuevo Tuk'Hum? —preguntándoselo también a sí mismo.

Los Vahianer montados habían terminado su táctica, y ya estaban reagrupados con los soldados a pie, combatiendo en línea recta. Por ello, los arqueros tenían órdenes de tirar a los enemigos posicionados en las filas traseras.
Teilan observaba el campo de batalla, sabiendo que todas sus fichas ya habían sido utilizadas. El enemigo seguía siendo numeroso, y los soldados de Alrand habían disminuido considerablemente luego de su hazaña. Todo dependería, de que batalla optarían luchar, aquellos nuevos, que ya casi eran parte del enfrentamiento.
Intentando localizar con su vista a los jefes Vahianer, una voz atrajo su atención.

—Se-Señor —tomando aire—. Tengo noticias de la muralla trasera...

—¿Qué pasó? —respondía precipitado—. ¿Están atacando?

—No sabemos señor...

—¿Cómo es eso posible? —interrumpiéndola antes de que continuase con su frase.

—Habían lanceros reales, aproximadamente tres mil. Estaban formados, como si esperasen que algo suceda...

—Sí, de eso me informaron —dándose vuelta y dejando a la muchacha atrás.

—Pero señor... Escúcheme —Teilan giraba, pero esta vez su rostro no era amigable. Por esta razón, la mujer se apresuró a hablar—. Los Ghetar señor... Están aquí.

De repente, el jefe de arqueros sintió caer todo su mundo. Habían previsto la posibilidad de que estos se sumasen a las filas del rey, pero claro estaba que de ello, nada bueno podía salir. Apenas estaban pudiendo con los soldados, de sumarse los Ghetar, su derrota sería inminente. Pero antes de que la cabeza de Teilan continuara trabajando, la mujer volvió a hablar:

—Eso no es todo —comenzando a hablar rápido—. Al vernos, el miedo nos atravesó a todos los que estábamos en la muralla... Pero después, el desconcierto nos inundó. Por eso me mandaron a consultarle que deberíamos hacer.

—¿De qué estás hablando? —preguntaba el jefe de arqueros ya sin ninguna amabilidad en su tono.

—Los Ghetar acribillaron sádicamente a todos los lanceros —hablando como si reviviese la imagen en su cabeza—. Ellos gritaron varias veces que estaban de parte del rey, pero estos no pararon...

—¿Y qué más pasó?

—... Nos dirigieron la mirada y luego...

—¿¡Luego qué!?

—Luego mi superior me dijo que venga a informarle señor.

Teilan permaneció algunos segundos observando a los ojos a la muchacha, mientras repetía sus palabras una y otra vez en su cabeza. Los gritos de los arqueros, y sus brazos extendidos hacían que su atención se dispersara. Sin tener una respuesta para darle a la muchacha, ni tampoco tiempo para pensar, chocó su cara algunas veces con la mano y le dijo:

—No sé qué está ocurriendo... Puede ser una trampa de Taniel, no lo sé. Pero ahora tengo que ocuparme de lo que sucede en el campo de batalla. Ahora andá a tu puesto y de tener alguna novedad, no dudes en volver.

Caminó hasta el borde del muro y todavía sin observar el campo de batalla, le preguntó a un arquero por qué los gritos. Este, boquiabierto, no hizo más que extender su brazo señalando el cielo.

NicoAGarcía

NicoAGarcía

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Fhender: La rebelión de los Vahianer ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora