Aquella mañana fui la primera en despertarme. Tenía que darme tiempo a desayunar, ir a casa, arreglar a mis hermanos para ir al colegio e irme a abrir el asturiano con mi abuelo.
Mientras tomaba el café en el salón de mi hermana, recordé que la bandera republicana que tenían colgada en el salón seguía detrás del sofá. Las paredes estaban como tristes sin ella y decidí cogerla y subirme a una silla para colocarla de nuevo. Al arrancarla habían tirado las chinchetas al suelo, y, al verlas, pensé en lo injusto que era tener que vivir así, con miedo incluso por decorar tu casa con algo que revelara tus ideologías.
Subida a la silla, e intentando empujar la chincheta con torpeza, me sobresalté al escuchar de repente a alguien toser detrás de mí. Me giré y era Amelia. Estaba plantada en la puerta observándome, arropada a su cazadora enorme y con cara de haber descansado bastante poco.
Yo le devolví la mirada con una sonrisa y me bajé de la silla.
- Buenos días, Luisita – dijo con un hilo de voz
- Buenos días ¿Qué tal has dormido?
Sonrió un poco sarcástica
- No he dormido, no te voy a engañar
- Vaya... ¿quieres un café? – coloqué la silla en su sitio y miré la bandera – tengo poco tiempo, pero puedo hacértelo rápido
- No, tranquila, tengo que irme yo también
- ¿Ya? Es muy temprano – quizá en aquella frase se me escapó algún gesto de desconfianza, pude comprobarlo al ver su reacción – vamos, que digo que te puedes quedar a desayunar tranquilamente, mi hermana y mi cuñado se levantan tarde, pero...
- No, no... es que tengo cosas que hacer, luego los llamaré para agradecerles todo
- Bueno, como quieras
Se giró para salir por la puerta y antes de llegar volvió al salón
- Luisita, no quisiera que pienses mal de mí, no puedo explicarte, pero...
- Amelia, tranquila... - le dediqué una sonrisa para tranquilizarla – no voy a juzgarte, si mi hermana confía en ti yo también
- Gracias, de verdad
- Que tengas buen día
No pude evitar inquietarme. No la conocía de nada y tanto secretismo me incomodaba. Pero lo cierto es que en el fondo me transmitía una confianza extraña, como si la conociese de antes, desde siempre.
Al llegar a casa, mi madre ya estaba en planta y, como siempre, estresada preparando el desayuno.
- Luisi, no estoy para que te quedes por ahí a dormir ¿eh? No me da la vida con tus hermanos
Ni hola al entrar por la puerta. A veces me sentía la cenicienta de aquella casa.
- Buenos días a ti también, Mamá – solté algo triste – ya voy a vestir a los pequeños, tranquila
En la habitación se me fue la mente, inevitablemente, a la noche anterior. La voz de Amelia cantando la mala reputación se me repetía y me hacía sonreír por inercia. Hacía mucho tiempo que no me evadía de mi rutina y aquel rato me desintoxicó tal y como necesitaba.
Le daba vueltas, además, a la forma de contarle a Sebas que quería trabajar por las noches en el Libertad, y, aunque sabía que la discusión estaba garantizada, esta vez no iba a vencerme la pereza. Sabía que necesitaba hacerlo e iba a despertar mi modo cabezota si se ponía pesado.
Llevé a los pequeños al salón, vestidos y con sus mochilas listas, y mi madre se quedó mirándome con un gesto extraño.
- Luisita, perdona, que ni siquiera te he preguntado por lo de anoche – dijo con culpa - ¿lo pasaste bien con tu hermana?
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Ella. Luimelia.
FanfictionLas cuatro paredes del libertad 8 son testigos de canciones, ideas e historias que aún deben estar escondidas.
