Ballade à la Lune

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Y me pareció estar soñando...

Salimos de la estación y caía la noche en aquella ciudad tan especial. Había tantas luces y de una intensidad tan agradable, que no era capaz de parpadear.

Amelia iba a mi lado y sabía que solo estaba pendiente de mi reacción al ver aquella estampa tan de película. Ella ya estaba acostumbrada, y agarró mi mano con fuerza mientras cogía aire.

Era como salir de un lugar en el que no podías respirar, para llegar a otro que te abría los pulmones a lo grande. Era, aunque suene duro, ese primer pie que pones en la calle después de estar encerrado mucho tiempo.

Acababa de llegar, y ya me daba miedo el momento de irnos. Allí la gente parecía estar más feliz, más relajada y con una cadencia en su caminar que ya inspiraba confianza. En esos minutos observando el panorama, pude darme cuenta de esos detalles y de algunos más...

- ¿Por qué parece que sonríen más que en España? Son locuras mías ¿verdad? – dije inocente mientras Amelia sonreía enternecida

- Pues creo que no son locuras tuyas, cariño, aquí la gente no se mete en la vida de los demás, y me parece que eso es lo que los hace más felices

- Puede ser – asentí triste – qué pena

- Bueno, pero ahora vamos a disfrutar de esta maravilla de lugar ¿vale? – Me acarició la mejilla – nada de penas, ni de preocupaciones

- Vale

Comenzamos a caminar con las maletas a cuestas y en silencio. Estaba tan maravillada, que ni siquiera me molestaba el peso. Era mi primer viaje y no podía ser de otra forma, lo hice con la mejor compañía y a la ciudad del amor, no podía salir nada mal.

El piso de Helena, la amiga de María, estaba a unos diez minutos a pie de la estación de tren. En una zona preciosa, y nos había dicho que tenía unas vistas espectaculares.

- Pues es aquí – dijo Amelia mirando el mapa – ahora hay que buscar el número siete

- Ay, no me apetece encerrarme, estaría paseando toda la noche, aunque fuera con la maleta a cuestas

Ella me miró y sonrió

- Lo que pasa que aquí no se hace vida de noche, Luisita. Está todo muy solitario

- Ya... pero bueno, tenemos todos estos días para pasear ¿no? – la agarré de la mano que tenía libre al ver que no había nadie alrededor – de hecho, con lo caro que parece todo, no creo que podamos hacer mucho más

- ¿De verdad crees que voy a consentir que estés en una ciudad tan maravillosa y que conozco tan bien y solo nos dediquemos a pasear? – Rio y chasqueó su lengua un par de veces – ni hablar, te tengo preparado un viaje de ensueño que no vas a poder olvidar

- Pero Amelia, no tenemos dinero. Estar contigo ya lo convierte en un viaje de ensueño y te aseguro que no lo olvidaré jamás, aunque pasemos los días únicamente paseando y comiendo sopa de sobre

Se quedó mirándome unos segundos con aquella medio sonrisa suya que me volvía loca.

- Guapa – dijo sin más y me lanzó un beso – vamos, anda – me cogió de la mano y tiró de mí

Llegamos al portal y subimos hasta el último piso. Cuatro tramos de escaleras de madera que se me hicieron eternas y, a la vez, me parecieron de lo más pintorescas.

Amelia abrió la puerta de aquella pequeña buhardilla que olía un poco a cerrado y encendió la luz. Era un espacio diminuto, con lo básico para vivir, pero estaba decorado con un encanto que ambas sonreímos en cuanto lo divisamos todo.

Ella. Luimelia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora