Donde habita el olvido

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Los días pasaban, uno tras otro, sin ningún sentido.

El amor no debería de ser el motivo principal de nuestra felicidad, ni el sentimiento que nos mueve y nos impulsa a todo, ni la razón para seguir levantándonos cada día. Pero lo cierto es que por suerte o por desgracia, es así.

Continuaba trabajando y viendo pasar las horas con la mirada perdida y el nudo en la garganta todo el día. Nudo que desataba con un llanto atroz cada vez que me acostaba en aquella habitación del cuarto de mi hermana donde ella había dormido tantas veces.

Seguía pensando que algo como lo nuestro era digno de pelearlo, de defenderlo con uñas y dientes. Pero es cierto que cuando me acordaba de todo lo que ella ya había sufrido, la entendía.

Y es que yo tampoco merecía la pena tanto. O ese era mi pensamiento de esos días. Y aunque sabía que podía hacerla feliz, ella necesitaba alguien que no le diera problemas, y sobre todo, que no la hiciera sufrir más.

Ahora daba por hecho que yo había sido esa gota que había hecho rebosar su vaso, así que al fin y al cabo, solo tuve mala suerte una vez más en mi vida.

Y podía ser todo lo intensa del mundo, cabezona, impulsiva, caprichosa y mil cosas más, pero lo que no soportaba era sentirme pesada e intrusiva, así que insistir a Amelia para que me diera otra oportunidad no era una opción. La realidad es que yo tampoco quería verla sufrir, y suplicarle que estuviera conmigo aguantando tantas tormentas no me parecía justo.

Pero si es cierto que no dejaba de pensar en cómo estaría ella. Si todo esto le había afectado como a mí o ya lo tenía pensado de antes y estaba hecha a la idea.

Sólo sabía de ella que su marcha a París tuvo que retrasarse. Necesitaba dinero para los billetes y para subsistir allí hasta que encontrara algo. Así que continuó en la redacción y en el libertad cantando dos días por semana.

Todo esto me lo contó mi hermana, por supuesto. Yo me negaba a verla. La vi tan decidida que sabía que tenerla frente a mí siendo consciente de que ella ya estaba organizando su vida en solitario, me iba a destrozar aún más si eso era posible.

Ya habían pasado casi dos semanas y yo me negaba a volver a casa y hablar con mi madre. Lo fácil sería resignarme y decirle que todo había sido un error, que Amelia y yo lo habíamos dejado para siempre porque nos habíamos dado cuenta de que nos estábamos equivocando y que por favor me perdonara. Pero es que eso era volver a mentir y no me apetecía hacerlo con mi madre, pues al final se acabaría dando cuenta.

Mi hermana me insistía mucho en que lo hiciera, me repetía que no podía estar toda la vida fuera de casa y me intentaba convencer con mucha paciencia que tenía que hacer las paces con mi madre. Pero hasta esa noche no entendí que ella lo que necesitaba era que yo me fuera de su casa.

Agazapada en la puerta, escuché a María discutir con Ignacio y mi hermana Lola. Lo hacían en voz baja, convencidos de que yo estaba dormida, pero justo me levanté a por un vaso de leche porque no era capaz de coger el sueño.

- María, ya te he dicho que yo no puedo meterla en casa, no cabemos...

- Ya...

- Pues tiene que irse, chicas, aquí corre peligro y yo no quiero tener más responsabilidad que mi mujer, ya tengo bastante con lo que tengo...

- Ya lo sé, mi amor – dijo María apurada – te prometo que mañana vuelvo a hablar con ella

- Pero ¿Por qué no le dices la verdad, María?

- Es que la pobre ya tiene demasiado, me da mucha pena

- Bueno, pero no es ninguna niña ya, cariño – continuó Ignacio – tu hermana tiene razón, deberías decirle que estamos recibiendo amenazas de miembros de la político social, que no es moco de pavo

Ella. Luimelia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora