El sitio de mi recreo

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Después de unos cuantos besos más, envueltos por el olor a paella y a familia, entramos y tomamos asiento, yo junto a mi abuelo y ella junto a mi madre, algo tensa, eso sí.

— Pues aquí está, el primer plato para mi nueva Yerna, bueno, para mi única Yerna

— Uy verás tú, al final me pongo celoso – dijo Ignacio bromeando

— Lo siento, pero ella es más guapa, Nachito – continuó mi hermano Manolín sin resultar ya gracioso y llevándose un buen tortazo de mi cuñado

— Aquí tienes hija – mi padre le extendió el plato y se miraron ambos con agradecimiento, yo no me podía creer tanta felicidad inesperada – a ver si al pequeñín también le gusta, que esta va a ser la primera paella de los Gómez que probéis de muchas

— Uy a este le gusta todo, es un comilón – dijo Amelia acomodando al niño en su regazo

— Venga, el segundo para mí, suegro – azuzó Ignacio ofreciéndole el plato vacío a mi padre

— Pues por ansias ahora te vas a esperar al último, listo – dijo mi padre ofreciéndome a mí el segundo plato

Mi abuelo canturreaba aquella canción de Serrat mientras seguía el ritmo chocando los nudillos contra la mesa. Sin duda era la sabiduría de aquellas reuniones. Cuando una palabra sacada de contexto pudiese dar lugar a una trifulca, él levantaba la ceja y todos cambiábamos de tema.

Yo sé que él sentía que la vida se le escapaba y quería exprimir sus días enseñándonos como ser libres. Era lo único que le importaba y lo que llevaba haciendo desde que tengo uso de razón...

— ¿Y su libertad, Luisita? ¿Es que eso no te importa?

— Yo no sé muy bien que es la libertad

— A ti te gustan las canciones ¿verdad? Te gusta escucharlas

— Mucho – asentí con ímpetu

— Pues no puedes disfrutar de la música si no entiendes la libertad

— ¿Por qué, Abuelo?

Porque las canciones son las añoranzas del alma, charrita, y quien las canta las libera al aire como un pajarillo que ya no regresa y se exhibe por el cielo para que todo el mundo lo disfrute

— Y los pájaros son libres – dije con mi conciencia de apenas ocho años hilando un poco todo lo que me contaba mi abuelo

— Sí, son libres y valientes, y también lo son aquellos que se atreven a echarlos a volar y no tenerlos encerrados en una jaula ¿me entiendes, hija?

— Jo, vale, pues lo dejo volar porque yo quiero ser libre y valiente también, abuelo. A mí me gustan mucho las canciones y las quiero disfrutar

— Pues ya sabes, abre las manitas y deja que pueda disfrutar todo el mundo de lo bonito que es – dijo señalando al pajarito que yo tenía entre mis manos y de inmediato las abrí

— Adiós pajarito, que seas libre y escuches muchas canciones

Ese fue siempre su discurso desde que tengo uso de razón, al menos conmigo. La libertad como base de todo y la música como consecuencia. Y no había mejor forma de entenderlo. Si tenías un alma libre, la vida te regalaría cosas de verdad. No siempre fáciles, no necesariamente eternas, pero puras y verdaderas como el vuelo de un pájaro.

Aquel último año se me pasó por la cabeza como una película a cámara rápida. Estuve encerrada en una cárcel de oro falso. En una vida que me desdibujaba y me oscurecía el color propio de mi edad. Era un pájaro con la pata anillada con el nombre de mi dueño. Dejé de ser alguien, solo un número.

Ella. Luimelia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora