UNO... DOS... VEINTITRES

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"¡¡Con un carajo!!" Anderson lo habría dicho en voz alta, pero prefirió taparse la boca para no gritar, y no era para menos, la persona que acababa de cruzar la puerta bien podría compararse a ver a alguien entrar con un chaleco forrado en explosivos y un detonador en la mano; en la medida que esa persona se iba adentrando en el departamento de homicidios de la prefectura de Hell's Kitchen, las caras de los demás policías iban cambiando de color a un pálido temeroso, mientras se miraban unos a otros con aire ansioso.

Pero no era porque fuera una persona de aspecto aterrador o algo así, al contrario, el rostro era casi dulce como el de una muñeca de porcelana, y el cuerpo parecía más el de un estudiante de preparatoria, pero la mirada era afilada y decidida, casi pendenciera; detrás de aquella persona caminaba como una sombra otro rostro conocido, el cual dirigía miradas a uno y otro oficial con un aire que parecía disculparse por adelantado por lo que podría suceder después.

Lo único que agradecían todos los oficiales presentes era que cierta persona no estaba por el momento en el lugar, el problema era que tampoco tardaría mucho en aparecer, pues había salido a comprar pastillas para la jaqueca; aquella persona se acercó hasta la oficina del jefe de departamento y tocó la puerta tranquilamente, y cuando el jefe abrió, soltó de improviso el "¡¡qué carajos!!" que muchos estaban pensando, para luego disculparse y saludar a ambas personas y hacerlas pasar a su oficina.

Pasaron unos cuantos minutos, en los cuales los oficiales apenas tuvieron tiempo de salir de su estupor, cuando un mensaje llegó al teléfono de Anderson, era del teniente Smith, su jefe, que le decía que, cuando llegara ese tipo de vuelta, lo llevara a la sala de reuniones y se encerrara allí con él y que le avisara cuando estuvieran listos. Abatido, Anderson suspiró un "¿por qué yo?", pero acató la orden y se puso en guardia a esperar a que el susodicho regresara, aunque sentía que, si le obligaban a quedarse con ellos, probablemente terminaría dándole otro infarto.


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MacGregor se quedó mirando hacia la nada, completamente perplejo por lo que acababa de escuchar, como si a su jefe le hubiese salido otra cabeza o algo así; es que era, en el mejor de los casos, la idea más bizarra que se le hubiese ocurrido a Ritsu. Quería preguntarle si se había golpeado la cabeza, o por lo menos si había comido algo antes de salir de casa, porque lo que acababa de decir no era algo que ese chico fuera a decir estando completamente en sus cabales.

Pero ahí estaba Ritsu, frente a él, muy serio, esperando una respuesta. Como parecía no reaccionar, Ritsu le volvió a hablar, sacándolo de su estupefacción, mientras le pedía que reuniera la información actualizada de los casos que le había nombrado anteriormente, pues saldrían apenas tuvieran todo listo. Y sí, oh sí, él tendría que acompañarlo.

Como ya era una decisión tomada, por bizarra que fuera, a MacGregor no le quedó otra más que obedecer, así que tomó la carpeta que Ritsu le había pasado antes y salió de aquella pequeña oficina rumbo a su escritorio, donde comenzó a buscar en el sistema los datos que hacía falta actualizar, y aunque sabía que debía darse prisa, de buena gana hubiese tratado de demorarse todo el día, porque realmente no quería ser partícipe de esa horrible idea. Una vez que tuvo todo listo fue a tocarle la puerta a Onodera, el que salió ya listo para partir. A MacGregor se le hizo la idea de que Ritsu se había estado preparando mentalmente para lo que venía, para lo cual no le hacía falta ser muy intuitivo para saber que no lo iba a pasar muy bien, y él tampoco.

Ritsu tomó la carpeta de entre sus manos y la guardó en su bolso para luego decirle "nos vamos", con una cara que parecía que se estaba preparando para una guerra, aunque también tenía un atisbo de ansiedad en la mirada. Ambos tomaron rumbo al estacionamiento y una vez allí, se subieron al carro de Onodera, el que manejó todo el trayecto sin decir una palabra, lo cual, a MacGregor, le puso los pelos de punta. Definitivamente iba a ser un largo, largo día.

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