Capítulo 20 - Papá

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Eduardo humedecía su labio inferior mientras sostenía su teléfono, levantaba la mirada y admiraba el cielo mientras el reloj señalaba que eran las seis de la mañana. El pelinegro permanecía sentado en el sofá de su balcón mientras Lautaro dormía en su cama, Eduardo se giró para verlo, regresó la mirada y no pudo dormir en toda la noche, cada vez que cerraba los ojos solo escuchaba a Omar y Lautaro hablar al mismo tiempo, decir todo de la misma forma, con palabras similares y casi copiándose las frases y sentimientos, amor por él, y decepción por no ser correspondido.

Eduardo se levantó desde su sofá y bajó las escaleras en dirección a la cocina, comenzó a prepararse el desayuno cuando eran las 7:22 del sábado por la mañana. Cocinó algo ligero y lo llevó al cuarto, lo puso sobre la mesita de noche, cuando el plato con fruta hizo un sonido Lautaro abrió sus ojos y Eduardo se tensó de inmediato.

—Oh mierda... —dijo el rubio angustiado —¿Dónde... dónde estoy? ¿Qué hora es?

—Siete con treinta, estás en mi casa.

—¿Qué? —dijo Lautaro confundido —Pero... ¿Ésta es tú cama? —Eduardo asintió lentamente —¿Qué pasó?

—Bueno... —algo hizo click en la mente del pelinegro, por lo que antes de comenzar a hablar pensó que sería mejor saber hasta qué punto de la noche recordaba el rubio —¿No recuerdas lo de anoche?

—Pues... recuerdo... —la mirada de Lau se desvió al acordarse que lo último en su mente era Omar confesando su amor a Eduardo, y ambos chicos a seis centímetros de besarse —... haber bebido mucho, pero de allí... nada más.

—¿No recuerdas que te traje a casa entonces? ¿O lo que pasó antes de eso?

—No —confesó sincero —¿Qué pasó?

—Bueno... —balbuceó Eduardo, tomando asiento en la cama y sin poder mirar a Lautaro a los ojos —Fuiste algo terco y odioso —rió —pero logré que subieras a la camioneta, venías casi dormido cuando llegamos a casa, así que te quedaste acá sin problema.

—Debo avisarle a mis Padres... joder que lío —Eduardo asintió en silencio, Lautaro tomó su teléfono y le escribió un texto a su Madre, dejó su móvil de regreso en su chaqueta tirada en el suelo y se frotó la mirada, vio como la vista de Eduardo estaba perdida, como si su mente no estuviera presente en el momento —¿Todo bien contigo?

—¿Conmigo?

—Estás... pensativo.

—Oh —fingió normalidad —Nada, todo bien, tranquilo.

—¿Seguro?

—Por supuesto... —suspiró agotado —claro que sí.

***

El pelinegro permanecía recostado sobre el sofá negro del psicólogo, Rodolfo lo miraba en silencio mientras intentaba volver a conectarse con el chico.

—Algo cambió —dijo él, dejando su libreta y lápiz azul a un lado —¿Qué sucede? ¿Te sientes mal?

—No —respondió el chico sonando triste —Solo no quiero hablar, no... no tengo ganas —Eduardo ahogó su nudo en la garganta, entrelazó sus manos y se aferró a ellas; como cuando tenía doce años y estuvo en un tratamiento dental, Eduardo le tenía pánico al dentista, pero se obligó a sí mismo ir, y siempre entrelazaba sus manos y fingía estar acompañado, dándose él mismo la fuerza que necesitaba —¿Usted no quiere hablar de algo?

—Quiero hablar contigo, sobre ti.

—Ya, pero necesito que mi mente piense en otras cosas que no sean las mierdas que me rodean, su vida no puede ser perfecta, ¿Con quién charla usted sus problemas?

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