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Capítulo 4

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—¿Cómo se hace esta cosa? —Habló al aire.

     Marcó unos números en su celular y se lo puso a la oreja. Esperó unos cuantos tonos antes de que una voz femenina le hablara.

—Hola, amor.

—Hola, má, necesito que me ayudes con algo.

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     La mujer, al otro lado de la línea, rio.

—Déjame adivinar: querés que te ayude a cocinar.

—Sí. ¿Podrías darme instrucciones por el teléfono?

—¿Vas a cenar con alguna chica? ¿Una cita romántica?

—No, nada que ver. Y a las chicas no las traigo a comer, ni a dormir, ni nada.

—Uh, cómo va a ser cuando te enamores. Eso va a cambiar, estoy segura.

—No me voy a enamorar. No quiero enamorarme…

—El amor es lindo, Cielo, déjate disfrutarlo.

—¿Vos lo estás diciendo?

    Después de su sufrimiento en los años de relación con su padre. De verla llorar. De ver cómo su padre le prohibía hacer cosas y salir de la casa. Después de que su padre la engañara y le dijera que era por su culpa, que no era una buena esposa. Después que le prohibiera ver a sus amigos porque creía que lo haría cornudo con ellos… No podía decir eso.

     Y su abuela dejó a su abuelo al tiempo de casarse y tener a su mamá.

     Y su otro abuelo abandonó a su otra abuela cuando quedó embarazada.

      Quedaron destrozados.

      Qué bonito era el amor.

—Yo te veía llorar. Los escuchaba discutir. Además, disfruto de esta libertad, en serio que la disfruto, y la prefiero mil veces. Nadie sufre.

—Hijo…

—Viene a comer Rulitos. ¿Me vas a ayudar? —Interrumpió. Estaba bien viviendo de esa manera y no necesitaba que nadie lo hiciera cambiar de opinión, porque, además, sería en vano.

     Y sí estaba muy bien viviendo así, y no jodía a nadie.

—¿Gabriel?

—Sí… Dije que iba a preparar la cena yo, no quiero quedar como un boludo.

—Es tu amigo, no vas a quedar como un boludo, pero te voy a ayudar.

     Tuvo que hacer las compras porque había ingredientes que no tenía, es decir, ninguno, y compró algunas cositas más. Volvió a llamar a la mamá, que le fue indicando despacito, y siguió el procedimiento al pie de la letra, o eso creía.

      Finalmente, puso el pollo con verduras, papas y batatas al horno y esperó. Mientras, se fue a bañar.


***
      

    Tocó el timbre de la casa de Renato a las nueve y media de la noche.

     Llevaba sus acostumbradas bermudas de jean, remera de manga corta y un ligero saco. Estaban en primavera y el aire de la noche estaba más fresco, aunque había días de calor.

     No esperó mucho. Se abrió la puerta enseguida y pudo notar, mientras entraba a la casa del castaño, que él iba con una mano tras la espalda.

—Bueno, no encontré el chocolate con almendras y pasas de uva, pero te conseguí almendras cubiertas de chocolate. —Sacó una mano de su espalda y le mostró un paquetito de lo que estaba hablando. —Y pasas de uva al chocolate. —Le mostró otro paquetito, de la misma marca.

Por un besoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora