Adam es un vendedor y adicto a las drogas que se ve envuelto en un dilema cuando Jeca, una adolescente que él conoció años atrás, le pide ayuda con un encargo peculiar.
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Dos personas que viven y ven la vida de forma o...
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Adam
—Puta vida, no puedo confiar en nadie. Esto es una basura, ¿por qué intentar si al final todo sale igual? —me quejaba con drama innecesario, mi hermana me veía sin expresión alguna.
—Ridículo, solo es lechuga, sácala de tu baguette y ya puedes comer.
—¿Ya puedo comer? Esa cosa dejó su sabor impregnado en toda mi comida. Que puto asco, si a ti te gusta comer cucarachas, a mí no.
—¿Cucarachas? —cuestionó mordiendo su sándwich.
—Sí, la lechuga cruje como cuando aplastas un animal de esos. ¿Escuchas? Que asquerosa, Eliana.
—Que menso, Adam. Nomas quítasela y ya.
—No, mejor me muero de hambre —sentencié dejando mi comida en el empaque y reclinando el asiento del auto hacia atrás para quedar acostado—. Es más, aquí voy a pudrirme para que quede en tu memoria que tu hermanito murió por inanición gracias a que no escuchaste que no quería lechuga en su baguette.
—Puta madre, como lloras, ¡ve por otro! —ordenó señalando la tienda que quedaba cruzando la calle. Se había enojado de verdad, ella no maldecía porque sí.
—No puedo, estoy muy débil, veo borroso —me quejé con la voz ronca y perezosa.
—Oh, que la... Ya voy por él, pues, pero esto no se queda así, berrinchudo —bufó abriendo la puerta del auto para bajar.
—Que le pongan aguacate extra, por favor —exclamé aún fingiendo estar delicado. Eliana achicó los ojos, levantó el dedo medio y se dio la vuelta.
» ¿A quién le gusta la lechuga? Hay gente muy enferma en este mundo —susurré viendo el bocadillo que devolví.
Observaba a mi hermana tras el cristal del establecimiento, estaba ordenando con calma, ya no parecía molesta. La admiraba, nos habíamos vuelto más cercanos y pude experimentar lo difícil que era la paternidad, lo mucho que se sufría, lo increíble que era amar así de grande y a ciegas.
Su cuarto hijo nació con complicaciones, tenía los intestinos de fuera por una malformación. Eliana tuvo cesárea por primera vez, no podía ni pararse sola cuando le avisaron que el bebé había muerto. Nunca olvidaré sus gritos de dolor al volver a casa, como lloraba cada noche por la pérdida; su herida impidiéndole valerse sola y la frustración al tener que vaciar sus pechos para evitar más dolor físico.
Fue un momento lleno de impotencia, de tristeza, pero también de fortaleza, pues no era solo mi hermana llevando el duelo tras la pérdida de su hijo, mi cuñado estaba igual o más desecho. Mamá los cuidaba a ellos, yo cuidaba a mis sobrinos: Prepararles comida, llevarlos a la escuela o guardería, vestirlos, pedirles que se laven los dientes, acostarlos, levantarlos.
Mencionar que fueron meses difíciles se queda corto. Nunca había pasado por algo así, la ansiedad me consumía, volví a fumar marihuana en secreto un par de veces porque el mal humor no me permitía concentrarme. Era como volver a la adolescencia, pero con consecuencias aún peores, ya que dejé el centro de rehabilitación mucho antes de lo que debí haberme quedado.