Adam
Llegué a mi casa, consternado, confundido y temeroso. No podía creer que después de todo le daría esas pastillas a Jeca. Era lo único que podía hacer para regresarle los favores que me había hecho y eso daba más asco.
Esa mañana me di cuenta lo mucho que me gustaba, lo mucho que la deseaba, pero la diferencia de pensamiento y edad entre nosotros era una barrera inmensa. Nada bueno podría salir de ahí, aunque mis intenciones fueran las mejores. Por más vivencias que ella hubiese tenido, yo la superaba con creces. No me daba miedo pervertirla, lo que me aterraba era convencerla de estar conmigo para al final dejarla sin explicaciones, haciéndola sufrir doble. Definitivamente, no podía estar con ella, lo mejor era solo cuidarla.
Visitar a una chica en la madrugada después de que me dejara claro que no quería verme. Confesarle mi amor para olvidarla más rápido. Asegurarle que aunque me guste, no intentaré nada con ella y luego irme prometiendo que le ayudaría a suicidarse. Eso sonaba como algo muy típico en mí. Autosabotaje debió ser mi segundo nombre.
Desayuné, fumé un blunt y me dormí hasta medio día. Desperté a lavar el uniforme, fumé un poco más y de ahí fui a buscar las pastillas. ¿Quién diría que algo que puede salvar la vida de un enfermo, a alguien sano se la puede quitar en segundos? Saqué la caja como si fuese algo radiactivo, la abrí con las manos tan temblorosas que hasta me sorprendí; saqué la tira con más miedo y hasta ahí llegué. No tuve el valor de vaciar las pastillas, tuve que ir a buscar algunas píldoras para mí. Me metí un ansiolítico a la boca y guardé otro en el bolsillo de mi pantalón. Con el efecto a tope y relajado hasta el pelo, tomé sin miedo las fortuaninas, las metí en una bolsa y sin importarme nada fui a la casa de Jeca. Su madre salió cuando toqué la puerta, apenas me vio me dijo:
—No está Jeca, está en la escuela. —Y me cerró la puerta en la cara a pesar de que su hija estaba viendo por la ventana.
Yo le mostré las pastillas desde fuera, alcé las manos en el aire y me fui, Jeca abrió la boca y quizá me dijo algo grosero, pero como no le entendí, no me importó.
Iba caminando de regreso a mi casa, pasé a la tienda a comprar unas galletas y me senté en la esquina a comer. Mientras iba por la quinta galleta, Jessica bajó del camión, me miró con reproche e intentó sacarme la vuelta.
—¿En serio dejarás de hablarme?
—Sí. —Se quedó de pie, mas no se acercó.
—No seas ridícula, nunca te dejé de hablar cuando te pedí que fueras mi novia y me dijiste que no.
—Pero es diferente. —Se sentó a mi lado, le ofrecí una galleta y ella negó con la cabeza.
—Te presté mi habitación para que te cogieras a otros y nunca te dije nada, pero me dolía. Me hacía darme cuenta que había fila para estar contigo y yo solo era uno más. Pero a pesar de eso, yo he estado para ti porque somos amigos. —Jessica se quedó en silencio.
—Perdón. Dame unos días para digerirlo, ¿sí?
—Bien. —Volví a ofrecerle una galleta, esta vez la aceptó. Comimos en silencio, luego nos despedimos. Iba camino a mi casa y me llegó un mensaje de Jeca:
"Ven por favor".
Obedecí como adepto. Apenas llegué, ella estaba esperando pegada a la ventana. Me hizo una señal para que esperara y después de unos minutos salió.
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Solo una razón
Genel KurguAdam es un vendedor y adicto a las drogas que se ve envuelto en un dilema cuando Jeca, una adolescente que él conoció años atrás, le pide ayuda con un encargo peculiar. ••••• Dos personas que viven y ven la vida de forma o...
