25) Incertidumbre P.2

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Jeca

Posterior a que mi madre me golpeara frente a todos, cada maestro me trataba con más suavidad, Antonio se volvió a acercar a mí y no podía sentirme más compadecida. No quería la lástima de nadie, tenía suficiente con la mía para encima tener que soportar las miradas de borregos de los demás.

El timbre de salida nunca se había oído tan hermoso. Tomé mis cosas apresurada y fui a casa con la incertidumbre de lo que me esperaría cruzando la puerta.

Cuando llegué solo encontré silencio, me encerré en mi habitación para cambiarme. A los pocos minutos mi madre tocó la puerta y con la voz calmada dijo:

—Jeca, sal, vamos a hablar.

Su tono era neutral, tanto que intimidaba, pero al mismo tiempo lo sentía tan tranquilo que me incitaba a responder. Salí para encontrarme con ella sentada en la mesa, parecía sobria como hace meses no la veía.

—Si vas a golpearme, esta vez no voy a permitirlo —amenacé, ella asintió y me señaló la silla para que me sentara.

—No quiero golpearte, de hecho no quiero pelear y para que veas que hablo en serio: no he bebido nada desde que me levanté. —Me sorprendió su respuesta. Tomé lugar aún desconfiada.

—¿De qué quieres hablar?

—De ti, es obvio que algo pasa contigo. Me llamaron de tu escuela, y si quieres pasar el semestre tendrás que hacer cursos de verano, más exámenes, más tareas, aunque no aseguran nada.

—¿Qué pasa si no quiero hacer nada de eso? —Mi madre me miró confundida—. Ya no quiero estudiar.

Mamá se quedó en silencio, repiqueteó los dedos en la mesa beige y se quedó con la vista clavada en una mancha marrón que podía jurar era de café.

—Jeca, no soy una madre ejemplar y tampoco intento serlo, si esto es una prueba es claro que voy a fallar. Si es real que quieres dejar la escuela, pues ¿qué puedo decirte? —Se encogió de hombros e hizo una mueca—. ¿Qué piensas hacer? No te vas a quedar de zángana todo el día acá sin hacer nada.

—Quiero buscar un trabajo, ganar mi dinero y salirme de aquí. —Ella asintió.

—Deberías hablarlo con tu hermano, digo, para que te lleve a vivir con él y no estés sola.

—Lo he pensado, pero su respuesta no cambia el hecho de que ya no quiero vivir contigo —aclaré con soberbia.

—Tampoco quiero que vivas aquí, en cuanto puedas irte, mejor. —No noté odio o amargura en su voz, incluso parecía un consejo sincero.

—¿Y si no consigo un empleo pronto? —pregunté insegura.

—Tienes que hacerlo, si tu padre se entera que no estás estudiando te dejará de mandar dinero. Tú me odias, odias lo que hago y no creo que quieras seguir viviendo de mi culo. Mañana saco los papeles de tu escuela, tú empieza a moverte, llena solicitudes de empleo y esas mierdas. —Se puso de pie para tomar una cerveza del refrigerador, luego pasó al lado de mí—. Y córtate ese cabello, tienes las puntas muy maltratadas.

Mi madre entró a su habitación, yo me quedé meditando lo que acababa de suceder. Era definitivo que no quería retomar las clases, tenía que buscar un trabajo y no tenía idea de cómo o por dónde empezar.

Me acosté en la cama sin mover un dedo hasta que fuera la hora adecuada de ir a buscar a Adam para darle sus llaves. Verlo me motivaba, me hacía sentir algo y eso era lo que necesitaba.

Cuando fui a buscarlo lo encontré fumando en la cochera. Empezamos bien, me senté sobre él, me dio besos tiernos y mimos, pero luego empezó a excitarse, podía sentirlo en mi pierna. Aunque me gustaba saber que lo provocaba de esa manera, mi libido estaba por el subsuelo, y más abajo mi autoestima se quemaba en el inframundo. No quería tener sexo con Adam porque me sentía usada, pensaba que al hacerlo con él me dejaría de hablar y no buscaba eso, quería tenerlo más tiempo.

Solo una razónHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora