Adam es un vendedor y adicto a las drogas que se ve envuelto en un dilema cuando Jeca, una adolescente que él conoció años atrás, le pide ayuda con un encargo peculiar.
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Dos personas que viven y ven la vida de forma o...
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—Pero lo importante es que aquí estamos resistiendo y logrando cambios, ¿no? Si alguien me hubiera dicho hace un año que iba a terminar así, hubiera pensado que me metí demasiada mierda al sistema y que el viaje estuvo fuerte —reí.
—Ni que lo digas —resopló—¿Vivir con mi papá? ¿Ir a terapia? ¿Volver a estudiar? Eso no hubiera sido muy Jeca de mi parte...
—Me gusta cómo te muestras ahora.
—Ya te lo dije, hay días buenos y semanas malas. Es extraño, a veces siento que antes era una muñeca de trapo, rota, descosida... luego creo que debajo de las costuras pude encontrar algo que jamás pensé, ¿sabes? Cómo si pudiera lograr cualquier cosa. Pero, también me canso tanto que creo que todo esto que estoy pasando no vale la pena, que ser feliz es imposible.
—Sé exactamente a qué te refieres —agregué, ella tomó mi mano con delicadeza.
—Verte otra vez es asombroso y más aún, saber que estás logrando tanto a pesar de todo lo que viviste. Estoy tan feliz por ti, siento una especie de orgullo; pero también nostalgia. Ahora somos lo que deseaba cuando estuvimos juntos y solo pudimos lograrlo por separado...
—Tienes una increíble habilidad para llevarme al cielo y lanzarme al suelo en un segundo —reclamé con un toque de amargura y sarcasmo, ella soltó una carcajada.
—Lo siento. Es que, cuesta mucho creer que lo único que nos ayudó a avanzar fue el daño que nos causamos al punto de...
—Valió la pena, ahora somos más listos, más maduros y está bien —interrumpí, las palabras de Jeca me dejaban gusto a despedida.
Seguía con su cabeza en mi hombro, nuestras manos aún estaban entrelazadas a pesar de que el sudor se estaba haciendo presente y ambos mirábamos a la nada. Pensé mucho en cómo proseguir, en si seguir hablando del pasado, en preguntarle si sabía de la sobredosis que tuve —aunque dudaba que fuera así—, o en simplemente invitarla a dar una vuelta, portarme gentil, ser gracioso y terminar metiendo la cara debajo de su falda en algún motel de por ahí.
—Tengo que volver a casa —advertí en voz baja, una parte de mí deseaba que Jeca me pidiera quedarme un rato más.
—Entiendo, yo igual quedé con un amigo y tengo que esperarlo.
—Ah. —No quise demostrarle que su habilidad de infligir dolor seguía calándome, pero por inercia me separé de ella—. ¿Vives por aquí?
—No, estudio por aquí cerca, pero vivo más para allá —explicó señalando el sur—. ¿Tú vives por aquí?
—Ni que fuera fresa. Vivo más allá de donde vivíamos, en los fraccionamientos de las orillas.
—Ay, cállate, las casas de allá son carísimas.
—Mira, puedes salir del barrio, pero el barrio nunca sale de ti, ¿entendido?
—¿Y qué haces para estos rumbos, señor Barrio pesado? —se mofó antes de abrir su botella de agua.