Jeca
Parecía un día normal. Me desperté y encontré a mi madre tirada en la sala, inconsciente por el alcohol. Lo normal.
Fui a la escuela, participé en clases, incluso trabajé en equipo. Normal.
Llegué a casa y mi madre ya estaba tumbada en su cama, todo olía a cigarro y alcohol viejo. Lo de diario.
Entré a mi cuarto en silencio, me cambié el uniforme, me senté en la cama a llorar mientras deseaba desesperadamente tener el valor suficiente para suicidarme.
El ciclo monótono de la semana.
No sé cómo esa idea rondó por mi cabeza, pero desde hacía semanas atrás, no podía pensar en seguir adelante, quería morir, nadie se daba cuenta de lo que sentía y era incapaz de siquiera intentar hablar del tema.
Sin amigos, sin familia y con una madre alcohólica que pasaba la mayor parte de su tiempo fuera, mis opciones de pedir ayuda eran en ese entonces nulas. Ya nada tenía sentido para mí y aún así no me atrevía a hacerlo. Tenía miedo de fracasar, de que me encontraran con vida; necesitaba una opción rápida
Mientras intentaba retener el llanto, por alguna extraña razón, recordé una conversación de mi hermano y unos "amigos" de él:
—¿Supieron que el Gelo se estaba muriendo? —preguntó un chico al otro lado de la cortina.
La habitación era compartida por ambos y a falta de presupuesto para hacer otra o poner una pared, mi hermano improvisó una cortina con telas viejas y una soga.
—No, ¿qué le pasó? —inquirió Aarón.
—El idiota estaba en crisis, y como no tenía dinero para drogas le robó unas a su abuelo. —Todos empezaron a reír tan alto que hasta me sentí mal por el desgraciado.
—Pero que imbécil... ¿Cuáles eran? —Se sumó otro, y de nuevo las risas acompañadas de bromas.
—Fortunanina creo que se llamaban. Según, eran para el corazón, pero el idiota pensó que serían una "cura" y terminó en el hospital. Tan solo tomó dos pastillas. Los doctores le dijeron que dos pastillas más y no la habría logrado.
—Está pendejo, apenas a él se le ocurre... ¿Se acuerdan cuando fumó mierda de perro porque le dijeron que ponía más?
Todos empezaron a reír otra vez, yo estaba conmocionada por el hecho de que ninguno se oía preocupado por él, pero después entendí que no eran amigos de verdad.
Decidí en cuestión de minutos que era la mejor forma de suicidarme, quizá con cuatro pastillas todo se terminaría por fin.
Entré al cuarto de mi madre en silencio, tomé unos billetes de su bolso y salí con el mismo cuidado. Para ser junio el clima se sentía fresco.
A unas cuantas calles de mi casa había una farmacia, caminé decidida, pero la valentía se esfumó cuando a través de la ventana vi al empleado y un par de clientes pagando.
Me sudaban las manos. Sentí que el corazón quería salirse del pecho, empecé a temblar y al entrar me quedé un rato observando los helados mientras repasaba mentalmente mis líneas, en lo que todos los clientes se iban.
Tomé aire, me acerqué a pagar, tropecé con mis propios pies. Me vi demasiado tonta porque después me reí de los nervios. El empleado del mostrador me miró extrañado con las luces blancas bañandole el cuerpo.
—Buenas tardes... digo noches, noches ya... ¿Cuánto es?
—Buenas noches. Veintiuno, por favor —me respondió con cara de molestia.
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Solo una razón
Ficción GeneralAdam es un vendedor y adicto a las drogas que se ve envuelto en un dilema cuando Jeca, una adolescente que él conoció años atrás, le pide ayuda con un encargo peculiar. ••••• Dos personas que viven y ven la vida de forma o...
