Capítulo XXV

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CAÍDA AL PASADO

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La sonrisa no desaparece de mis labios. El fresco viento nos anima a continuar a pesar de los jóvenes rayos de sol que nos acompañan en esta caminata. Nos dirigimos a un río en donde comeremos y pasaremos el resto de la tarde. Estar al aire libre, en contacto con la naturaleza, me encanta y adoro que Leo pueda experimentar este sentimiento desde pequeño porque jamás llegará a aborrecerla como muchos hacen. Compartirlo con él me emociona. Lo único que se escucha es el sonido de nuestros zapatos bien equipados pisar las pequeñas piedras y hiervas secas qué se han colado en el estrecho sendero. Cada uno estamos sumergidos en nuestros propios pensamientos. Agarro las dos asas de mi mochila de montaña para ir más cómoda. A veces vigilo que Leo siga con nosotros y esté bien. Su sonrisa tampoco desaparece de sus finos labios, la cual hace que mi interior revolotee. No pensé que en otra parte del mundo me estuviera esperando una familia.
Bueno, no me esperaba, si no que me lloraba. A veces me detengo a pensar y me pregunto, ¿quién fue el responsable de decirles que yo había muerto? Me parece algo tan cruel...y me apena no recordar nada. Me siento como si hubiera empezado de cero, pero para ellos no. Me recuerdan de antes y yo...no puedo por más que quiera. Levanto mi mirada hacia el frente. Las grandes montañas nos dan la bienvenida, al igual que un pequeño cartel de madera, ya gastada, que nos indica el camino para llegar al río.
_Ya casi llegamos_la voz entusiasmada de Rubí se hace escuchar. Leo da pequeños aplausos con alegría. Corre con cuidado hacia Rubí para colocarse a un lado suyo y comenzar ha hablar. Jen se encuentra a unos pasos por delante de ellos. Su mirada clara viaja por las montañas y campos del paisaje. Estos están llenos de admiración y tranquilidad. Sonrío, parece que a él también le gusta la naturaleza. Bajamos, con cuidado para no caer, por una pequeña bajada.
_Tenemos que cruzar ese pequeño cauce viejo del riachuelo y ya habremos llegado_Rubí da instrucciones. Su cabello voluminoso está recogido en una coleta alta. Unos pequeños mechones resbalan por su frente.
Jen pasa por él, clavando su bastón de senderismo entre las piedras para no perder el equilibrio, y nos espera al otro lado para ayudarnos.
_Con cuidado Leo_me acerco hasta llegar al lado de Rubí, sin perder de vista al pequeño niño quien cruza el estrecho riachuelo sin ningún problema. Apoya sus manos en los brazos de Jen y es levantado para evitar mojarse y pasar al otro lado.
_Me toca_dice Rubí mientras mira el riachuelo. Jen la espera al otro lado, junto con Leo, pero no se mueve para ayudarla ya que esta le ha dicho que puede. Pisa solo por donde el agua apenas alcanza a unas pocas piedras. Es mi turno.
_¿Necesitas ayuda?_la amable voz de Jen hace que levante mi mirada para verlo. Una de sus manos está sobre el bastón y la otra está preparada ante una respuesta afirmativa.
_No, gracias_respondo. Coloco bien la mochila que llevo en mi espalda y comienzo a dar pequeños pasos, por los mismos lugares que ha ido Rubí, consiguiendo cruzar al otro lado sin problemas. Siento la mano libre de Jen coger de uno de mis brazos para ayudarme a subir una pequeña elevación del terreno que separa el agua de la tierra firme. Lo miro nada más sentir el tacto cálido de su piel en mí. Su mirada profunda vuelve a causarme el mismo efecto de siempre. Una corriente eléctrica se extiende por mi cuerpo.
_Gracias_
Asiente en modo de respuesta, sin apartar sus ojos de los míos. Es curioso, pero yo tampoco puedo dejar de ver los suyos. Rubí y Leo se encuentran a unos pasos por delante de nosotros. Su conversación se centra en la vegetación de este espléndido paisaje. Nosotros también comenzamos ha andar, sin llegar a ellos. Caminamos en un silencio cómodo. Ambos miramos el paisaje con admiración. No voy a negar que su repentino cambio de comportamiento me ha asombrado y no sé si al volver a casa, su cordialidad se esfumará. Eso es lo que más miedo me da.
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