Capítulo I: La selección

462 33 4
                                        

Tal y como dijo Mérula, ella y Septimus se introdujeron en la chimenea de su casa que, utilizando los polvos flu, los llevaría al callejón Knockturn, donde la familia prefería aparecer antes de llegar al callejón Diagon. Aunque Septimus jamás comprendería porqué. 

Desde el momento en el que salieron de Knockturn, sitio en el que los Lestrange eran bienvenidos y recurrentes, las miradas comenzaron a posarse en él y su madre. Pero, como siempre fue enseñado, sólo ignoraba a los demás y continuaba el camino que su madre trazaba con seriedad. Para ella quizás era sencillo sentirse superior, pero él era un simple reflejo de lo que veía. No comprendía ese desdén que las personas no temían en ocultar hacia ellos.

Era inevitable sentirse un marginado, sin conocer a nadie, sin poder hacerlo, y a la vez sin querer. Y estaba seguro que su madre se había alegrado tanto como él cuando vieron las rubias cabelleras de los Malfoy a la salida de Flourish y Blotts, la tienda de libros. El primero de ellos en verlos fue Draco, y fue corriendo en dirección del niño de ojos grises.

—¡Septimus, mira mi nueva varita! —le mostró entusiasmado, mientras que Mérula pasaba a su lado y saludaba a Lucius y Narcisa.

—¡Impresionante! —exclamó Septimus, fingiendo la exaltación, pues ya estaba acostumbrado a la emoción de su primo cuando tenía algo nuevo —. ¿De qué es? 

—Espino —respondió, jugando con la varita entre sus dedos —. Núcleo de pelo de unicornio. 

—Septimus —los interrumpió Mérula llamándolo. De esa forma, el niño se acercó a los mayores y saludó a los Malfoy de forma educada —, ve a comprar tu varita —le tendió un saco de monedas —. Yo me encargaré de tus libros

—Sí, madre —con un movimiento de cabeza se despidió de ellos y al pasar por un lado de Draco le dijo que pronto volvería. 

Comenzó a caminar con su clásico andar mucho más correcto  que el de muchos otros niños de su edad. Él no se encorvaba y zarandeaba, sino que procuraba enderezarse en todo segundo y sus brazos se movían coordinadamente a los lados. Muchos volteaban a verlo, pues su apariencia por más normal que él creyera que era, para los demás podía ser considerada llamativa. Su palidez contrastaba con el negro de su cabello, haciendo que sus dos ojos grises casi brillaran.

Ingresó en la tienda de Ollivander cuando le encontró entre tantas. En el interior no había nadie, o eso creía él. Las campanas de la puerta sonaron al cerrarse, y en el suelo sonaron unas ruedas de metal rodar, seguidas de un hombre montado a una escalera apareciendo por uno de los pasillos.

—Joven Lestrange, por fin. Lo estaba esperando —dijo el anciano, el cual presumía que era Ollivander, mientras bajaba de su escalera para rebuscar en uno de los armarios —. Veamos, veamos —tomó dos cajas y se acercó a él —. Pruebe esta.

La varita, al decir verdad, era bastante fea, se sentía muy ligera, y era corta. Aunque en forma de educación, el niño agitó la dicha haciendo que el suelo temblara. Cuando devolvió el objeto a su caja sintió que el hombre había soltado un "no" entredientes. Septimus comenzaba a impacientarse cuando Ollivander no volvía de la parte trasera. Pero en cuestión de minutos regresó con dos cajas, una pareciera relativamente nueva y la otra estaba mucho más percudida que las demás. 

—Del mismo material que la de tu padre, fibra de corazón de dragón. Veintiséis centímetros, ligeramente flexible, madera de roble —concluyó, entregándosela con una sonrisa. Pero al ver como una lámpara se rompía en cuanto Septimus la tocó, una expresión de inseguridad se posó en su rostro cuando sacaba del segundo estuche —. Núcleo de pelo de rougarou, treinta centímetros, madera de roble oscuro, rígida.

—Disculpe, señor ¿hay algún problema con esta varita? —preguntó Septimus al ver que Ollivander dudaba en dejarlo tomarla.

—No, claro que no, joven Lestrange —abrió el estuche, revelando una simple varita larga y oscura, con símbolos dorados tallados en lo que sería su empuñadura. Para otra persona, no era más que un palo sin gracia, pero a Septimus le resultó realmente preciosa —. Esta varita fue hecha hace tres siglos. Nadie se la ha llevado desde entonces, ni siquiera sus propios creadores han podido domarla. 

UNION OF THE SNAKE «harry potter»Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora