Capítulo 42

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El cielo volvió a tener ese vivo color azul, los árboles y plantas lentamente comenzaban a volver a su verde natural. Los dominios del Oeste al fin se encontraban en completa y silenciosa paz.

Casi dos meses habían pasado desde la guerra entre los 4 puntos cardinales, en la cual, la alianza Oeste-Sur fue la victoriosa. El ex Lord del Este, pereció entre las garras mortales de la bella Inuyoukai, protectora del inframundo. El otro Lord, el del Norte, no encontró más remedio que rendirse al ver a su compañero y ejército muertos. Fue el mismo Lord Kayto quién se encargó de llevarlo a un oscuro y alejado calabozo. Seguramente pasarían miles de años para que el antiguo Lord del Norte volviera a ser visto.

La bella sacerdotisa, mujer del youkai más temido de esa Era, no había mejorado. Desde aquel día la miko no había vuelto a abrir sus ojos. Se mantenía con vida por las consistentes sesiones de traspaso de reiki que la hermosa pelirroja le daba, y con la propia de su compañero para su pequeño hijo. 

Su vientre había crecido considerablemente pese a su estado vegetativo, algo normal ya que la gestación de los Inus era más corta que las humanas. 

La azabache se mantenía en la habitación principal del castillo del Oeste, la habitación que desde hace algún tiempo debió compartir con el peliplata. Habían venido muchos curanderos a verla, a buscar alguna solución para su estado, pero nada parecía funcionar.

El poderoso Lord del Oeste se mantenía encerrado con su mujer todos los días. Se dedicaba a observarla desde la esquina de la habitación, esperando que ella al fin despierte. Sin embargo, cada día que pasaba parecía menos lúcido. La bestia interna tenía sumergido a Sesshomaru en un océano completo de dolor. Solo lo mantenía cuerdo la existencia de su cachorro, que todos los días exigía de él.

Cada día traspasaba su youki a su pequeño hijo, el cuál según curanderos se encontraba en buen estado pese a como se encontraba la madre. La sacerdotisa de ojos rojos también cada día atendía a Kagome con su reiki, pero parecía no ser suficiente, puesto que la mayoría lo tomaba aquel pequeño ser.

Ese día observaba atentamente a la miko traspasar su energía sagrada a su mujer. Miraba de reojo alguna reacción por parte de la pelinegra, pero nuevamente nada pasó. Si seguía así, seguramente se volvería loco, ya no soportaba ver en ese estado a la mujer que él amaba.

Saya lo observaba de ves en cuando, notando el dolor en las orbes doradas del que era llamado el youkai más poderoso. Sentía una tristeza inmensa al ver a todos tan inmersos en dolor por el estado de la azabache. Inuyasha, quién desde que lo conoció tenía una actitud arrogante y orgullosa, esta vez se la pasaba en silencio en una esquina. Sango lloraba todos los días, y se culpaba por no haberla podido ayudar en ese momento. El monje se mantenía al lado de ella y la consolaba hasta que caía rendida ante los brazos de Morfeo. Y ella... También no podía evitar sentir culpa por no haber podido ser de utilidad en ese instante. Sentía que pudo haber hecho algo para salvarla.

- Déjanos solos - escuchó la seca orden del Lord.

Asintió con la cabeza y procedió a retirarse. Antes de cerrar la puerta, logró observar al peliplata acariciar con suavidad la mejilla de la pelinegra y decirle lo mucho que la necesitaba.

Cerró la puerta en su totalidad y pegó su frente a ella, sintiéndose la peor escoria. Las calientes lágrimas no tardaron en aparecer, y dejó ir lentamente su dolor y frustración. Se alejó de la habitación para comenzar a caminar por los largos pasillos del castillo del Oeste. No sabía a donde iba, solo quería encontrar un buen lugar para desahogarse y no molestar a nadie.

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