Capítulo 32

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Sus blancas manos se movían con suavidad por la espalda masculina, trazando un camino invisible en la yema de sus dedos. Lo sintió tensarse sobre ella, mientras sus embestidas subían de nivel. Kagome dejó salir sus gemidos, a la vez que correspondía moviendo sus caderas a la par con las del pelinegro.

- ¡Sesshomaru! - gritó su nombre al sentirlo aumentar sus embistes.

La marca en su cuello ardió, y como si el ojiazul lo supiera se acercó y mordió con sus humanos dientes aquel lugar.

- Kagome... - gimió su nombre, ronco y casi fuera de sí.

La nombrada respondió con nuevos e intensificados gemidos. Su cuerpo se arqueó, y él lo aprovechó. Acercó su boca a uno de los suaves pechos de la mujer, que a esa altura se movían de arriba a abajo con cada movimiento de sus embestidas. Mordió con fuerza un pezón, y ella respondió con un grito de placer. La sintió tensarse, y apretar con fiereza su miembro. El orgasmo fue inevitable, las paredes interiores de la mujer le dieron tal placer que no pudo evitar culminar en su interior.

Busco sus labios para sellar con un beso el fin de su placentero ritual. La besó con ternura y delicadamente, para después salir de su cálida y húmeda intimidad. Compartieron un último gemido al separar sus sexos, y se pudo apreciar un hilo blanco entre sus intimidades, prueba de sus fluidos.

La luz en la cueva se infiltró finalmente, y Sesshomaru comenzó a recuperar sus poderes demoníacos.

Habían hecho el amor desde que se pudo ver claridad afuera del refugio, y desde eso había pasado bastante tiempo. Él pelinegro la había despertado con besos en el cuello que luego fue aumentando de nivel. Al poco rato ambos ya estaban desnudos y deseosos del otro.

El youkai se acostó al lado de su hembra, y la atrajo hacia sí mismo. Podía escuchar aún los fuertes latidos de su corazón y su respiración poco a poco calmándose.

Acarició con sus garras el rostro femenino, y la invitó a mirarlo. Sus ojos se encontraron. El dorado y el café.

- Eres perfecta - dijo él sin dejar de verla.

Kagome abrió su pequeña boca, sorprendida por el comentario de su compañero. Luego sonrió tiernamente y unió sus labios a los de él.

El peli Plata aceptó gustosamente el beso de su mujer, y la acercó aún más a él. Sintió la necesidad de lamer su marca, por lo que separó sus labios con los de la mujer y recorrió un camino de besos hasta llegar a la media luna que adornaba el cuello femenino.

- Eres mía - demandó.

- Por siempre... - susurró ella soltando suspiros de placer.

Definitivamente así sería. Desde que la joven pelinegra se había convertido en su mujer, estaba atada a un hilo invisible e irrompible. Estaban unidos de por vida, y sólo la muerte los podría separar.

- ¿En qué piensas? - preguntó el peliplata, acariciando suavemente su cabello azabache.

- En la marca... - respondió.

- ¿Te ha dolido?

- No, es solo qué arde un poco cuando lo hacemos - confesó sonrojada.

Sesshomaru sonrió ladinamente y al ver esto la pelinegra su sonrojo aumentó aún más.

- No me mires así - dijo la pelinegra tapándose el rostro.

- ¿Por qué no? Eres mi mujer, puedo mirarte las veces que quiera.

- Si pero... - bajó el rostro aún avergonzada.

- No tienes porqué apenarte por lo que hacemos, eres mi mujer ante las leyes youkai, no hacemos nada indebido - la consoló.

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