Capítulo 1

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Diciembre de 2019


— ¿Cuánto? — pregunté, albergando la esperanza de haber escuchado mal.

— Doscientos ochenta euros —me repitió el dependiente—. He tenido que mover unos cuantos hilos para conseguir estas entradas. Llevan meses agotadas.

— Son para la primera fila y para el meet and greet de después, ¿verdad?

Asintió. Tras escuchar el desorbitado precio a pagar, quería estar segura. Nunca había asistido a un concierto tan caro. Pero Marina estaba obsesionada con ese grupo de música y sabía que valdría la pena verle la cara al saber que asistiríamos a uno de sus conciertos.

Salí de la tienda sin pasar por la sección de discos. Teniendo en cuenta que era una loca de los vinilos, era todo un logro haber evitado ese rincón. Ese mes ya había gastado más de lo que debía. 

Marina nos había invitado a pasar unos días en su casa de Londres. Queríamos visitar la ciudad antes del próximo semestre, ya que a partir del mes de enero ella se trasladaría allí a trabajar.

 Hacía poco, yo había tomado la decisión de sumarme a la aventura británica. En mi caso, pero, no iría a trabajar, sino a realizar un ERASMUS (programa estudiantil que promueve el intercambio entre universidades). Había sido una decisión de última hora. Sorprendentemente, mi universidad había aceptado mi solicitud de traslado de expediente. A esas alturas, solo me quedaban unos cuantos créditos y el TFG (trabajo de final de grado) para graduarme y me alegraba enormemente tener la oportunidad de cursarlos en Londres. 

Como agradecimiento, Carla y yo habíamos conseguido entradas para el concierto de su banda favorita. Marina se moriría de la ilusión en cuanto se lo dijéramos.


******


— ¿Os habéis abrochado los cinturones?— preguntó Marina, con notable entusiasmo y haciendo un baile improvisado con su menudo cuerpo.

— Por cuarta vez, ¡sí! —respondió Carla, claramente divertida a pesar de la brusquedad de su respuesta.

Su amistad se caracterizaba por las discusiones y las salidas de tono, pero se querían a rabiar. 

Apreté el Ebook entre mis manos y bajé la persiana de la ventanilla. A mis veintidós años, odiaba volar. Me ponía extremadamente nerviosa y lo pasaba fatal. Era incapaz de entender que una aeronave de casi cien toneladas pudiera ascender a más de diez mil metros de altura sin desplomarse en el intento. Me habían explicado lo que era la estabilidad estática y la dinámica. Pero no se me daba bien la física y me inquietaba aquello que era incapaz de comprender. Sentía una fobia irracional, pero había tomado la decisión de que aprendería a vivir con ello. No podía dejar que aquello me condicionara.

— ¡Que ilusión! — continuó Marina con su voz cantarina—. Lo tengo todo planeado. Aterrizaremos a las seis y media en Londres y vamos a coger el Gatwick Express hacia Victoria Station. Allí nos recogerá un coche que nos llevará a mi casa. A las ocho y media tenemos que haber salido. Me apetece cenar en Chinatown.

Carla y yo compartimos una mirada cómplice antes de soltar el bombazo. El concierto era esa noche. 

Tras besos, abrazos y toda clase de muestras de afecto en público, siguió lo que Marina llamó el pre-concierto. Nos pasamos las dos horas y media de vuelo escuchando la discografía completa de Labor


******


La casa en la que nos hospedaríamos durante los próximos días no era lo que se dice modesta. Se encontraba en Paddington, prácticamente en el centro de la ciudad. Era la típica vivienda londinense, con una entrada con columnas, fachadas pintadas de blanco y suelo enmoquetado. 

Cuando entramos, nos recibió un agradable aroma a té. Nada más cruzar el umbral de la puerta, una mujer rubia y de mediana edad se abalanzó de manera efusiva sobre Marina y la llenó de besos. Supuse que esa debía de ser Kate. Marina nos había explicado que era el ama de llaves. Ella y su marido se ocupaban del mantenimiento de la casa mientras no había ningún miembro de la familia en la ciudad.

— Os he preparado té y unos sándwiches— expuso tras las presentaciones—. Si vais a salir, que sea con el estómago lleno.


******


Abandonamos la vivienda a las ocho y media. Caminamos hacia la parada de metro más cercana con paso decidido. Amaba los típicos taxis de Londres, pero es sabido que es más rápido desplazarse con el Tube por la ciudad. No nos sobraba el tiempo.

Llegamos al The O2 Arena al cabo de media hora. La cola era kilométrica. Entregamos las entradas y nos desviaron a la zona VIP. La pista desde la que veríamos el concierto era la que estaba más cerca del escenario.

— No os merezco— murmuró Marina con el reflejo de un brillo especial en los ojos, fruto de la emoción.

Se apagaron las luces y el grupo telonero empezó a interpretar el primer tema de la noche. Cuando este se despidió, el ambiente en el estadio era de anticipación absoluta. Tras un buen rato, comenzaron a sonar los primeros acordes de una canción de Labor. La multitud empezó a gritar y a saltar con efusividad. El lugar se llenó de cuerpos chocando entre ellos, voces tarareando la misma melodía. 

El guitarrista y el bajista se desplazaron por el escenario con los instrumentos colgados de sus cuerpos. El cantante, por otro lado, permaneció en el centro con la mirada gacha, sus manos en una guitarra eléctrica y sus labios a pocos centímetros del micrófono. Entonces levantó la cabeza y pronunció los primeros versos del tema inicial. No pude evitar estremecerme al percatarme de la intensidad de su mirada. Jamás había visto esa tonalidad de verde en unos ojos. Su voz poseía un sugerente tono rasgado y ronco bastante peculiar.

— Se llama Benjamin Hardwicke — me susurró Marina al oído, sacándome de mi estupor.

— ¿Qué?

— Pero prefiere que lo llamen Ben — añadió, ignorando mi pregunta adrede—. Me refiero al cantante.

— Ah — fue lo único que mascullé en respuesta.

Ella hizo el ademán de contestarme, pero un grupo de adolescentes comenzaron a gritar a nuestro alrededor y pareció olvidar aquello que iba a decirme. Al dirigir mi mirada al escenario, comprendí que el motivo de tanto alboroto era que Benjamin se acababa de desplazar a la zona en la que estábamos. Movía su cuerpo al ritmo de la canción, regalando miradas joviales al público. Se notaba que estaba en su salsa. 

En un momento dado, sus ojos se posaron en los míos. Entonces pasó algo que no olvidaría en mucho tiempo. Sin dejar de mirarme, alzó la mano y nos lanzó el contenido de una botella de agua encima. Las adolescentes gritaron, poseídas. Yo, sin embargo, me quedé de piedra. Eso pareció divertirle. 

Tras reírse sin disimulo, pronunció un "perdón" mudo en nuestra dirección para luego regresar al centro del escenario como si aquello no hubiera sucedido.

— No me puedo creer que Ben nos acabe de lanzar una botella de agua encima — soltó Marina, extasiada de felicidad.

— Yo tampoco — coincidí, apartándome el pelo mojado de la cara.

Al parecer, aquello era algo habitual, ya que el susodicho repitió esa misma acción unas cuantas veces antes de que el concierto acabara.

Al parecer, aquello era algo habitual, ya que el susodicho repitió esa misma acción unas cuantas veces antes de que el concierto acabara

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Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora