Capítulo 15

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Mia conducía un Mini Cooper de color azul eléctrico. Su carácter, directo y elocuente, coincidía con su temeraria manera de conducir. A pesar de que el día estaba nublado, llevaba las gafas de sol puestas.

Me agarré al borde del asiento al ver que nos aproximábamos a un semáforo en rojo y suspiré con alivio al comprobar que conseguía frenar a tiempo.

—Es bonito, ¿verdad? — preguntó dulcemente, acariciando el volante con orgullo.

Asentí, le dediqué una sonrisa sincera y tiré de las puntas de mi pelo, aún algo perturbada por la escena que había presenciado hacía unos minutos. La información era un puzle en mi cabeza en esos momentos; un rompecabezas llamado Benjamin Hardwicke. Y no tenía ni idea de cómo iba a resolverlo.

—Abby se reunirá con nosotras en mi casa— me informó, pegando un acelerón que hizo que me agarrara de nuevo al asiento—. ¿Te gusta la pizza?

Me mordí el labio inferior, entre divertida y aterrada.

—No me fío de la gente a la que no le gusta.

—Tenemos muchas cosas en común.

Su casa se encontraba a pocos minutos de la de Ben. Su decoración, sin embargo, era mucho más cargada y llamativa. El recibidor estaba lleno de fotos familiares.

Centré mi atención en una en concreto. Era una foto navideña. Los tres hermanos estaban sentados bajo un enorme árbol de Navidad. Me sorprendió ver lo parecidos que eran Roger y Ben en ese entonces. Lo único que los diferenciaba era el color de los ojos.

También había fotos de la banda. Incluso había fragmentos de periódicos enmarcados a lo largo de toda la pared. Sonreí, enternecida. Se notaba que era una hermana orgullosa.

—Este artículo salió cuando ganaron su primer Grammy— la escuché comentar detrás de mí—. No se lo podían ni creer. El día que salieron las nominaciones, Ben nos hizo escuchar los álbumes de todos los nominados en la misma categoría que ellos. Nos pasamos toda la tarde encerrados en casa con nuestros padres—. Percibí que estaba reviviendo todo aquello mientras me lo contaba—. Mi madre es su fan número uno.

La seguí a la sala de estar. Allí estaba todo impecablemente ordenado.

—¿Te apetece tomar un té? — me propuso mientras se quitaba el abrigo y tomaba asiento. La imité.

—Por favor.

La escuché trastear en la cocina y al cabo de unos minutos vino cargada con una bandeja con dos tazas de té y una jarra de leche caliente. Siguiendo su ejemplo, añadí algo de leche a mi taza y tomé un primer sorbo.

—¿Cómo se formó la banda? — pregunté con curiosidad.

Me moría de ganas por saber su historia. La aludida me miró con diversión y negó con la cabeza.

—Así que es verdad que no sabías casi nada de Labor antes de qué pasara todo esto.

Me sonrojé y centré mi atención en la taza.

—He visto alguna que otra entrevista, pero estoy segura de que la versión oficial dista un poco de la realidad.

—Roger y Royce son amigos desde el instituto — espetó con emoción—. A ambos se les daba bien la música y sólo quedaban o para meterse en problemas, o para tocar la batería y el bajo. Eran los típicos macarras de instituto. Mis padres decidieron cederles el garaje de nuestra casa con la intención de evitar que se metieran en líos—. Una sonrisa desasosegada delineó sus labios mientras hablaba—. Se pasaban el día insistiéndoles con que hicieran los deberes, pero al menos sabían dónde estaban y los tenían controlados. La verdad es que, a pesar de todo, sacaban buenas notas—. No pude evitar contagiarme por la felicidad que transmitía —. Yo me colaba en el garaje cada vez que podía y me sentaba en un rincón para escucharlos tocar. Tendría unos quince años y ellos estaban a punto de graduarse— prosiguió, dejando la taza en la bandeja y girándose en mi dirección antes de continuar—. A su vez, Ben y Marc iban juntos a clase. Por entonces, ya tocaban la guitarra y Ben comenzaba a hacer los primeros pinitos cantando. Roger y Ben siempre discutían a la hora de poder ensayar. Los dos querían hacerlo en el garaje de casa. Un día la bronca fue tal, que mis padres les pusieron un ultimátum: si querían ensayar en el garaje, tendrían que hacerlo juntos—. Sus ojos verdes brillaban cuando me miró de nuevo—. Y así, poco a poco y sin que ellos se dieran cuenta, nació Labor.

Efecto Hardwicke [2]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora